Guía de salsas de supermercado: cuáles valen y cuáles son jarabe
Con la cesta de la compra convertida en termómetro social desde hace un lustro, una conversación que se ha estirado más de cuatro años ha terminado armando un inventario de qué salsas de gran superficie merecen el bote. La pregunta de partida era sencilla: qué se puede comprar en
Mercadona, Lidl, Aldi o Carrefour sin caer en un ultraprocesado. La respuesta, como casi siempre, no es una sola. El arranque fue una salsa de tomate frito de descuento que su autor consideraba aceptable, «no tan basta» como las de siempre.
Desde el primer mensaje hasta el último, el repertorio saltó del piri-piri al
Laoganma. Es decir, de la salsa más humilde del lineal a la pasta china de aceite de chile.
1.585 días dan para mucho.
La salsa de tomate: dónde se rompe el consenso
El tomate frito es el campo de batalla. Frente a quienes defienden las marcas industriales de siempre aparece una postura incómoda: se sostiene que el tomate frito funciona como detector de pereza, porque un sofrito de ajo, cebolla y tomate triturado se resuelve en tres minutos, y con aceite bueno el guiso queda
rojo, no
naranja. La crítica no va de paladar, va de fondo.
En la otra orilla, dos marcas concretas se llevan los elogios. Una que «juega en otra liga» por encima de las opciones de marca blanca que sirven para el día a día, y el pesto rosso de una cadena alemana, señalado como el mejor aliado para rematar una salsa de tomate ya hecha. Sobre las salsas rosas y rancheras, la recomendación es recurrir a la versión de una conservera clásica, más barata que la competencia importada.
Del piri-piri al sriracha: cómo sube el picante
El siguiente escalón es el picante. Una salsa piri-piri de bote aparece descrita como excelente para untar y para dar algo de vida a carnes blancas con poco que ofrecer. La revolución silenciosa llega con el
sriracha, un condimento de origen tailandés que se vende en un envase invariable —cuerpo transparente y tapón verde, con versión de tapón rojo más picante— y que se ha hecho un hueco en los lineales. El veredicto más repetido: resulta salado de más y mejora mezclado con mayonesa.
Un peldaño arriba está el tabasco de chipotle, apreciado por su sabor quemado, y una salsa mexicana de habanero que se sitúa
en torno a 100.000 unidades Scoville. Según quienes la han probado, pica más que otras con puntuaciones teóricas mucho mayores. La harissa también se cuela entre las favoritas para un bocata de lomo con pimientos.
Las clásicas que nadie discute
Hay un bloque que no admite matices. La
salsa Worcestershire de Lea & Perrins aparece con una advertencia tajante: no se aceptan imitaciones. Su perfil, a base de extractos vegetales y anchoas fermentadas, la coloca —dice una opinión muy celebrada— en el podio de las aportaciones británicas a la gastronomía mundial, junto al queso stilton. El uso estrella es el steak tartare, y unas gotas en una boloñesa elevan el plato por la vía del umami.
Con el tabasco clásico ocurre lo mismo: la versión de siempre gana a los sabores de moda. La mostaza entra en ese grupo reducido de salsas procesadas que se salvan, junto a las picantes, porque se emplean en dosis mínimas.
El asalto internacional: Laoganma, adjika y sésamo
El tramo más exótico lo ocupan las salsas de importación. La
Laoganma china, una pasta de aceite de chile y soja fermentada, se recomienda para fideos. La
adjika del Cáucaso, a base de pimiento, ajo, tomate y especias, se localiza en tiendas de productos eslavos. La salsa de sésamo japonesa se describe como pura droga para ensaladas, y la hoisin —la del pato pekinés— da para montar un plato entero con baos congelados y panceta.
Para el pescado y el pollo, la teriyaki se cuela entre las favoritas. El truco casero que se comparte: soja, un chorro del alcohol que haya a mano y anís estrellado producen un resultado casi idéntico. El desglose de esa receta, con cantidades, es uno de los detalles que más se consultan.
Cuánta azúcar lleva una salsa de supermercado
Aquí llega la letra pequeña, y no es menor. Una salsa declarada aporta
8,8 gramos de azúcar por cada 100, y otra,
2,3. La diferencia importa porque estas salsas no se usan a gotas, sino a cucharadas, y el cálculo pasa por multiplicar esos valores por lo que uno se echa encima del plato.
Hay productos donde la proporción asusta. El chimichurri de una conocida cadena de supermercados se describe como
90% jarabe de glucosa con algo de hierbas y condimentos, y la agridulce no sale mejor parada. Frente a eso, el argumento de siempre: las picantes se dosifican en cantidades mínimas, así que su impacto nutricional es residual.
El inventario queda abierto en un punto que nadie cierra. Por un lado, la comodidad del bote y la constancia del sabor industrial; por otro, la sospecha de que casi todo se puede hacer en casa con mejores ingredientes y menos azúcar. La conversación lleva más de cuatro años y sigue sin árbitro.