Capítulo 1: Stephen Kinzer presenta…
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Stephen Kinzer, periodista que trabajó más de 20 años para el New York Times, sostiene en su libro «Punto de ebullición» que Estados Unidos envió comandos armados a Ucrania desde 1947 para desestabilizar a la Unión Soviética y que ese proyecto de 75 años acabó desembocando en la guerra iniciada en febrero de 2022.
El punto de partida del libro es una palabra. Kinzer cuenta que se hartó de oírla y que decidió investigar de dónde salía. Esa palabra es «no provocada», aplicada a la invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022. Hizo una búsqueda y contó cuántas veces apareció la expresión en el New York Times en los dos meses posteriores al inicio de la invasión: 327 veces. Unas tres veces al día. Buena parte de esos usos, señala, no estaban en columnas de opinión sino en páginas de noticias, presentados como un hecho más, como la fecha o el parte militar.
Ese detalle, aparentemente menor, es el que le llevó a escribir el libro. Su razonamiento es que si la guerra fue completamente no provocada, si Rusia actuó sin motivo ni preocupación de seguridad alguna, entonces la diplomacia no tiene nada que hacer. Negociar con un agresor gratuito es rendirse. Y si, en cambio, hubo provocación, aunque sea parcial, se abre una rendija para hablar. Kinzer lo plantea sin adornos: las únicas dos opciones son negociar con Rusia o no negociar con Rusia, y la creencia en la gratuidad total de la guerra es lo que impide la primera.
El proyecto estadounidense en Ucrania, según la investigación que Kinzer recoge en «Punto de ebullición», arranca justo cuando la CIA empieza a operar, en 1947. El primer jefe de acción encubierta de la agencia, Frank Wisner, concluyó que si se quería causar problemas a la Unión Soviética dentro de la propia Unión Soviética, Ucrania era el mejor lugar para hacerlo. A partir de ahí, Estados Unidos lanzó comandos armados en territorio ucraniano durante años. Casi todos fueron detenidos y ejecutados de inmediato. La apuesta era que esa chispa encendiera una guerra de guerrillas contra Moscú.
El problema práctico era que Washington no conocía a nadie allí. Durante la Segunda Guerra Mundial había sido aliado de la Unión Soviética, así que no había espiado a los partisanos antisoviéticos ni a los organizadores clandestinos. La solución llegó de un general nazi, Reinhard Gehlen, que dirigía el aparato de inteligencia de Hitler para Europa del Este y la Unión Soviética. Se entregó en una base estadounidense pocos días después del final de la guerra y el trato fue simple: en lugar de colgarlo, lo contrataron y le pagaron bien. A cambio, Gehlen entregó sus archivos microfilmados con los nombres de los activistas antirrusos y antisoviéticos de toda Ucrania y del resto de Europa del Este.
Esas personas, las que Gehlen puso en manos estadounidenses, se convirtieron en la base del proyecto en Ucrania. Hasta ese momento habían sido la base del proyecto nazi en el país. Eran las mismas. Algunos de aquellos ucranianos que acabaron integrados en el proyecto de la CIA participaron en masacres, y habrían tenido prohibida la entrada a Estados Unidos si el director de la agencia, Alan Dulles, no hubiera hecho arreglos especiales para dejarlos pasar. Kinzer no lo dice como una hipótesis: sostiene que el proyecto estadounidense se construyó sobre los cimientos del proyecto nazi y que eso le dio un matiz que nunca perdió.
Hay una pregunta que el libro intenta responder y que no es obvia: por qué Estados Unidos adoptó una política tan vigorosamente antirrusa. Kinzer repasa las explicaciones habituales. Algunos rastrean el sentimiento hasta la división entre Roma y Constantinopla. Otros lo sitúan a principios del siglo XIX, cuando Gran Bretaña, metida en aventuras imperiales por el sur de Asia, Asia Central y el Cáucaso, necesitaba presentar a Rusia como malvada para justificar sus propias guerras. De ahí venía, por ejemplo, la guerra de Crimea.
Ese sentimiento se intensificó durante la época soviética. Y aquí viene el punto que a Kinzer le parece más llamativo: cuando la Unión Soviética dejó de existir y surgió un país un tercio más pequeño y políticamente distinto, la política occidental hacia Rusia no cambió. Algo en Rusia, escribe, encaja con facilidad en la necesidad occidental de tener un enemigo como principio organizador.
La explicación que él encuentra tiene nombres y apellidos. Durante generaciones, la política exterior estadounidense estuvo elaborada en buena medida por altos funcionarios con antecedentes familiares en la Unión Soviética, en Europa del Este o en el Imperio ruso. Kinzer lo presenta como un fenómeno sin parangón: un grupo de inmigrantes, hijos y nietos de inmigrantes que penetró en el aparato de política exterior y llegó a dominar la configuración de la política hacia el país del que sus familias habían salido. Gente que, dice, absorbió la pasión antirrusa con la leche de su madre.
El primero de la lista es Zbigniew Brzezinski, nacido en Polonia en una familia de origen ucraniano. Kinzer cuenta que los expertos en política exterior acudieron a Jimmy Carter para pedirle que no lo nombrara. Clark Clifford, que había aconsejado a todos los presidentes demócratas desde Truman, le dijo a Carter que, si no lo hacía asesor de seguridad nacional, qué trabajo le daría; y Clifford respondió: hágalo embajador en el Triángulo de las Bermudas. Brzezinski asumió el cargo, llevó a Carter a intervenir contra los soviéticos en Afganistán y defendió el boicot olímpico a los Juegos de Moscú de 1980. Contrató a una alumna suya en Columbia, Madeleine Albright, nacida en Praga, que después supervisó la intervención en Bosnia y el bombardeo de Serbia.
La lista sigue. Victoria Nuland, subsecretaria de Estado, proviene de una familia originaria de lo que hoy es Moldavia. Alexander Vindman, que se hizo conocido tras testificar sobre la llamada de Trump al presidente Zelenski, nació en la República Socialista Soviética de Ucrania. George Soros nació en Hungría y gastó cientos de millones de dólares en proyectos occidentales en Ucrania. Tony Blinken, secretario de Estado con Biden, también tiene antecedentes familiares en Europa del Este. Kinzer añade que los principales donantes de la National Endowment for Democracy y de las Open Society Foundations eran personas de origen europeo del este. Y remata: Ucrania resulta magnéticamente atractiva para cualquiera que quiera debilitar, subvertir o destruir Rusia.
Kinzer califica el final de la Guerra Fría como la mayor oportunidad geopolítica perdida de nuestras vidas. Europa y el mundo tenían delante la posibilidad de un nuevo comienzo, algo parecido a lo que hizo Metternich tras las guerras napoleónicas: sentar a todas las partes y diseñar una arquitectura de seguridad con la que todos pudieran convivir. No se hizo. La idea estaba en el aire de George H. W. Bush y su secretario de Estado James Baker, que negociaron con Gorbachov y otros en Berlín. Pero perdieron las elecciones y llegó Bill Clinton.
Según el relato del libro, Clinton llevaba pocas semanas en el cargo cuando se inauguró el Museo del Holocausto en Washington. Allí Václav Havel y Lech Walesa se le acercaron y le dijeron que necesitaban entrar en la OTAN porque tenían miedo de Rusia. Clinton volvió a la Casa Blanca y dijo a sus asesores: hagámoslo. Así de simple. Otro desfile de expertos, con George Kennan a la cabeza, le advirtió de que no lo hiciera. Siguió adelante.
Kinzer no culpa solo a Clinton, y aquí el artículo se vuelve incómodo para cualquier lector. Clinton actuaba según sus propios cálculos. En 1996 se presentaba a la reelección y su oponente, Bob Dole, prometía empujar la OTAN hacia todos los países de Europa del Este hasta Rusia. Eso electrizó a los votantes de origen polaco, esloveno y húngaro en estados clave como Pensilvania, Indiana e Illinois. Si Clinton hubiera hecho lo que Kinzer llama lo de estadista, decir que a largo plazo aquello podía provocar una guerra en Europa y que por eso no lo haría, habría perdido las elecciones.
A eso se suma el lobby de defensa, que el libro describe como probablemente el mejor financiado del país. Cada país que entra en la OTAN tiene que comprar un arsenal nuevo: aviones, tanques, todo. Kinzer recuerda que en los años noventa se publicó un titular en el New York Times que hablaba de la expansión de la OTAN como una bonanza para la industria armamentística. El resultado, sostiene, es que la política interior dictó la exterior. Y cita a Gore Vidal, que proponía rebautizar el país como Estados Unidos de la Amnesia.
Ucrania se independizó en 1991. Durante la década y media siguiente, según Kinzer, el proyecto estadounidense consistió en cambiar el régimen de gobierno, porque los sucesivos presidentes eran más o menos neutralistas. Henry Kissinger defendía que Ucrania fuera un puente entre este y oeste, no un territorio por el que ambos lucharan. Washington quería otra cosa. Antes de empujar al país a un conflicto activo con Rusia hacía falta un gobierno que fuera su socio.
Para eso, dice el libro, se gastaron millones y millones de dólares a través de organizaciones no gubernamentales que apoyaron y en muchos casos crearon grupos que promovían la entrada en la OTAN y el enfrentamiento con Rusia. Kinzer subraya que esta intervención fue distinta de las del siglo XX. Cuando Estados Unidos derrocó a Mohammad Mossadegh en Irán en 1953 o a Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, lo hizo con operaciones encubiertas de la CIA. En Ucrania se hizo a la luz, con fondos públicos de la Agencia para el Desarrollo Internacional y la National Endowment for Democracy, más organizaciones privadas como Freedom House y la Open Society Foundation.
El punto de inflexión llegó con el levantamiento del Maidán de 2013-2014. Kinzer no niega que hubiera quejas legítimas contra un gobierno corrupto. Lo que señala es que los grupos que organizaron y sostuvieron las protestas durante meses estaban financiados por Estados Unidos, y que Victoria Nuland apareció entre la multitud animando a la gente a rebelarse contra su gobierno electo. Pone el ejemplo inverso: imagínese a un diplomático ruso en una protesta contra la política exterior estadounidense diciendo a la gente que salga a protestar. Sería vilipendiado y arrestado. De aquel proceso salió el derrocamiento del gobierno neutralista y la llegada de uno nuevo. En la famosa llamada interceptada, Nuland eligió al hombre que iba a ser el próximo presidente.
Después vino la fase de las armas. Kinzer describe el argumento de que cada país tiene derecho a elegir sus propios socios de seguridad como una frase que suena razonable y que en el mundo real nunca es cierta. Pone el ejemplo de México: si anunciara que abre una base militar china en Veracruz, a 800 millas de Texas, ¿diría Estados Unidos que México es soberano y puede elegir? Por supuesto que no. Nunca lo aceptaría. Y sin embargo, espera que Rusia acepte algo que él mismo no aceptaría jamás.
El libro conecta esto con el dilema de seguridad que se estudia en cualquier manual de diplomacia: un país toma medidas para defenderse y esas medidas parecen hostiles a otro. Kinzer no cree que fuera un descuido. Cree que en Washington se vio como una situación en la que se gana de todas formas. Si Rusia no reaccionaba, la OTAN avanzaba hasta su frontera. Si reaccionaba, se la podía presentar como agresora. Y cita a senadores estadounidenses que dijeron en voz alta que era el mejor dinero gastado, porque se mataba a rusos sin que muriera ningún estadounidense. El libro remata con una imagen dura: los ucranianos, dice, son daños colaterales en el camino a la confrontación entre Estados Unidos y Rusia.
Kinzer insiste en que su libro no es una diatriba ni pretende dictar conclusiones. Puedes seguir creyendo lo que quieras sobre la justicia de la guerra, dice; esto solo te pone delante la historia. Y termina con una escena de una vieja comedia, «Arsénico y encaje viejo», en la que una anciana explica que un huésped murió porque bebió vino con veneno. Cary Grant abre los ojos y pregunta: ¿cómo llegó el veneno al vino? Esa es la pregunta que dice haber perseguido toda su carrera. Aquí, el vino es la paz europea.
Capítulo 1: Stephen Kinzer presenta…