Cultura general o pensamiento crítico: el filtro real de las conspiraciones
Hay una discusión que reaparece cada cierto tiempo en los círculos donde se diseccionan las teorías de la conspiración: la de si basta con acumular lecturas para poder evaluar un relato oculto. El planteamiento que abre el asunto es tajante. No vale con leerse un libro sobre sociedades secretas. Hay que dominar
cine, literatura, música, pintura, ocultismo, ufología, conspiraciones, política, cómics y noticias. Solo controlando esas temáticas, sostiene esta corriente, se puede llegar a la verdad. Y quien abre un hilo sobre las sociedades secretas que controlan el mundo sin esas lecturas previas, añade, simplemente no sabe explicar la cuestión.
La tesis no es nueva, pero estos días ha vuelto a tensar la cuerda entre dos formas de entender el análisis conspirativo. Por un lado, los que creen que la erudición es la llave. Por otro, los que responden con una frase que resume el escepticismo de buena parte del público:
para evaluar conspiraciones es necesario pensamiento desarrollado. Luego, si le añades lecturas,
cultura, conocimiento y datos, cuanto más mejor. Pero no por leerte 40 libros sabrás nada.
El pensamiento crítico como filtro previo a la erudición
La discusión deriva pronto hacia un terreno más incómodo: el de la capacidad real de evaluar información. Quien defiende la primacía de la cultura general insiste en que hay
muchas variables a considerar y que la mayoría de la gente las desconoce. Su argumento central es que la acumulación de referencias permite anticipar eventos.
El otro día anticipé eventos sencillamente observando la información disponible, asegura.
Me sé perfectamente cómo funciona la cosa en ese sentido.
Frente a eso, la objeción llega con forma de advertencia metodológica. Tener datos no es tener criterio. La erudición sin estructura mental se convierte en un almacén de anécdotas. Y ahí es donde el asunto se vuelve interesante, porque el debate no es sobre cuántos libros ha leído cada uno, sino sobre qué se hace con ellos.
El desmontaje de conspiraciones como prueba de autoridad
Uno de los momentos más reveladores del intercambio llega cuando se reivindica el haber desmontado teorías conspirativas concretas.
El Instituto Tavistock aparece como ejemplo de análisis crítico desde dentro del propio ecosistema. También se menciona el análisis de por qué existen los cantantes guturales, un tema que en principio parece alejado de la geopolítica oculta pero que sirve para demostrar amplitud de miras.
La paradoja es evidente: quien desmonta conspiraciones dentro de un espacio dedicado a ellas está marcando una frontera. No todo vale. No toda teoría resiste el escrutinio. Y esa capacidad de distinguir el grano de la paja es, precisamente, lo que se echa en falta cuando alguien llega con un relato grandioso pero sin herramientas para sostenerlo.
La lista de lecturas como credencial de autoridad
La conversación deriva hacia el terreno de las referencias literarias. Aparecen nombres que funcionan como contraseñas de pertenencia a una determinada tradición intelectual:
Montaigne, Nerval, Maupassant, Stendhal. Se menciona la literatura francesa como territorio de validación.
Este lo leí por recomendación de Carlos Boyero hace 25 años, se apunta, en un intento de fechar la propia formación y demostrar recorrido.
También surge la
Antología del surrealismo, de la que se recuerda poco salvo que estaba muy buena. Y una recomendación reciente obtenida de una novela de
César Aira, que sirve para actualizar el catálogo. La lista de pendientes existe. El método, según esta corriente, consiste en acumular lecturas hasta que el patrón se haga visible.
La respuesta escéptica: de la cultura a la condescendencia
No todos compran el planteamiento. La reacción más repetida desde fuera de esa lógica es la de quien acusa de
fardar de lecturas en un lugar inapropiado.
Aquí hay muchos que sí, se responde, dando a entender que la erudición no impresiona a quien también ha leído. La acusación de condescendencia aparece varias veces, con formas más o menos afortunadas.
El intercambio se degrada cuando se cruzan descalificaciones personales. Hay quien responde con
analfabeto funcional detected y quien replica con referencias a la medicación o al frenopático. Ese ruido, sin embargo, no invalida el fondo del asunto: ¿es la cultura general un requisito o una coartada?
Qué se puede evaluar sin haber leído a los clásicos
La pregunta de fondo sigue sin respuesta cerrada. Si para evaluar conspiraciones hace falta un canon de lecturas, ¿quién lo establece? ¿Dónde está la lista oficial? La propuesta de que existen
lecturas correctas que permiten adivinar eventos suena a método, pero también a puerta cerrada. Porque si solo unos pocos saben qué hay que leer, la evaluación deja de ser un ejercicio crítico y se convierte en una iniciación.
El contraargumento es que el pensamiento desarrollado no se compra en librerías. Se entrena. Y que la cultura general, sin capacidad de análisis, produce eruditos incapaces de distinguir un patrón real de una coincidencia bien contada. La discusión, por ahora, sigue ahí. Con listas de libros por un lado y desconfianza hacia las listas por otro. Y con una pregunta flotando: ¿cuántos de los que presumen de lecturas sabrían desmontar su propia teoría?