El pacto se rompe: la España que no iría a filas por Ceuta y Melilla
Hay un hombre que hace medio siglo hacía guardia en Melilla. Recuerda que entonces la frontera se mantenía bajo control y que él, cuando le tocó, cumplió. Hoy dice lo que repiten no pocos de su quinta: que no piensa moverse y que lo arregle quien lo rompió. Esa frase —«que vayan los que lo han jodido»— se ha convertido en el estribillo de una conversación que reaparece cada vez que se pronuncia la palabra Marruecos.
La pregunta que lo dispara todo es concreta: si mañana hubiera un conflicto abierto con Marruecos por Ceuta, Melilla o incluso Canarias, ¿quién estaría dispuesto a combatir? Las respuestas dibujan un país partido, con más deserción verbal que épica y una desconfianza hacia sus instituciones que atraviesa todas las edades.
Los que ya no pueden son los que más hablan de ir
El primer dato que descoloca es la edad. Varios se escudan en los años: quien tiene 58 lo duda, y quien ronda los 70 da por hecho que no van a ir a buscarle. Pero su propia conversación se encarga de desmentirlo. La lógica que manejan es que, si hay conflicto, hasta los mayores tendrían tarea: con 70 años y las piernas enteras, sostiene uno, te dan una escoba y un recogedor y te ponen a limpiar cien metros de acera.
Entre medias asoma la memoria de la mili. Un veterano recuerda que en la instrucción, en el cuartel de Barbastro, montó el fusil y descargó el cargador entero; a los tres meses justos le licenciaron. Otro admite que, de darle un arma hoy, el primer tiro se lo pegaría él. Haber pasado por el ejército no genera ganas de repetir: genera distancia.
La tesis de la guerra de dentro
La corriente más repetida no habla de Marruecos. Habla de casa. Hay quien sostiene que el primer frente está dentro y que una contienda exterior se convertiría en ajuste de cuentas interno antes que en defensa de fronteras. El argumento se formula de mil maneras —purgas, revoluciones, escarmientos— pero comparte un diagnóstico: la fractura política pesa más que cualquier amenaza extranjera. Una variante más suave la condensa otro: se alistaría solo si los primeros en caer fueran los que gobiernan.
En esa mezcla entra el desdén hacia la clase política, al que se suma la sensación —repetida sin rubor— de que este país trata a una parte de sus ciudadanos como súbditos, no como iguales. Otra línea de opinión, abiertamente ajena a la épica, sostiene que la carga debería recaer en otros colectivos. La defensa nacional, para una parte de esa conversación, hace tiempo que dejó de ser un deber compartido.
La movilización no es opcional
Frente a la deserción verbal, otra corriente avisa de que el escenario no se elige. Se citan las imágenes de reclutadores en otros conflictos europeos, la idea de que «cuando bajes a comprar el pan te suben a una furgoneta», y el detalle que nadie quiere mirar: en un conflicto abierto, fronteras y aduanas se cerrarían a los hombres de 17 a 60 años, que pasarían a ser movilizables. También a residentes extranjeros, encuadrados como voluntarios en unidades como Regulares o el Tercio. La confianza en quedarse al margen, sostienen, es la primera víctima de una guerra.
Ni Putin ni el Rif: el enemigo que no se aclara
A la desconfianza se suma el desconcierto. Durante meses, el relato oficial decía que había que defender Ucrania frente a Rusia; ahora el enemigo sería Marruecos. «¿Pero el enemigo no era Putin?», pregunta alguien. En esa confusión, y en el malestar que arrastra el debate migratorio, se mezclan argumentos de seguridad, identidad y hartazgo institucional que poco tienen que ver con la defensa nacional y mucho con la política interior. Y planea una sospecha: la de que la guerra ni siquiera haga falta porque, se argumenta, no se necesita un conflicto armado para torcerle el brazo a un país.
Queda un detalle que ordena todo lo anterior. Una escala de recompensas fija la Medalla Militar Individual a partir de 100 enemigos abatidos y la Laureada de San Fernando a los 500. Nadie en edad de servir la menciona. Los que la citan, medio en broma, son los mismos que ya no van a ir a ninguna parte.