El Salvador abre una biblioteca pública gratis 24 horas al día
¿A qué hora cierra la biblioteca pública de tu ciudad? Si se parece a casi todas, echa el cierre el sábado por la tarde y no abre el domingo. En El Salvador, el edificio inaugurado por el Gobierno de Nayib Bukele funciona las 24 horas del día, los 365 días del año, y no cobra al usuario por entrar, leer ni usar sus salas. El proyecto se presenta como la biblioteca pública más moderna de la región, llega financiado desde China y se ha levantado en tiempo récord, según el relato que acompaña a su apertura.
¿Qué tiene de especial la biblioteca inaugurada en El Salvador?
El continente impresiona, pero la clave está en el horario y en el precio. El servicio atiende
24 horas al día, siete días a la semana y 365 días al año: cualquiera puede acudir a las cuatro de la mañana a estudiar un idioma o a usar una sala de videoconferencia sin pagar entrada, cuota ni carné. Ese es el detalle que sus defensores repiten machaconamente, porque rompe el patrón habitual de la biblioteca como servicio de oficina.
El interior no se limita al libro tradicional. Hay zonas de videojuegos —cuyo uso exige haber leído antes un libro—, manga, áreas temáticas pensadas para atraer a los jóvenes, una sala de robótica y prototipado, y una sección completa de
libros sensoriales para los más pequeños. Para las personas ciegas, el equipamiento incluye fondos en braille y formación en ese sistema. La idea, según se explica, es que el lector llegue a la filosofía griega y a los clásicos del segundo piso, pero pasando antes por algo que le motive.
¿Quién financia la biblioteca y a cambio de qué?
Ahí está el primer punto de fricción. La construcción se atribuye a capital chino y a una ejecución exprés, y las preguntas sobre la contrapartida llegan de inmediato: si el proyecto no se paga con las cuotas del usuario, alguien lo está pagando, y ese alguien no suele regalar infraestructura por filantropía. Se argumenta que el modelo busca acuerdos comerciales preferentes y una imagen distinta a la que dejan las bases militares, y se recuerda que la inversión en rutas, puertos y hospitales es la firma de la estrategia china frente a la presencia estadounidense en la región.
El contraste que se cita es explícito: un vídeo compara el impacto de China con los
más de 14.000 millones de dólares de ayuda estadounidense a Ucrania. La tesis que circula es que el gigante asiático se está granjeando respeto, amistad y comercio en países que solo suelen recibir despliegue militar. Hay quien añade la sospecha inversa: que los estadounidenses ya estarían preparando una leyenda negra china equivalente a la española para enmierdar la operación.
El parecido con un casino y la batalla estética
A la pregunta de cómo se ve por dentro, la respuesta más repetida no es amable:
parece un casino de Las Vegas. Luces excesivas, estética de centro comercial, poca sensación de introspección y una presencia de libros menor de la esperada en los vídeos. También hay quien la emparenta con la biblioteca Oodi de Helsinki, el nuevo estándar de estos equipamientos, y quien sostiene que para leer de verdad una biblioteca no necesita envoltorio: la calidad se mide por sus fondos, no por su iluminación.
Frente a eso pesa el argumento de que, en un país con pocos motivos de orgullo, un edificio así genera autoestima colectiva y efectos económicos a su alrededor. Se defiende que el diseño busca seducir a quien nunca pisaría una biblioteca tradicional, y que revaloriza la zona, activa comercios y ocupa a cientos de personas. La discusión sobre si eso compensa el envoltorio sigue abierta.
¿Por qué se compara con España y con sus horarios?
Porque aquí la comparación duele. Se recuerda que las bibliotecas públicas cierran los sábados por la tarde y los domingos, precisamente cuando trabaja quien sí puede ir, y se apunta a la imposibilidad de sostener un servicio 24 horas con la estructura actual. La respuesta rápida es que el problema no es de funcionarios sino de modelo: lo que falla es decidir el horario según la comodidad de quien atiende y no de quien acude. Otro ejemplo que se trae a colación es el de la Biblioteca Nacional de Bielorrusia, con
10 millones de libros y más fondos en español que muchos equipamientos españoles.
El mantenimiento: la crítica más sólida
Nadie discute que construir es la parte fácil. La objeción que más peso tiene es la del día después: sin un plan de mantenimiento, los grandes equipamientos se degradan, se abandonan o acaban costando más de lo que producen. Se citan auditorios, estaciones y aeropuertos inaugurados con bombo que hoy están infrautilizados, y se avisa de que una biblioteca sin presupuesto recurrente para libros, personal y reparaciones se convierte en un esqueleto luminoso en pocos años.
Sobre el papel, el proyecto arranca con cientos de empleados y un cambio de uso en una parte de la ciudad. Sobre cuánto durará ese esfuerzo cuando pase el efecto inauguración, nadie se moja.
En diez años estará todo en la ruina, sentencia la versión más escéptica. Puede que tenga razón. También puede que sea la primera vez que un país de la zona paga el mantenimiento de algo que antes ni existía.
Los números gruesos se manejan con soltura en la comparación internacional: la Oodi de Helsinki abre de lunes a viernes de 8 a 21 y los fines de semana de 10 a 20, con precios para usar ciertos espacios. La salvadoreña abre siempre y no cobra nada.
Sigue habiendo quien, a las cuatro de la mañana, discute si el edificio parece un bingo o una biblioteca. El bibliotecario, mientras tanto, ya ha abierto.