El 35,24% de los españoles sostiene al 64,76% restante
¿Cuántos españoles mantienen realmente el país? El debate sobre la sostenibilidad del Estado del bienestar vuelve a la palestra con una cifra que no deja indiferente: según un análisis que circula, solo el
35,24% de la población aporta valor económico, mientras que el 64,76% restante depende de los primeros. Un análisis que desglosa la estructura productiva española y que ha reavivado la polémica sobre quién paga la fiesta.
El punto de partida es un dato que se repite en el debate:
15,5 millones de personas sostienen el país, lo que equivale a un tercio de la población. El resto, según esta tesis, vive de forma directa o indirecta de los recursos que generan esos trabajadores. La discusión no es nueva, pero los números que se manejan ahora son más concretos y detallados que nunca.
El paro y la temporalidad agravan la brecha
El mercado laboral no ayuda a cerrar la herida. El paro subió en agosto en
24.826 personas tras cinco meses consecutivos de descensos, rozando ya los 2,7 millones de desempleados. La pérdida de empleo se concentró en el sector servicios, lo que evidencia que las cifras positivas de meses anteriores estaban vinculadas al período estival. La
Seguridad Social perdió
185.385 afiliados, situándose en 20.706.500, por debajo de la barrera de los 20,8 millones alcanzada en mayo.
La contratación tampoco invita al optimismo: en agosto se firmaron
1.088.831 contratos, un 23,9% menos que en julio, de los cuales solo 418.927 fueron indefinidos (el 38,5%). El paro juvenil sigue siendo uno de los más elevados de la UE, con un aumento de 3.919 personas en agosto, un 2,1% más. Por sectores, los servicios (23.097 personas), la construcción (4.792) y la industria (2.483) lideraron el incremento del desempleo, mientras que la agricultura registró una leve mejoría de 2.874 personas menos, aunque con empleos temporales y condiciones precarias.
El peso del empleo público y la deuda pública
Uno de los argumentos más repetidos es el crecimiento del empleo público como supuesta herramienta para maquillar las cifras. Los empleados públicos suponen más del
20% del total de asalariados en España, frente al 12% de Alemania y el 16,7% de Italia. Un diferencial que, según los críticos, distorsiona la realidad del mercado laboral y carga sobre el sector privado el coste de mantener una estructura administrativa sobredimensionada.
A esto se suma el endeudamiento. La deuda pública alcanzó en junio los
1.568 billones de euros, un nuevo máximo histórico tras crecer más de un 1,17% en la tasa mensual. En relación al déficit público, España roza el 100% de déficit acumulado durante los últimos 15 años sobre el PIB anual medio, mientras que países como Alemania, Francia o Italia se posicionan en el 11% y el 30% respectivamente. Un lastre que hipoteca el futuro y que, según los más pesimistas, acabará pasando factura.
La inflación y el precio de los alimentos
La subida de precios no da tregua. El IPC sitúa su variación anual en el
2,6% en agosto, tres décimas por encima de julio. La compra fue un 10,8% más cara que hace un año, alcanzando el récord de la serie histórica. El aceite de oliva se ha encarecido un
39% respecto al mismo mes de 2022, mientras que la fruta fresca ha subido un 12%. La cesta de la compra se ha convertido en el termómetro más fiable del descontento ciudadano.
Con estos mimbres, resulta cuestionable que desde el Gobierno se afirme que España va como una moto. Quizás sí, pero una Vespa averiada, mientras el resto de países avanza a velocidad de crucero. La pregunta es cuánto tiempo más podrá el tercio productivo sostener a los dos tercios restantes sin que el sistema reviente.
El debate sobre la sostenibilidad del Estado del bienestar
La discusión trasciende las cifras. Hay quien sostiene que el problema no es solo económico, sino de incentivos: un sistema que premia la dependencia y castiga el esfuerzo. Otros argumentan que la comparación es tramposa, porque muchos de los considerados «dependientes» realizan trabajos no remunerados o cuidados no contabilizados. Lo que nadie discute es que la presión sobre los que aportan crece cada año.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, revela que el gasto anual en pensiones y sueldos de políticos y funcionarios roza ya los
300.000 millones de euros. Una cifra que engorda al mismo ritmo que las recesiones y la inflación. Mientras, el sector privado emplea a 15,5 millones de personas, lo que supone que el país se sostiene sobre el 33% de la población.
¿Qué opinan los que reman?
La sensación de agotamiento es palpable. «Llevo más de 10 años diciendo que, aproximadamente, dos terceras partes del país vive a costa del otro tercio que rema», señala un participante. «Yo al final voy a tirar el remo e ir a cobrar el paro, que para eso lo que trabajado, y son décadas sin cobrar un euro del estado», añade otro. La tentación de bajarse del barco es real.
El malestar no solo viene de la carga fiscal, sino de la burocracia y la sensación de que los mantenidos boicotean a los pagadores. «Lo peor no es que hayan dos terceras partes parasitando al tercio restante. Es que encima los mantenidos dan por culo y boicotean a los pagadores, metiendo burocracia por un tubo», resume otro mensaje. La brecha entre los que sostienen el sistema y los que viven de él parece ensancharse.
El futuro: ¿hacia un colapso inevitable?
Las previsiones no son halagüeñas. El envejecimiento de la población, la baja natalidad y la dependencia de un mercado laboral precario dibujan un escenario donde cada vez menos personas sostienen a más. «El día que esto reviente va a ser la risión, millones de personas dependientes de un estado quebrado, ese día llegará», vaticina un mensaje. La sostenibilidad del sistema pasa por decisiones impopulares que nadie parece dispuesto a tomar.
Mientras tanto, la fiesta continúa. Los que reman siguen remando, y los que miran desde la orilla esperan su turno para subir al barco. La pregunta no es si el sistema aguantará, sino cuánto tiempo más podrá hacerlo sin que los que sostienen el tinglado decidan soltar los remos de una vez por todas.