Guerra contra Jovenlandia: a filas, muchos pusieron condiciones
Imaginen la citación. Petate, chopo y orden de movilización hacia el Rif, el Atlas, quizá un desembarco de por medio rumbo a Canarias. La pregunta no era táctica, sino de lealtad: si hubiera guerra contra Jovenlandia y llegara el aviso, ¿vas o no vas? La respuesta dominante no fue un sí ni un no. Fue una condición.
Nadie firma un cheque en blanco por el Estado
El patrón que se repite es el de la desafección. Hay quien desaparecería «en cuanto huela a guerra» y quien asegura que no cancelar a nadie que no le haya hecho daño antes. La idea de recuperar Ceuta, Melilla o las plazas de soberanía no moviliza a quien ya se siente ciudadano de segunda. Y una corriente recurrente plantea la misma factura: que vayan primero los familiares de quienes firman las órdenes. Otra, directamente, se plantea emigrar.
La guerra de drones mata el heroísmo
El segundo eje es técnico. Varios sostienen que Jovenlandia no necesita invadir nada para imponerse, y que el combate moderno —drones, fuego a distancia— convierte cualquier épica patriótica en un mal cálculo. Frente a eso, la tesis de la superioridad aérea y naval como atajo para cerrar el asunto choca con la desconfianza hacia quien daría la orden. Interesante: el adversario del que se habla casi nunca está al otro lado del Estrecho. Está en Madrid.