El adicto del metro de Barcelona que destapa la crisis psiquiátrica
Un vídeo grabado en el metro de Barcelona esta semana acumula millones de reproducciones: un hombre descalzo, sin camiseta, gesticula y amenaza a los viajeros imitando a un gorila. Las imágenes, etiquetadas con ironía como «National Geographic», han desatado un debate que va mucho más allá del morbo. Detrás de la escena hay un problema estructural que ni los Mossos ni la seguridad del metro parecen capaces de gestionar.
El protagonista responde al perfil del toxicómano clásico de los años 80, una especie que algunos daban por extinguida. Pero el trasfondo es más complejo. Como señalan los análisis, la mayoría de las personas que mendigan o generan altercados en el suburbano barcelonés arrastran discapacidades mentales severas, muchas veces superiores al 65%, y que antes habrían sido ingresadas en instituciones psiquiátricas. El cierre de los manicomios, impulsado por gobiernos del PSOE, se hizo sin una red de salud mental comunitaria capaz de absorber a esos pacientes.
Las consecuencias saltan a la vista. Individuos con esquizofrenia o trastornos adictivos deambulan sin control, mientras los servicios públicos se limitan a intervenciones puntuales. La escena del vídeo no es un caso aislado; es la rutina en muchas estaciones. Y la conversación se enrarece cuando algunos apuntan que el «adicto autóctono» suele ser menos violento que el forastero que delinque, una comparación que revela tensiones raciales latentes. Pero el dato objetivo es que el sistema de salud mental español presenta graves lagunas: falta de plazas residenciales, psiquiatras sobrecargados y una legislación que dificulta el internamiento involuntario.
Mientras el Gobierno central presume de derechos sociales, en las entrañas del metro de Barcelona se reproduce una imagen que recuerda a los peores años de la sustancia ilegal. El problema no es nuevo, pero cada vídeo viral lo escupe en la cara de una opinión pública que prefiere no mirar. Hasta que el próximo «gorila» decida hacer algo más que amenazar.
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