Guerra contra Marruecos: la mayoría no se movilizaría
Un billete de avión a Nueva Zelanda o a Japón. Esa es la salida que propone uno de los participantes ante un escenario de guerra contra Marruecos. No hay entusiasmo marcial, ni colas en las oficinas de reclutamiento, ni discursos de defensa de la patria. La pregunta —qué actitud tomar si llega la orden de movilización— desata un catálogo de excusas, desplazamientos de responsabilidad y un cálculo frío sobre qué se está defendiendo exactamente.
El patrón se mantiene estable a lo largo del hilo: quien admite que iría es la excepción que confirma la regla. Y no siempre es quien uno esperaría.
¿Por qué la mayoría no iría a una guerra contra Marruecos?
Porque no identifica al país con un proyecto propio que merezca el riesgo. Ese es el argumento que domina. La disposición a combatir aparece condicionada a un requisito previo: que primero se resuelva algo de casa. Se repite la idea de que el adversario señalado no está al otro lado del Estrecho. El reproche apunta hacia arriba, hacia la clase política, hacia un sistema que —se sostiene— trata al ciudadano como moneda de cambio.
La abstención no es cobardía ni pacifismo. Es desafección convertida en cálculo. Varias respuestas lo formulan sin adornos: no se mata ni se muere por una estructura que no devuelve nada. Y el que dice que huiría no lo plantea como vergüenza, sino como gestión de riesgo.
El enemigo señalado está dentro, no en Rabat
Una corriente mayoritaria dentro de esa negativa traslada la hostilidad hacia dentro. Hay quien afirma que la primera línea estaría en Madrid, no en el Rif ni el Atlas. Se habla de ajustar cuentas con «traidores» antes que con un ejército extranjero, y de que las armas, si cayeran en manos de la tropa, se volverían contra otro objetivo. Ese desplazamiento del enemigo explica por qué la movilización no arranca: no hay un relato de amenaza externa que compita con el malestar interno.
Es un hallazgo incómodo. La pregunta por la defensa nacional se contesta, en la práctica, con una pregunta por la legitimidad del Estado que la ordena.
Marruecos no necesita disparar un tiro
Aquí la conversación gana densidad. Frente a las soflamas, emergen datos que desmontan la fantasía del enemigo débil. Un interviniente sostiene que Marruecos no es un Estado paria: desde 2020 cuenta con el respaldo de EE.UU. sobre el Sáhara, es socio comercial de la UE y le vende a Bruselas el control migratorio. Nadie le va a cortar el grifo.
El cálculo económico que circula —y que se depura a lo largo de la conversación— sitúa el PIB marroquí en la horquilla de los 150.000 a 160.000 millones, frente a los 140.000-150.000 de hace cuatro años y a los cerca de 200.000 que manejaba Ucrania antes de 2022. La conclusión que se extrae es que Rabat no necesita una guerra convencional: le basta con la presión migratoria, que ya ejerce sin coste militar.
Ese es el núcleo del asunto: la verdadera amenaza no es un desembarco, es el estrés hídrico, la presión migratoria y la capacidad de contaminar la agenda del vecino sin romper la baraja.
¿Qué pasará con Ceuta y Melilla?
No hay respuesta cerrada. La proyección hacia 2050 —la fecha que se maneja en la conversación— queda abierta. Se apunta al estrés hídrico severo de Marruecos como factor que empujará a Rabat a apretar donde pueda, y a las ciudades autónomas como el punto de fricción natural. Nadie da el desenlace por escrito, y con razón.
El detalle que descoloca
Entre las respuestas, la única disposición clara a empuñar un fusil por España llega, en un caso, de alguien que se define como argentino. El resto negocia, ironiza o hace las maletas. Con ese material, la pregunta deja de ser militar y se vuelve política: un país que no consigue que sus ciudadanos quieran defenderlo tiene un problema antes de la primera bala.