Segundo asalto al oro: 1.372 dólares y nadie se pone de acuerdo
La pantalla marca
1.372 dólares por onza y una pérdida de unos 23 dólares en la sesión. Un día antes, el metal se había dejado «30 y pico» dólares más. Para quienes siguen el hilo, es el segundo episodio del año, y la estampa se repite: papel que se vende a mansalva, compradores esperando abajo y una pregunta incómoda sobre la mesa. ¿Qué se persigue con una caída así? La respuesta corta es que nadie lo sabe con certeza. La larga es que hay al menos tres relatos compitiendo y ninguno se deja refutar del todo.
¿Qué objetivos se atribuyen al ataque contra el oro?
Uno de los participantes enumera los objetivos que, a su juicio, perseguiría el desplome: minar la confianza en el metal como refugio, deshacerse de
oro papel que no estaría respaldado por físico, hundir el precio para acaparar onzas reales y empujar el dinero hacia otros activos financieros. Todo ello, añade, mientras los grandes ganan dinero con el movimiento.
El problema de esa explicación es que resulta indemostrable. Sirve igual para cualquier caída y no distingue entre una manipulación coordinada y una corrección de manual. Que en abril no se cumplieran los objetivos —aunque nadie los haya detallado— se usa como prueba de que el ataque fracasó o de que se prepara una segunda fase. Según para quién.
El precedente de 2010 aparece en cuanto se rasca un poco: hay quien sostiene que la caída de los derivados del oro estaba anunciada desde mucho antes, con avisos fechados en marzo y octubre de aquel año. Un argumento sin coste, porque una predicción a tres años no se comprueba en una semana.
Dos mercados, dos precios: papel frente a físico
En el hilo circula con fuerza la tesis del mercado duplicado. El escritor financiero
Gerald Celente, en una entrevista publicada a finales de mayo en
King World News, describe dos mundos: el del oro de papel, manipulado, y el del oro físico, que se compra y se entrega. La referencia de precio del primero es el
COMEX; el segundo se mueve por lo que hay en la caja fuerte.
De ahí surge el escenario que algunos consideran inevitable: un
default del COMEX. La lógica que se maneja es que si el mercado abusa y fija precios con transacciones ficticias, los operadores acabarán abandonando esa referencia por falta de credibilidad. Y cuando eso ocurra, se dice, el precio lo marcará donde de verdad se compra el metal. Es una predicción, no un hecho. De momento, el COMEX sigue publicando la cotización que todo el mundo mira.
La India pide a sus ciudadanos que dejen de comprar oro
El ministro de Finanzas indio,
P. Chidambaram, hizo un llamamiento público a contener la «pasión incontrolada» por el oro y a ahorrar en instrumentos financieros. «Tengan fe en nuestro sector financiero», vino a decir. La petición, recogida por
The Indian Express a finales de mayo, no es anecdótica: se produce en pleno debate sobre el papel del metal como reserva de valor.
El mensaje encaja mal con la otra mitad del relato, la que sostiene que el oro físico escasea. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, pero solo una explica por qué el precio del oro cae.
El joyero de la abuela equilibra la balanza comercial
Aquí entra España, y entra por la vía de las exportaciones. En 2012 el país exportó por valor de
222.000 millones de euros, y una parte de esa cifra no fue ni coches ni naranjas, sino oro. Los cálculos que se manejan en el hilo apuntan a que los envíos al Reino Unido podrían rondar el
10% y los destinados a Suiza cerca del
20%, aunque en el total exportador apenas representarían un
2% o 3%.
O sea: se está liquidando el joyero familiar, y algo más, para cuadrar la balanza por la vía rápida. La pregunta que queda en el aire es qué ocurre cuando la caja se vacíe. Y el movimiento se lee mal desde los dos bandos: quien ve una burbuja pinchando lo interpreta como capitulación; quien ve manipulación, como saqueo.
El cobre plano y el Baltic Dry en 900
Nada de esto se sostiene sin mirar el resto de la economía. El índice
Baltic Dry, que mide el transporte marítimo de mercancías, estaba en
900 cuando cinco años antes rondaba los
11.000. El cobre llevaba un año de encefalograma plano. Y aun así las bolsas subían.
Para una parte del análisis, esa combinación no es una recuperación: es una impresora de dinero empujando precios de activos mientras la economía real anda de lado. Si es cierto, el oro no cae por debilidad propia, sino porque el capital rota hacia lo que sube ahora. Y si se equivocan, el metal llevaba razón desde el principio y solo está tardando en demostrarlo.
Quién compra mientras todos venden
El retrato de quién sigue comprando desmiente la idea de pánico generalizado. Hay quien declara compras mensuales, sin mirar la cotización, con entradas por debajo de
600 dólares la onza y alguna a 1.300 euros. Hay quien dice tener en torno al
50% de su patrimonio en peso en oro y hasta un 90% en valor, y admite que eso no es una apuesta a doce meses, sino una cobertura. Los datos concretos de entrada y cartera dibujan un cuadro bastante menos dramático que el titular de la sesión.
En paralelo corre la explicación más incómoda: que lo que está ocurriendo no es una burbuja desinflándose, sino el traspaso del metal de manos pobres a manos ricas. Los primeros sueltan oro para pagar facturas; los segundos lo acumulan sin prisa. Eso, argumentan, es lo contrario de una burbuja.
El precio de referencia sigue siendo el
COMEX. Quien defiende la tesis del doble mercado sostiene que, mientras la cotización se hunde en la pantalla, el oro que se entrega de verdad no cae al mismo ritmo. Es una afirmación que en el material del debate no aparece acompañada de datos que la respalden.