La contertulia que dijo basta: «Prefiero comer mierda» antes que aguantar a Cintora
El pasado jueves, el programa «Malas Lenguas» de TVE vivió una escena que ha corrido como la pólvora en redes sociales y foros. La periodista Marta Gómez Montero se levantó de la mesa y soltó, temblando: «Prefiero comer mierda con paciencia y seguir siendo de Valencia» ─una frase que queda para la historia de la telebasura─ antes de abandonar el plató entre lágrimas. El presentador, Jesús Cintora, respondió con media sonrisa y un gélido «ella sabrá». Lo que parecía un simple arrebato ha destapado las miserias de un sector donde la precariedad laboral, la falta de respeto y el sectarismo político son el pan de cada día.
El precio de ser la voz discrepante en TVE
Gómez Montero, identificada por varios asiduos del programa como la tertuliana de perfil conservador en un panel mayoritariamente izquierdista, llevaba meses soportando lo que algunos excompañeros califican de mobbing. Según testigos, Cintora la interrumpía constantemente, la ridiculizaba y la dejaba sin réplica. Ella misma habría confesado que solo aguantaba por necesidad económica: «he aguantado para pagar facturas y dar de comer a mis hijos». No es un caso aislado. Un presentador deportivo ya había confesado a José María García que hacía programas «mierda» para mantener a su familia. El mundo de la tertulia televisiva, donde se pagan cifras modestas por aparecer, es un ecosistema de estómagos agradecidos donde callarse y cobrar es la norma.
182 millones de euros de presupuesto: ¿para esto?
El debate no es solo laboral, sino también de gasto público. TVE tuvo un presupuesto de 182.407.582 euros en 2025, según datos citados en la discusión. Una parte va a producciones externas como «Malas Lenguas», que encarga una productora privada. El modelo genera incoherencias: una televisión pública con miles de funcionarios-periodistas en plantilla contrata a mercenarios externos para hacer contenidos que, según los críticos, parecen más pensados para la pelea política que para el servicio público. La pregunta que flota es si ese dinero ─que podría destinarse a información de calidad o a cultura─ se emplea en fomentar un clima laboral que acaba en explosiones como la de Marta.
La reacción del presentador: cinismo y normalización del maltrato
Lo que más ha llamado la atención es la actitud de Cintora. Mientras la tertuliana se derrumbaba, él esbozaba una sonrisa cínica y se desentendía con un «ella sabrá». Quienes conocen su trayectoria recuerdan que ya en Cuatro recibió quejas de trabajadores por malos tratos, lo que precipitó su salida. En TVE, el perfil de presentador parece intocable. La escena, según varios observadores, es un ejemplo de cómo el poder televisivo se ejerce sin empatía, amparado en la precariedad del otro. «Nadie les rompe la cara», se oye en los corrillos, como metáfora de una impunidad que se da en toda la prensa española.
El regreso al redil: ¿todo vuelve a ser como antes?
Lo más rocambolesco del caso es que, apenas dos días después, Marta Gómez Montero había vuelto al programa. En el mismo plató, sentada otra vez, como si nada hubiera pasado. Los rumores de una compensación económica jugosa (un «maletín») corren por las redes, aunque no hay confirmación. La pregunta que queda en el aire es si el sistema de tertulias televisivas puede reformarse desde dentro o si, como dice el refrán, «el pez grande se come al chico». Por ahora, la colaboradora vuelve a la mesa, pero la imagen de ella temblando y diciendo basta ya es imborrable.
El episodio deja al descubierto una realidad que muchos conocen pero pocos verbalizan: en la televisión de la crispación política, quien disiente paga el pato, y a menudo solo la necesidad o el dinero cierran la boca. Hasta que alguien explota.