¿Quién es el mayor subnormal de un foro? La eterna pregunta sin respuesta
Empezar a señalar a los demás como los más insufribles de una comunidad online es un pasatiempo tan viejo como Internet. Pero cuando el ejercicio se convierte en una competición por identificar al 'rey del esperpento', la paradoja salta: cuantos más nombres se ponen sobre la mesa, más evidente resulta que el verdadero problema no es uno, sino una legión de arquetipos que se repiten en cualquier rincón digital.
Los arquetipos del pesado
La primera conclusión que emerge del intercambio es que no hay un único candidato, sino varias categorías bien definidas. Está el que convierte cada hilo en una repetición machacona de una misma frase, el que invoca incansablemente a un bot con la esperanza de que responda con un ladrillo, el que solo sabe hablar de sus obsesiones políticas sin aportar datos, y el que se cree por encima de todos usando la ironía como escudo. Algunos acumulan tal nivel de perseverancia que son mencionados como 'discos rayados', capaces de escribir el mismo mensaje cien veces al día.
La gracia del asunto es que todos estos perfiles existen fuera del foro concreto: son la manifestación de la psicología de masas en estado puro. El que llama 'subnormal' a otro suele estar describiendo, sin saberlo, su propio reflejo en el espejo de la comunidad.
La toxicidad como deporte
Lo interesante del debate no es quién gana el dudoso título, sino cómo la propia discusión se convierte en un termómetro de la salud del ecosistema. Mientras unos defienden que el 'subnormal supremo' es un clásico indiscutible (generalmente el que más postea), otros argumentan que hay una pléyade de candidatos y que el título es cuestión de gustos, como elegir entre la peste y el cólera. El tono sube de temperatura cuando entran en escena los bots: herramientas diseñadas para agilizar la conversación que, mal usadas, se convierten en fuentes de spam y provocaciones. La culpa, se dice, no es del destornillador sino de quien lo usa para atornillar clavos.
Al final, el ejercicio de señalar al otro revela más sobre la persona que señala que sobre el señalado. La necesidad de etiquetar, de clasificar, de poner nombre a la molestia es un intento de poner orden en el caos de la interacción anónima. Pero como cualquier veterano sabe, el orden es ilusorio.
La pregunta que queda en el aire
Si después de horas de lectura y decenas de menciones no hay consenso sobre quién es el 'mayor subnormal', quizá la respuesta sea que no importa. O que el verdadero subnormal es el que se toma la molestia de averiguarlo. En cualquier caso, el espectáculo continúa: listas que se alargan, bots que responden, y usuarios que, como en una obra del absurdo, siguen interpretando su papel sin darse cuenta de que el teatro no tiene público.
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