El negocio del sexo tiene dueño, y no es el usuario final
Cuando las muñecas sexuales hiperrealistas empiezan a ser asequibles, el establishment que vive del monopolio del deseo masculino se frota las manos... para preparar la prohibición. En los análisis se plantea con crudeza: si bajan de precio, ilegalización inmediata. El debate no es técnico, sino de poder.
El verdadero obstáculo no es tecnológico, sino político
La llamada "papocracia" —esa élite que controla el acceso al sexo, ya sea de pago o supuestamente gratuito— ve en las sexdoll una amenaza existencial. Como apunta un análisis, en España no verán la luz: acusarlas de promover la violación es el primer paso para blindar el monopolio. El motivo económico es claro: si los hombres satisfacen su deseo sin intermediarios, las mujeres pierden el privilegio de ser el único canal. Pero también hay quien lo ve como un movimiento liberador: "El deseo sexual del hombre es lo que hace de la mujer un ser con sentido; si pierden eso, desaparecen todos sus privilegios", auguran.
La regulación no se hará esperar. Gobiernos y grupos de presión ya preparan el terreno: etiquetar las muñecas como objetos que cosifican o argumentar su difícil reciclaje. La paradoja es que el mismo mercado que las produce sabe que su verdadero obstáculo no es técnico, sino político.
¿Hasta dónde llegará la prohibición?
Con la inteligencia artificial y los materiales hápticos avanzando, la pregunta no es si las sexdoll sustituirán a las relaciones humanas, sino cuánto tardará el poder en prohibirlas para mantener su chollo. ¿Veremos el primer caso de un gobierno que regula la competencia directa a su propio modelo social?