Procesiones en portada, misas en horas bajas: ¿a quién engañan?
La paradoja es tan evidente que cuesta no señalarla: las procesiones de Semana Santa copan telediarios, portadas y planes de turismo, mientras las iglesias se vacían de fieles salvo para bodas y comuniones, y los seminarios autóctonos languidecen hasta el punto de tener que importar curas del extranjero. ¿Estamos ante una religiosidad vacía de creencia pero repleta de espectáculo? O, peor aún, ¿ante un sustituto folclórico para un vacío espiritual que nadie quiere nombrar?
El negocio turístico de la tradición
La tesis que más peso tiene en el análisis empírico es que las procesiones han dejado de ser un acto religioso para convertirse en un producto de consumo cultural. Los asistentes, en su mayoría, no pisan un templo el resto del año. La cobertura mediática responde a la demanda de audiencia y al dinero que mueve el turismo. No es que a la gente le importe la religión; le importan las vacaciones, el espectáculo callejero y el postureo en redes. Mientras, la jerarquía eclesiástica asiste impasible al desmantelamiento de su propio capital simbólico: lo que vende no es el mensaje, sino el decorado.
Creyentes de escaparate y ateos militantes
Contra esta visión de puro utilitarismo, emerge otra corriente que sostiene que el desprecio hacia lo religioso es, en realidad, una obsesión mal disimulada. Quienes más hablan de "capillitas" y "estado laico" son los que más atención dedican al fenómeno. Sería, según este argumento, una reacción a la pérdida de un pegamento social que la izquierda y el progresismo no han logrado sustituir más que con una religión civil de subvenciones y consignas vacuas. El resultado es un nihilismo práctico: cada uno a lo suyo, sin más horizonte que el hedonismo inmediato.
El dato del seminario que nadie discute
Lo que no admite contestación seria es el desplome de las vocaciones. Las cifras publicadas por Infovaticana muestran una caída progresiva desde 2019 que obliga a traer clero de fuera. La pregunta es si ese vacío lo llenarán otras religiones —más identitarias y menos acomodaticias— o si el modelo occidental de indiferencia religiosa generalizada es insostenible a largo plazo.
El debate deja en el aire una cuestión incómoda: cuando la religión tradicional se reduce a entretenimiento callejero y el vacío espiritual se tapa con burocracia estatal, ¿qué queda para cuando la gente necesite respuestas de verdad?
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