Si EE UU desapareciera: entre el champán y la factura económica
¿Se le caería la lágrima a alguien si Estados Unidos desapareciera del mapa? La pregunta parece un juego de sobremesa, pero en el análisis económico es un experimento mental con consecuencias muy serias. La respuesta, a la vista de los datos y de los argumentos cruzados, no es ni de lejos unívoca: hay quien brindaría esa noche y quien gritaría aterrado ante el vacío de poder.
El imperio que da pena ajena y el motor que da miedo perder
Quienes defienden la continuidad del orden actual recuerdan que al terminar la Segunda Guerra Mundial, EE UU suponía el 50% de la economía mundial. Esa influencia se tradujo en el sistema de pagos global, en el dólar y en el mayor desarrollo tecnológico y biomédico del último medio siglo. El argumento se repite: un país con poco más de 300 millones de habitantes ha llegado a un PIB per cápita cercano a los 80.000 dólares, una cifra que ningún otro gran estado ha logrado con semejante escala.
En el lado contrario, la lista de agravios es larga. Intervencionismo, dictadores puestos y quitados, guerras y una inflación que se exporta al resto del mundo desde hace medio siglo. El diagnóstico es directo: el mismo sistema que produce curas contra el cáncer es el que vende la enfermedad. Como dice una de las analogías más repetidas, el imperio estadounidense se parece al Imperio Británico: ninguno de los dos daría pena al desaparecer, salvo por la factura que dejan.
El vacío de poder y la charca del Serengueti
Otra corriente se centra en lo que ocurriría después. Si desaparece el marco que ha garantizado el equilibrio de fuerzas, ¿quién lo sustituye? Rusia, China, una Unión Europea sin rumbo claro. El miedo a pasar de una hegemonía con máscara democrática a otra sin máscara no es menor. La alegoría de la charca del Serengueti que se seca explica bien el malestar: durante décadas hubo para todos, pero el agua se está evaporando y ahora toca repartir miseria en vez de bonanza.
El talento importado y la primera piedra del imperio
Otro de los ejes del análisis rebaja la excepcionalidad americana. Se recuerda que buena parte de los grandes hitos científicos del siglo XX se construyeron sobre cerebro europeo: los cohetes, la artefacto explosivo atómica y hasta el primer avión a reacción, que muchos sitúan en la alemana Junkers. El mérito estaría en haber atraído ese talento y en el aislamiento geográfico, más que en una genialidad genuina. Para los críticos, el imperio cuenta su historia a medias.
Groenlandia, Canadá y el eco de otras épocas
El componente de actualidad política no se queda fuera. Las aspiraciones de la administración Trump sobre Groenlandia y Canadá, así como la retórica de la anexión, invitan a comparaciones incómodas con los años 30 del siglo pasado. Hay quien ve en la Casa Blanca un paralelismo con aquel pintor austríaco; otros lo niegan con la misma rotundidad. Y en el extremo conspirativo, se menciona la posibilidad de un ataque simulado contra el presidente para justificar una represalia contra Irán. Nada probado, por supuesto, pero el clima se calienta.
Despedir al imperio: champán o securitización
La conclusión práctica es que el desenlace no depende de la nostalgia. Si EE UU es el problema, su desaparición aliviaría a muchos. Si es el motor que ha financiado la prosperidad occidental, su caída sería un cataclismo. La ironía final: los que piensan brindar con champán de lujo son los mismos que llaman al conjunto del sistema «el cáncer del planeta». Pero, como contrapunto seco, también son los que se benefician cada día de la tecnología y los medicamentos que salen de ese mismo laboratorio. La fiesta de la despedida se serviría, probablemente, con una factura que nadie quiere pagar.