Old Ravvia
Himbersor
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Hace 40 años, todas las…
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Los grandes búnkeres que las potencias levantaron para una guerra nuclear total llevan décadas abandonados, saqueados y sin mantenimiento. La protección civil para el ciudadano común se ha quedado en una alerta al móvil que pide cerrar ventanas y guardar comida para 72 horas.
La red de refugios que se construyó durante la Guerra Fría respondía a una lógica simple: si llegaba el holocausto nuclear, miles de ciudadanos tenían que tener un sitio donde meterse. Cuarenta años después, buena parte de esas instalaciones están vacías. El material especial almacenado se ha saqueado o ha caducado, y nadie las mantiene.
Lo que sobrevive son estructuras aisladas, no un sistema. Algún búnker de uso gubernamental, como el de la Moncloa, sigue operativo. El resto se ha convertido en ruina visitable: los youtubers de exploración urbana entran a grabar lo que queda. Ese es hoy el uso principal de instalaciones pensadas para resistir una detonación.
Para el ciudadano de a pie, el protocolo ante un ataque nuclear se ha reducido a un mensaje en el teléfono: cerrar ventanas y guardar comida para 72 horas. No hay plaza asignada en ningún refugio, ni lista de acceso, ni simulacro. La distancia entre lo que se construyó entonces y lo que se ofrece ahora mide el grado de desidia institucional.
Las advertencias rusas de holocausto nuclear se repiten con periodicidad. En ese clima, la falta de refugios públicos deja al ciudadano sin más plan que el aviso del móvil. Es un hecho verificable que la red de la Guerra Fría no se ha sustituido por otra equivalente.
La comparación con lo construido hace cuatro décadas no es nostalgia: es la constatación de que la protección civil se ha desmantelado mientras el riesgo nuclear vuelve al discurso público.
Hace 40 años, todas las…