Groenlandia: el imperio contraataca y la OTAN se tambalea
Cuando Stephen Miller, asesor de Trump, afirmó que Estados Unidos tiene derecho a tomar Groenlandia por la fuerza, no lanzó una bravuconada cualquiera: abrió una crisis existencial para la Alianza Atlántica. La declaración, recogida por The New York Times en enero de 2026, desató un debate que expone hasta qué punto el orden internacional basado en reglas es papel mojado cuando el más fuerte decide ignorarlo.
Groenlandia no es un territorio cualquiera. Pertenece al Reino de Dinamarca, miembro fundador de la OTAN. Si Washington consumara la amenaza, sería la primera vez que un miembro de la Alianza invade a otro. El artículo 5 de la OTAN, ese que invocaron tras el 11-S, quedaría en coma. Y Europa, que ya ve cómo se desmorona su arquitectura de seguridad, tendría que decidir si responde con cohesión o con rendición.
El factor recursos: por qué Groenlandia vale una crisis
Detrás de la retórica imperial hay un cálculo estratégico. Groenlandia alberga vastas reservas de minerales raros, uranio, petróleo y gas, codiciados por la transición energética y la industria militar. Mientras China controla la mayor parte de la cadena de suministro de tierras raras, EE.UU. busca asegurarse sus propias fuentes. En el hilo se señaló que Europa también necesita esos minerales, pero sus propias leyes ambientales bloquean la explotación. "Europa se quedará sin nada y acabará siendo segundo mundo", resumió un análisis recurrente.
La ironía es que Dinamarca ya había mostrado disposición a vender soberanía: en 1917 vendió las Islas Vírgenes a EE.UU. Pero ahora el contexto es otro. Groenlandia no es una colonia danesa; es un territorio autónomo con población mayoritariamente inuit que rechaza la explotación industrial. La comparación con la venta de Florida por España en 1819 también apareció en el debate: promesa de pago jamás cumplida.
La parálisis de Europa: entre la OTAN y la irrelevancia
Si Europa reaccionara con dignidad, la opción sería una alianza militar con China, nacionalización de activos estadounidenses y congelación de bienes de la camarilla trumpista. Pero, como se lamentó en el análisis, "nos gobiernan traidores" que prefieren poner el culo. La realidad es que ningún país europeo tiene capacidad militar para oponerse a EE.UU. en solitario. Francia es la única potencia nuclear relevante, pero su ejército no es rival. Alemania carece de fuerzas operativas. El Reino Unido es aliado incondicional de Washington.
La OTAN, si un miembro invade a otro, quedaría anulada por defecto. Algunos propusieron cambiar el nombre de Groenlandia a "Disneylandia" para esquivar el artículo 5. Otros recordaron que la ONU ya murió en Gaza. El consenso pesimista: la ley del más fuerte ha vuelto, y Europa no está preparada.
¿Y si Dinamarca vende?
Una corriente de opinión sostiene que Dinamarca acabará vendiendo Groenlandia antes que sufrir una derrota militar humillante. Después de todo, ya lo hizo antes. Pero entonces los groenlandeses, que no quieren saber nada de la civilización occidental, se convertirían en ciudadanos estadounidenses, con todas las consecuencias culturales y sociales. La tasa de suicidios ya es altísima. Trump tendría que hacer un genocidio silencioso para convencerlos, y Dinamarca tendría la excusa para defenderlos.
El debate no llega a una conclusión. La UE ha convocado reuniones de urgencia, pero sin ejército ni voluntad política, el futuro de Groenlandia se resolverá en Washington, no en Bruselas. La pregunta que queda en el aire: ¿será este el principio del fin de la OTAN tal como la conocemos?
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