La trampa de «que la pidan»: pedir ayuda no es recibir
Es difícil llevarle la contraria a la frase: si alguien necesita ayuda, parece lógico pedirla. Pero la respuesta que flota esta semana es más incómoda: la pides y tampoco te la dan. La distancia entre el eslogan y la realidad de los trámites es el verdadero problema.
El coste de exigir que pidan ayuda
Exigir que sea el ciudadano quien dé el primer paso suena razonable, pero carga sobre él toda la responsabilidad. Muchas personas no saben que tienen derecho a algo; otras chocan con formularios incomprensibles, ventanillas sin horario o requisitos que cambian sin aviso. La consecuencia es previsible: quien pide se topa con un silencio, y quien no pide, queda excluido sin más.
Además, la exigencia de solicitud actúa como filtro. Desanima a los que más necesitan, que a menudo son los que tienen menos recursos para enfrentarse a la maquinaria administrativa. La frase «si quieren ayuda, que la pidan» se convierte así en una forma limpia de no dar.
La pregunta queda en el aire: ¿es la petición una garantía de acceso o un obstáculo más? Mientras tanto, la respuesta a quien solicita es, demasiadas veces, «no».