El miedo a la guerra se dispara en los mercados
La tensión geopolítica alcanza niveles que no se veían desde la crisis de los misiles. Una conversación entre inversores y analistas recoge el pulso de quienes ya no preguntan "si" habrá conflicto, sino "dónde huir". El debate, surgido hace 274 días, ha ido ganando intensidad a medida que se suceden los despliegues militares en el flanco este de Europa.
El coste de la incertidumbre
Cuando el ruido de sables se instala, el dinero busca refugio. En las últimas semanas, el oro ha rozado máximos históricos y el bund alemán ha visto caídas en su rentabilidad. Los activos de riesgo —bolsa europea, bonos periféricos— sufren ventas masivas. Quienes siguen estos movimientos señalan que "las terrazas están llenas", una metáfora de la tranquilidad aparente que contrasta con el pánico sordo en las carteras.
Se argumenta que, incluso sin guerra nuclear, un conflicto convencional bastaría para reconfigurar las cadenas de suministro: el gas ruso, el trigo ucraniano, los semiconductores de Taiwán. La economía española, dependiente de las importaciones energéticas, sería de las más golpeadas.
¿Preparados para lo peor?
Una parte del análisis sostiene que el desenlace es inevitable: demasiadas señales, demasiados actores con intereses contrapuestos. Otros, en cambio, apuntan a que el ruido forma parte del juego de la disuasión y que la historia reciente demuestra que las guerras totales se evitan en el último momento. Pero la referencia recurrente a Mussolini —"terminó colgado patas arriba por llevar a su pueblo a una guerra que nadie quería"— sugiere que el recuerdo de las consecuencias políticas de un conflicto perdido pesa sobre los gobernantes.
El dato que descoloca: mientras unos calculan la rentabilidad de las acciones de defensa, otros recuerdan que, en caso de guerra, las pensiones y los alquileres se desvanecen. La economía no es un apocalipsis abstracto; son las facturas que alguien dejará de pagar.