En los últimos meses, una corriente sombría recorre Europa. Se habla de un posible cese de la ayuda militar de Estados Unidos a Ucrania, de una ofensiva rusa sin contención, del despliegue de tropas europeas, e incluso de una intervención china en suelo europeo. El escenario, alimentado en círculos económicos, plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasaría con la economía si el conflicto se desborda?
No se trata de alarmismo gratuito. En España, la pobreza y la precariedad laboral son el caldo de cultivo perfecto para la propaganda bélica. Si la guerra se materializara, no habría reclutamiento obligatorio, pero sí llamamientos bien pagados. La historia se repite: Europa devastada una vez más.
La incertidumbre ya se traslada a los mercados. La compra de píldoras de yodo, anécdota que refleja el nerviosismo, es síntoma de algo más profundo: el riesgo de una escalada presiona los precios de la energía, la inflación y el gasto público. Mientras, Rusia, según algunos análisis, está exhausta, salvada por la campana gracias a Trump. Y el ciudadano medio, anestesiado por la cotidianidad, apenas reacciona.
Pero la pregunta sigue ahí: ¿estamos preparados para el coste económico de una guerra? Probablemente no. Y como siempre, los que pagarán la factura serán los mismos: los que no pueden huir.