Por qué el pasillo del chocolate ucraniano está vacío
Un viajero español entra por primera vez en un supermercado en Ucrania y se topa con algo que no ha visto en ninguna parte de Europa occidental:
el pasillo de las galletas y los chocolates está vacío. Ni un cliente. La variedad, además, es mínima frente a la de cualquier hipermercado español. Días después, en la cola de una caja, presencia la otra cara del asunto: la única clienta que rondaba esa zona no tenía dinero suficiente y tuvo que dejar una caja de mantequilla sobre el mostrador. La escena la cuenta alguien que recorre el país por primera vez, y de ella sale una pregunta incómoda: por qué allí apenas se ve sobrepeso y aquí el sobrepeso ya es paisaje.
Qué explica que apenas se vea sobrepeso en Ucrania
La primera explicación es la más obvia y la menos romántica:
no hay dinero para dulces. Con salarios bajos, el chocolate y la bollería industrial son gasto prescindible y la cesta se llena con lo básico. Quien defiende esta tesis recuerda que en España los hogares de renta baja son justo los que más tiran de precocinado barato y calórico; en países mucho más pobres la restricción llega por otra vía, porque el dulce simplemente no se compra.
El relato choca con varios detalles.
El expresidente ucraniano Petró Poroshenko construyó su fortuna vendiendo chocolate, y el consumo no es marginal: buena parte se adquiere en bazares y mercadillos permanentes, no en el lineal del hipermercado. Cada 8 de marzo es costumbre regalar chocolate y flores, y las cajas de bombones funcionan como cortesía en ventanillas y colegios.
Que el pasillo grande esté tranquilo no significa que el país no coma dulce. Significa que lo compra en otro sitio. La variedad escasa apunta a un mercado concentrado y caro, no a una renuncia voluntaria.
¿Por qué en España se engorda más que en Italia?
La comparación con Italia es la más productiva. Un país con hidratos a punta de pala —pasta, focaccia, pizza, helados— mantiene una tasa de obesidad contenida, y quienes han vivido allí lo atribuyen a dos cosas: menos picoteo entre horas y más movimiento diario.
El uso del transporte público y el hábito de andar marcan diferencias con España, donde el coche se coge hasta para cruzar la calle. La dieta mediterránea, invocada como marca España, se queda en la etiqueta cuando el menú real incluye refrescos azucarados en la mesa, raciones grandes y cenas copiosas a las once de la noche.
Hay un detalle técnico que reaparece varias veces: la pasta
al dente tendría un índice glucémico inferior a la pasta pasada de cocción. La afirmación se apoya en bibliografía sobre hidratos, aunque ninguna dieta se sostiene sobre un único truco. Lo que sí aparece con fuerza es el patrón de bebidas: en España la botella de refresco de dos litros en la mesa es normal; en Rusia o Italia, no.
El vodka y las calorías que no se ven
El argumento más citado contra la idealización del este europeo es el alcohol.
El consumo de alcohol en Rusia pasó de 15 a 10 litros por persona en doce años, una cifra ya comparable a la de Alemania o Francia, pero el punto de partida era demoledor. La zona encabeza las tasas de mortalidad cardiovascular, y ningún abdomen plano compensa eso. Una réplica lo resume con sorna: si el pasillo del chocolate está vacío, conviene mirar el del vodka. La ocurrencia no es un dato, pero señala algo que las estadísticas de obesidad no capturan: el alcohol aporta calorías vacías sin mover la aguja del índice de masa corporal.
¿Cuánto ha engordado España desde los años 80?
El cambio de hábitos españoles atraviesa media conversación. Una cifra que se repite:
el peso medio de los adolescentes españoles ha aumentado unos 10 kilos desde mediados de los 90. La foto de partida era otra. En los años 80 la Coca-Cola entraba en una casa en Navidades y cumpleaños, merendar un donut era la excepción y la comida para llevar se limitaba al pollo asado de urgencia;
McDonald's apenas existía en Madrid y Barcelona. Hoy el reparto a domicilio, el desayuno flojo que obliga a picar a media mañana y la cena tardía son la norma, y la cocina casera ha retrocedido frente al precocinado.
La genética y el mercado estético
Queda la explicación más discutida: la biológica. Se argumenta que las diferencias de complexión entre poblaciones son reales y que la competencia estética en países donde el cuidado personal pesa más produce cuerpos distintos. El punto de apoyo es la observación de que ciertos rasgos corporales varían entre grupos, pero de ahí a explicar la obesidad de un país entero hay un salto que nadie ha demostrado.
Sin datos, es folclore. La tesis del atractivo como fruto de la escasez describe una presión social, no una realidad fisiológica, y confunde causa con efecto sin despeinarse.
El país que exporta tartas por tren y tuvo un presidente chocolatero tiene, en cambio, el pasillo más tranquilo del supermercado. Y España, con una de las cocinas más celebradas del mundo, gana kilos en cada generación mientras se discute si son los refrescos, el sofá o el pan.
Ninguna de las explicaciones se sostiene sola. Esa, y no otra, es la conclusión incómoda.