Monociclo eléctrico: 90 kg de carga y hasta 15 km, según quien lo usa
Doce kilos de cacharro, una sola rueda y un conductor que confiesa 90 kilos de peso y 1,80 de estatura. La aritmética no cuadra hasta que uno lo ve funcionar. El monociclo eléctrico —Solowheel como marca de referencia, con IPS y Airwheel pisándole el terreno— no vende velocidad ni autonomía de récord. Vende algo mucho más prosaico:
no sacar el coche del garaje ni buscar aparcamiento.
El dato que mejor lo resume: el trayecto al trabajo,
4 kilómetros, se cubre en solo 5 minutos más que en coche. Un kilómetro por aceras amplias y vacías, dos por carril bici y el último esquivando viandantes. Sin caídas y con el coche averiado en el taller. Ahí está el argumento completo.
Cuánto cuesta un solowheel y con qué se compara
La rueda original llegó a venderse por
2.000 euros en sus inicios y desde entonces ha ido bajando. La alternativa obvia —una bici de segunda mano— se despacha por
50 euros y encima pone en forma. Frente a eso, hay quien defiende que una bici plegable es «una maravilla tecnológica» y que el monociclo es complicarse la vida.
El aparato tiene a su favor el tamaño. Cabe en el maletero del coche, lo que permite dejar el vehículo lejos y cubrir el último tramo montado. También compite con el patinete eléctrico, más barato y más estable al llevar manillar y dos ruedas, aunque más largo y pesado de transportar. Existe incluso un precursor, la
magicwheel, en el que el conductor debe impulsarse con el pie.
Solo es legal en terrenos privados, según un participante
Según un participante, el monociclo eléctrico
solo es legal en terrenos privados. Por la calzada no se puede y por la acera tampoco. La práctica real es otra: circular por acera aminorando al cruzarse con peatones y confiar en que la autoridad mire hacia otro lado. Quien lo usa a diario asegura que se ha topado con agentes «7-8 veces» sin consecuencias.
El contraste llega con quien lo vio bajar por la calzada: un monociclo descendiendo por Francisco Silvela, cruzando Lista y metiéndose por Mártires Concepcionistas acumuló, según ese relato, «como diez multas en cien metros» y la posibilidad de confiscación. La ciudad donde ocurre no es un detalle menor: en bulevares sin separador, y según el relato recogido, la bici y el monociclo compiten con coches que no respetan el límite de 30.
Autonomía real: 8 kilómetros antes de notar la merma
Los números de uso son más modestos que lo que sugiere el folleto. Una jornada de prueba con 85 kilos de conductor más 3 kilos de mochila y varias cuestas arrojó
10 kilómetros en una hora: 8 a pleno rendimiento y los últimos con la rueda ya floja. La batería es la gran incógnita: se dice que aguanta
mil recargas, pero no se sabe cuánto cuesta sustituirla.
El neumático va inflado a 2,9 y es toda la amortiguación disponible: en empedrado, la recomendación es bajar a la mitad de velocidad y flexionar las rodillas. Sobre el cuidado de la batería hay un aviso técnico que conviene no ignorar: las de litio se estropean con descargas completas, así que mejor recargas parciales que dejarlas a cero.
El ahorro: entre 50 y 80 euros de gasolina al mes, según su usuario
Quien lo usa a diario calcula un
ahorro de
50 a 80 euros mensuales en combustible, sin contar neumáticos, aceite ni tickets de aparcamiento. Una bici eléctrica equipada con un kit comprado por internet y usada 20-40 kilómetros diarios aguanta dos años «como el primer día», según otra experiencia recogida.
La pregunta de fondo la lanzó alguien sin rodeos: ¿a quién le interesa que la gente siga moviéndose en coche? En los mensajes no hay respuesta, solo cuentas.
La pegatina de BMW y la risa que desaparece
Un detalle sociológico cierra el cuadro. Antes del tuneo, el aparato provocaba risas de «2-3 personas todos los días». Después de pegarle un logotipo de BMW, la burla cayó a una cada tres días. Y aparecieron comentarios del tipo «mira, es un patinete eléctrico, pero no deja de ser de BMW». El propietario lo resume con ironía: vemos algo desconocido y nos reímos; si lleva marca, nos reímos menos.
A esto se suman las interpelaciones callejeras: si le falta la silla, si dónde está la otra mitad, si lo regalan con las galletas, si se lo dejan a una señora que apenas puede andar. El dueño ya ha aprendido a bajarse con un pie y a reanudar la marcha sin agarrarlo con las manos. Lo que no consigue es ir hacia atrás.
Con la ciudad llena de bulevares sin separador y un marco legal que, según un participante, solo ampara al aparato dentro de una finca, la rueda resuelve un problema muy concreto —el trayecto corto y la ausencia de parking— y deja abiertos todos los demás. Cabe en el maletero, cuesta menos mantenerla que un coche y sigue siendo, a efectos legales, un juguete de jardín. ¿Cuánto tardará alguien en venderla como lo que ya es: un vehículo urbano sin carril donde circular?