Sonic The Hedgehog
Madmaxista
Muchos se quejan de esta carrera porque apenas hay ofertas laborales en España
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Una pregunta. ¿Cómo hizo el primer gobierno de Ánsar (1996-2000) a cercenar las becas si su primera matrícula es justo después de la crisis puntocom (2001)?En los congresos me suelen presentar como «ingeniero informático», pero en realidad me titulé en la ingeniería de telecomunicación. Esto siempre me pareció un meandro involuntario, una dilación que hube de aceptar para ejercer en la informática, pues no tuve otra opción. Y ahora, a la postre, creo que me ha venido genial.
Con 17 años, como a muchos, me tocó escoger carrera universitaria. Sacaba notas muy buenas sobre todo en humanidades, pero la ciencia me gustaba más.
Las cosas estaban difíciles en casa y necesitaba acabar los estudios rápido para entrar cuanto antes al mercado laboral. Me hubiera matriculado en Informática, pero en Santander no se impartía aún. Y no podía permitirme estudiar fuera, así que tuve que elegir otra cosa.Con la confusión propia de la adolescencia y mi querencia por las letras, recuerdo que valoré fugazmente matricularme en algo del tipo «Filosofía y Letras». Lo comenté con mi hermano mayor, que me orientó con la delicadeza que le caracteriza:
—Si estudias esa guano vas a morirte de hambre y yo no voy a venir a ayudarte. Matrículate en Teleco, entra a trabajar en Mundivía y déjate de palos.
Mundivía era la «startup» de moda en la región. Aunque en esa época se llamaban «puntocoms» y todas las grandes compañías tenían la suya. Mundivía era el nuevo juguete de Endesa.El consejo de mi hermano tenía sentido. Era 1999 y Yahoo! valía en bolsa el doble de American Airlines. Los emprendedores «puntocom» bajaban a Madrid y volvían con inversiones millonarias. Telecos e informáticos eran reclutados a golpe de talonario en las escuelas de ingenieros, antes incluso de titularse.Éramos la generación del «boom» demográfico y había muchos más alumnos que plazas. Yo tenía nota para entrar en lo que quisiera, pero en Cantabria no había Informática. Tampoco Filosofía y Letras, afortunadamente. Opté por Teleco.
Había dos ingenierías: la superior, de cinco cursos, y la técnica, de tres. A mí me gustaba estudiar y quise hacer la de ciclo largo, pero la situación económica en casa no me dejaba opción: tenía que matricularme en la ingeniería técnica y encontrar un trabajo cuanto antes.Fue matricularme y hundirse el Nasdaq. Las portadas de los periódicos destacaban el descalabro de las puntocom. Crisis. Ruina. «Crash». Las empresas despedían a sus técnicos y ya nadie quería telecos ni informáticos. Éramos unos apestados.
Para colmo, tras matricularme supe que la duración media real de la ingeniería técnica y la ingeniería superior de teleco era prácticamente la misma. Me había matriculado en la carrera con la nota de corte más alta y el plan de estudios más duro de toda la universidad.
Además, teleco no tenía casi nada de informática. Ciertamente nos daban asignaturas de programación —¡las que yo quería!—, pero apenas eran un 15 % de los créditos. El resto era matemáticas, álgebra, señales, sistemas de control… y bastante electrónica.
Me propuse salir de allí lo más rápido posible, y en cierto modo creo que lo conseguí. Pero con un título de «ingeniero técnico de telecomunicación en la especialidad de sistemas electrónicos», no de informático, que era lo que yo quería.
Mis cuatro años de universitario fueron un intenso pendular entre dos polos radicales: dañarme el cerebro estudiando abstracciones jeroglíficas y dañarme el cerebro entregándome a la dipsomanía como desagravio. Entre medias, exámenes.Fueron años de ansiedad por obtener los aprobados necesarios para ganar las becas de las que dependía para seguir estudiando, y de trabajos de estudiante en bicicleta cuando el primer Gobierno de Aznar decidió cercenarlas.Pero terminé la carrera y con mi flamante título universitario me dirigí —¡por fin!— al mercado laboral. Estaba listo para entrar en alguna glamurosa empresa tecnológica y comenzar a cobrar una nómina de ingeniero que me permitiría emanciparme del modesto piso familiar.
Deparé en «Fraile y Blanco», un chiringuito local venido a más y apuntalado por un flanco con contratos públicos de dudosa legalidad y por otro del imperecedero mamoneo patrio entre política y negocios.
Pasé un par de entrevistas, me seleccionaron y me ofrecieron un salario de 600 €. Así que di media vuelta y me volví a casa frustrado. Mis amigos estaban igual, así que se estaban yendo a Madrid, a Bilbao y a otras plazas donde los salarios para un teleco recién egresado eran bajos, pero no insultantes.
Yo daba en casa parte de mis pírricos ingresos de estudiante y no podía irme de Cantabria, así que me tocó aguantarme y hacer lo que primero había descartado: ponerme por mi cuenta y fundar mi propia empresa.Han pasado 20 años y ahora, mirando en escorzo, veo que toda esta peripecia me ha curtido. Por una parte, considero que tengo dos ingenierías: una de la que me titulé, pero que no ejerzo (teleco), y otra que he ejercido dos décadas pero de la que no me titulé (informática).
Esta carambola del destino me ha dado una curiosa panorámica profesional que ahora disfruto: saber de diseño microelectrónico, modulaciones en frecuencia o fotónica, que son conocimientos infrecuentes en un informático. Y de interacción persona-ordenador, bases de datos o lenguajes de marcado, que son áreas poco transitadas por un teleco.
Lo que no imagino es dónde andaría de haberme matriculado en Filosofía y Letras.
Si funciona aún algo de ese spyware con anuncios disfrazado de sistema operativo es precisamente gracias a los travagueadores.Asi va Windows 11 de mal...
En los congresos me suelen presentar como «ingeniero informático», pero en realidad me titulé en la ingeniería de telecomunicación. Esto siempre me pareció un meandro involuntario, una dilación que hube de aceptar para ejercer en la informática, pues no tuve otra opción. Y ahora, a la postre, creo que me ha venido genial.
Con 17 años, como a muchos, me tocó escoger carrera universitaria. Sacaba notas muy buenas sobre todo en humanidades, pero la ciencia me gustaba más.
Las cosas estaban difíciles en casa y necesitaba acabar los estudios rápido para entrar cuanto antes al mercado laboral. Me hubiera matriculado en Informática, pero en Santander no se impartía aún. Y no podía permitirme estudiar fuera, así que tuve que elegir otra cosa.Con la confusión propia de la adolescencia y mi querencia por las letras, recuerdo que valoré fugazmente matricularme en algo del tipo «Filosofía y Letras». Lo comenté con mi hermano mayor, que me orientó con la delicadeza que le caracteriza:
—Si estudias esa guano vas a morirte de hambre y yo no voy a venir a ayudarte. Matrículate en Teleco, entra a trabajar en Mundivía y déjate de palos.
Mundivía era la «startup» de moda en la región. Aunque en esa época se llamaban «puntocoms» y todas las grandes compañías tenían la suya. Mundivía era el nuevo juguete de Endesa.El consejo de mi hermano tenía sentido. Era 1999 y Yahoo! valía en bolsa el doble de American Airlines. Los emprendedores «puntocom» bajaban a Madrid y volvían con inversiones millonarias. Telecos e informáticos eran reclutados a golpe de talonario en las escuelas de ingenieros, antes incluso de titularse.Éramos la generación del «boom» demográfico y había muchos más alumnos que plazas. Yo tenía nota para entrar en lo que quisiera, pero en Cantabria no había Informática. Tampoco Filosofía y Letras, afortunadamente. Opté por Teleco.
Había dos ingenierías: la superior, de cinco cursos, y la técnica, de tres. A mí me gustaba estudiar y quise hacer la de ciclo largo, pero la situación económica en casa no me dejaba opción: tenía que matricularme en la ingeniería técnica y encontrar un trabajo cuanto antes.Fue matricularme y hundirse el Nasdaq. Las portadas de los periódicos destacaban el descalabro de las puntocom. Crisis. Ruina. «Crash». Las empresas despedían a sus técnicos y ya nadie quería telecos ni informáticos. Éramos unos apestados.
Para colmo, tras matricularme supe que la duración media real de la ingeniería técnica y la ingeniería superior de teleco era prácticamente la misma. Me había matriculado en la carrera con la nota de corte más alta y el plan de estudios más duro de toda la universidad.
Además, teleco no tenía casi nada de informática. Ciertamente nos daban asignaturas de programación —¡las que yo quería!—, pero apenas eran un 15 % de los créditos. El resto era matemáticas, álgebra, señales, sistemas de control… y bastante electrónica.
Me propuse salir de allí lo más rápido posible, y en cierto modo creo que lo conseguí. Pero con un título de «ingeniero técnico de telecomunicación en la especialidad de sistemas electrónicos», no de informático, que era lo que yo quería.
Mis cuatro años de universitario fueron un intenso pendular entre dos polos radicales: dañarme el cerebro estudiando abstracciones jeroglíficas y dañarme el cerebro entregándome a la dipsomanía como desagravio. Entre medias, exámenes.Fueron años de ansiedad por obtener los aprobados necesarios para ganar las becas de las que dependía para seguir estudiando, y de trabajos de estudiante en bicicleta cuando el primer Gobierno de Aznar decidió cercenarlas.Pero terminé la carrera y con mi flamante título universitario me dirigí —¡por fin!— al mercado laboral. Estaba listo para entrar en alguna glamurosa empresa tecnológica y comenzar a cobrar una nómina de ingeniero que me permitiría emanciparme del modesto piso familiar.
Deparé en «Fraile y Blanco», un chiringuito local venido a más y apuntalado por un flanco con contratos públicos de dudosa legalidad y por otro del imperecedero mamoneo patrio entre política y negocios.
Pasé un par de entrevistas, me seleccionaron y me ofrecieron un salario de 600 €. Así que di media vuelta y me volví a casa frustrado. Mis amigos estaban igual, así que se estaban yendo a Madrid, a Bilbao y a otras plazas donde los salarios para un teleco recién egresado eran bajos, pero no insultantes.
Yo daba en casa parte de mis pírricos ingresos de estudiante y no podía irme de Cantabria, así que me tocó aguantarme y hacer lo que primero había descartado: ponerme por mi cuenta y fundar mi propia empresa.Han pasado 20 años y ahora, mirando en escorzo, veo que toda esta peripecia me ha curtido. Por una parte, considero que tengo dos ingenierías: una de la que me titulé, pero que no ejerzo (teleco), y otra que he ejercido dos décadas pero de la que no me titulé (informática).
Esta carambola del destino me ha dado una curiosa panorámica profesional que ahora disfruto: saber de diseño microelectrónico, modulaciones en frecuencia o fotónica, que son conocimientos infrecuentes en un informático. Y de interacción persona-ordenador, bases de datos o lenguajes de marcado, que son áreas poco transitadas por un teleco.
Lo que no imagino es dónde andaría de haberme matriculado en Filosofía y Letras.
Una pregunta. ¿Cómo hizo el primer gobierno de Ánsar (1996-2000) a cercenar las becas si su primera matrícula es justo después de la crisis puntocom (2001)?
Buena historia, le faltan aliens pero buena historia.
En general cualquier ingeniería que no sea Industrial es un camino perfecto hacia la locura y la miseria a día de hoy
¿Por?Saber electrónica y microcontroladores es la verdadera salud.
Es lo que mejor se paga porque hay poca gente, solo los ingenieros con pasión por su profesión tienen el nivel. La mayoría solo buscan el título sin tener ni fruta idea.
Es lo que mejor se paga porque hay poca gente, solo los ingenieros con pasión por su profesión tienen el nivel. La mayoría solo buscan el título sin tener ni fruta idea.