Un mes de ofensiva: una sola ciudad bajo control ruso
Rusia lleva un mes de guerra y su control efectivo del terreno ucraniano se reduce, en el mejor de los casos, a una sola ciudad. Es un titular incómodo para las dos trincheras, y explica por qué la conversación ha pasado del asombro ante un supuesto avance relámpago al cálculo frío sobre cuánto aguanta la maquinaria militar rusa. La trampa está en el verbo
conquistar: no significa lo mismo para quien mira el mapa desde un satélite que para quien lo mira desde una trinchera.
El estado del frente lo ilustra. El aeropuerto de
Jersón, en el sur, sigue bajo control ruso, pero acumula impactos en sus infraestructuras tras un ataque ucraniano en el que la artillería fue dirigida por un dron de observación. En esa misma ciudad, la guerrilla habría acabado con la vida de
Pavel Slobodchikov, miembro de la administración de ocupación, dentro de su propio coche. No parece un control consolidado, precisamente.
Mariupol o el espejo incómodo del asedio urbano
El caso que mejor mide la distancia entre el relato y la realidad es una ciudad que aún no ha caído del todo.
Mariupol tenía 450.000 habitantes repartidos en unos 240 kilómetros cuadrados, con parte de la población viviendo en edificios altos y con fortificaciones que se han revelado sólidas. Los defensores se estiman entre 7.000 y 15.000 efectivos; las fuerzas rusas o prorrusas que la atacan, en torno a 10.000-15.000 combatientes. La ciudad lleva bajo ataque terrestre 23 días y cerco total otros 14.
La comparación que circula para entender por qué esto no es rápido es la de
Faluya, una ciudad más pequeña, con menos de 300.000 habitantes en 200 kilómetros cuadrados y un caserío de dos plantas en su mayoría, defendida por entre 3.000 y 5.000 combatientes. Tomarla ya costó semanas. Mariupol es más grande, más vertical y está mejor defendida. Quien prometía una operación relámpago tendrá que explicar por qué el calendario se mide en meses.
¿Por qué no se toman las ciudades a la primera?
La respuesta que dan los análisis militares más fríos es que no existe atajo. No se puede ocupar una ciudad sin arrasarla antes con la artillería o los bombarderos, y esa decisión no se quiere tomar mientras quede población dentro. El manual consiste en embolsar, cortar las vías de suministro y asediar el tiempo que haga falta, aunque sean meses de desgaste mutuo.
Eso deja un dato que sorprende más que el estancamiento urbano: en campo abierto, las fuerzas rusas tampoco han logrado cerrar del todo las bolsas sobre el ejército ucraniano. La conclusión que se impone, y que desmonta cualquier épica de superioridad total, es que al otro lado hay un ejército regular, con munición abundante y armamento avanzado suministrado desde fuera, no una banda desorganizada. Cada día que pasa sin cerrar una bolsa es un día que el calendario político de Moscú no recupera.
Jersón o Kherson: la batalla también es ortográfica
Hay una polémica lateral que dice mucho del ambiente. La ciudad ocupada del sur se escribe
Jersón en español, y el dígrafo
KH con el que a veces se transcribe no es más que la forma inglesa de resolver la letra cirílica
Х, que suena exactamente como nuestra jota. En ruso se escribe Херсон; en ucraniano, igual. La onomástica no es neutral: viene de
Chersoneso, la colonia griega, y del proyecto que Potemkin y Catalina II impulsaron en la zona. Elegir grafía es, para algunos, elegir bando.
Lo que Moscú dice que persigue
La defensa más repetida del frente ruso sostiene que el objetivo nunca fue ocupar el país entero. La lista sería limitada: desmilitarizar Ucrania para que no entre en la
OTAN, acabar con el batallón
Azov en la versión que Moscú maneja de la desnazificación, lograr la independencia de las repúblicas del
Donbass y el reconocimiento de la anexión de
Crimea. Cumplido eso, sostienen, no hay nada que hacer allí.
La objeción llega desde el otro costado: incluso aceptando esos fines, el precio para lograrlos es insostenible, porque una población que rechaza a la potencia ocupante convierte cualquier control territorial en un problema permanente. Y en el debe de la parte rusa aparece el coste colateral: en Irak, con bombardeos masivos, se calculó casi un millón de muertos civiles. Nadie que invoque esa cifra como escudo está defendiendo nada, solo cambiando de barra.
El balance que deja el primer mes
Un mes después, el mapa grande sigue feo por el otro lado: ni capital tomada, ni control real de la ciudad del sur, ni bolsas cerradas. Lo que hay es una guerra de desgaste en la que cada parte cuenta bajas del contrario y edita las propias. Si el patrón aguanta, el este del país podría quedar bajo control ruso en cuestión de semanas. El problema es que ese mismo pronóstico se lleva repitiendo desde el primer día, y Mariupol sigue sin caer del todo. La predicción más honesta, hoy, es la que admite que no lo sabe.