Quién iría a filas si estalla una guerra con Marruecos
Petate, fusil y barco hacia el Rif. La pregunta —si hubiera guerra con Marruecos y llegara el papel de la movilización, ¿qué harías?— lleva un día circulando y ha acumulado doscientas respuestas. Casi ninguna dice «voy». La mayoría arranca con «depende de quién mande». Y un bloque considerable, con «primero que vayan ellos». El escenario es hipotético. La grieta que retrata, no.
Porque el resultado agregado no es un rechazo a defender el país. Es un rechazo a defender a quien lo gobierna. Esa distinción atraviesa el asunto de arriba abajo y explica por qué una pregunta militar termina derivando en pensiones, sueldos, vivienda y agravios acumulados durante años.
Ceuta, 119.000 habitantes y la pregunta incómoda
El argumento más frío es también el más repetido: los enclaves del norte de África cuestan dinero y no producen nada, según la estimación que se maneja en el análisis —unos 119.000 habitantes, más de la mitad de confesión musulmana—, y su defensa se apoya en una legitimidad histórica que no convence a quien tendría que poner el cuerpo. La pregunta se formula sin adornos: ¿por quién y por qué merece la pena morir?
Frente a eso, el argumento contrario es de realismo estratégico. Renunciar a Ceuta y Melilla no compra la paz, solo adelanta la siguiente reclamación. Y hay quien recuerda que la presión no necesita ejércitos ni tanques para avanzar.
«Primero que vayan los políticos»: la condición más repetida
La exigencia aparece en decenas de formulaciones distintas y casi siempre con el mismo esqueleto: que la clase política y sus familias ocupen la primera línea antes que nadie. Detrás hay algo más que rencor. Hay una tesis sobre la legitimidad: quien decide una guerra debería ser quien la sufra.
El contraargumento no es menos duro. En un conflicto real no hay tiempo para rendiciones de cuentas internas, y una condición imposible de cumplir equivale, en la práctica, a una negativa. Puede formularse como coartada moral y seguir teniendo el mismo resultado: nadie coge el fusil.
Un frente sin trincheras: drones, quinta columna y Marcha Verde 2.0
Aquí el análisis se vuelve técnico y bastante menos épico. La guerra que se imagina en ese escenario no se parecería a lo que cuentan las películas: presión híbrida, incidentes localizados, quinta columna y desgaste económico antes que un desembarco. Se cita la Marcha Verde de 1975 como precedente y se apunta a operaciones de hecho consumado sobre el terreno.
La versión más pesimista prescinde del ejército entero: sostiene que no hace falta invadir nada para obtener lo que se quiere. En ese marco, la duda que se repite no es si habrá conflicto, sino dónde será el próximo episodio y si el ciudadano medio se enterará antes o después.
Los que sí cogerían el fusil
Existe una minoría que responde que sí sin condiciones. Unos por tradición familiar —bisabuelo en las guerras de Marruecos y Cuba, un tío en Ifni, un familiar en el Rif—. Otros por patriotismo puro. Y un tercer grupo pone una condición política: irían si el Gobierno pusiera por delante la defensa nacional por encima de cualquier otra consideración.
Después están los que solo irían obligados. Si llega el aviso, responden, se presentan. Si no llega, ni pagando. Y una capa más incómoda: quienes advierten de que, con un arma en la mano, su primera lista de objetivos no estaría fuera de las fronteras.
Desde la guerra de Ifni, allá por 1957, España no ha movilizado a nadie por un conflicto abierto en el norte de África. Casi setenta años sin quintas ni cartillas de reclutamiento. Y aun así, cuando se lanza la pregunta, la respuesta más repetida sigue siendo el verso 20 del Cantar de Mío Cid: «¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor!». Ocho siglos después, el problema no parece el enemigo. Parece el señor.