Un forero afirma que España produce cerca del 80% de electricidad renovable y el recibo no baja
Un usuario sostiene que España genera en torno al
80% de su electricidad con fuentes renovables y que, sobre el papel, el coste de producción se acerca a cero en muchas horas del día. El recibo, sin embargo, sigue doliendo. Esa contradicción —producción barata, factura cara— vertebra una discusión que lleva meses abierta en los foros económicos y que estos días ha vuelto a estallar con un tono que roza el insulto. La tesis que dispara todo: si el sistema marginalista no fijara el precio de la luz por la fuente más cara, habría jornadas con costes «ridículos».
El asunto tiene dos capas. Una técnica: cómo se retribuye la electricidad y por qué el mercado mayorista paga a todos los generadores lo que marca el último en entrar. Otra política: quién defiende ese diseño y por qué. Y una tercera, más incómoda, que atraviesa el país de punta a punta: la sensación de que la soberanía energética se regala mientras se compra combustible fósil a precio de oro.
Qué dice el sistema marginalista sobre el precio de la luz
El mercado eléctrico español funciona con un diseño marginalista: entra primero la tecnología más barata (renovable, nuclear) y la última en cubrir la demanda fija el precio para todas. Cuando esa última es un ciclo combinado de gas, el recibo se dispara aunque la generación sea mayoritariamente solar o eólica. Es el argumento central de quien sostiene que
la electricidad renovable se está produciendo casi gratis y que solo el mecanismo de tarificación impide que eso llegue al consumidor.
La defensa del sistema es que garantiza suministro y retribuye la potencia instalada que respalda la red. El problema, admiten incluso los defensores, es que
pega unos bandazos brutales: hay horas de verano con precios por debajo del coste de amortización y horas de invierno donde el kilovatio se multiplica. El precio medio de la renovable ha caído, sí, pero no de forma lineal.
Ahí entra la segunda pata del debate: la rentabilidad. Una instalación fotovoltaica tiene coste de combustible cero, pero exige una inversión inicial enorme. El argumento que más se repite es que
sin almacenamiento no hay forma de desplazar la generación de las horas de sol a las horas de demanda, y que eso encarece el sistema justo cuando la penetración renovable crece. La tecnología de baterías mejora, pero el coste sigue siendo el cuello de botella.
Soberanía energética: el argumento que une a todos
Hay un punto donde coinciden posturas que en todo lo demás se dan de tortas: España carece de recursos fósiles propios y su única baza energética real es el sol y el viento. Quien defiende la nuclear de última generación sostiene que los países del «primer mundo tecnológico» apuestan por reactores y que las placas y molinos son cosa de países que no pueden permitirse otra cosa. Quien defiende la renovable responde que
cada kilovatio producido en casa es un céntimo que no sale del país.
La discusión se encona cuando entra el gas. El consumo de combustible fósil importado no solo no baja, sino que se mantiene como respaldo del sistema. Ahí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve identitario: se acusa a una parte del arco político de defender los intereses de los grandes comercializadoras y de los productores internacionales de hidrocarburos, y a la otra de boicotear la transición por pura ideología.
La ideología nubla la mente, resume una de las corrientes más repetidas: la derecha asocia renovables a rojos, la izquierda las defiende por sistema sin entender la ingeniería. Y en medio, el consumidor mirando la factura. Un dato que se repite en la conversación: hay quien sigue pagando
70 euros al mes con todo el despliegue renovable ya instalado.
¿Por qué la energía renovable no abarata el recibo todavía?
Porque el precio del mercado mayorista no refleja el coste medio de generación, sino el de la última tecnología necesaria para cubrir la demanda en cada hora. Con mucha renovable y poca capacidad de almacenamiento, el sistema sigue necesitando gas en los picos, y ese gas marca el precio de todo lo demás. Añádase la fiscalidad, los peajes de acceso y los cargos de sistema, que pesan tanto o más que la energía en la factura final.
La discusión sobre el almacenamiento es la que más se ha movido en los últimos tiempos. Se apunta a que la tecnología de baterías está mejorando y que la rentabilidad depende del número de ciclos que se puedan operar al año. El cálculo completo, con el desglose de horas de generación, precios de subasta y costes de inversión, da una horquilla que sorprende a quien solo mira el titular del recibo.
El trasfondo político: dos Españas energéticas
El debate se ha polarizado hasta el absurdo. Una corriente sostiene que el rechazo a las renovables es puramente tribal:
si lo apoya el adversario, es malo. Otra responde que el entusiasmo renovable es un chiringuito subvencionado durante años y que ahora empieza a notarse su falta de rentabilidad real sin primas. Los datos disponibles apuntan a que ambas cosas han sido ciertas en distintas etapas: hubo primas generosas y ahora hay precios de mercado que no siempre cubren la amortización.
Lo que nadie discute es que España tiene una ventaja competitiva objetiva en generación solar y eólica que no tiene en casi nada más. La pregunta que queda abierta es si el país será capaz de convertir esa ventaja en factura más baja, industria propia y patentes exportables, o si se quedará en el titular del 80% mientras el recibo sigue igual. Ahí, exactamente ahí, se atasca el análisis.