Barcelona se acostumbra a los disparos: la violencia armada se extiende
Pasaba poco de la madrugada cuando un grupo de encapuchados abrió fuego contra varios jóvenes en los bloques de La Florida, en L'Hospitalet. El herido cayó en la pierna; los autores huyeron sin ser identificados. No fue un suceso aislado, sino una estación más en la cadena de tiroteos que entre junio y julio de 2024 convirtió Barcelona y su área metropolitana en algo más que un titular: en un escenario de violencia armada que muchos ya llaman normalización.
El símil con Ciudad Juárez puede parecer exagerado: las tasas de homicidio no son comparables. Pero lo que se estaba normalizando no era la estadística, sino el sonido ambiente: disparos en polígonos, vendettas entre clanes, un adolescente de 15 años tiroteado en un parque de Sant Andreu y la policía encontrando proyectiles antiaéreos en un piso del Eixample. Cuando el ruido de fondo deja de sorprender, la excepción se convierte en rutina.
Una cadena de tiroteos que ya no cabe en la sección local
Los partes se suceden en pocas semanas. En Sant Adrià de Besòs, un policía fuera de servicio tuvo que encañonar a dos hombres armados que hacían tiros. En Terrassa, dispararon de madrugada contra un local de cachimbas con un arma de guerra. En Badalona, una pelea entre bandas acabó con cuatro heridos, dos por arma de fuego. En L'Hospitalet, los mossos localizaron impactos de bala en un edificio tras otro tiroteo nocturno.
El detalle geográfico es importante. La violencia armada ya no se limita a los barrios donde se trapichea. Aunque La Florida, La Mina o Nou Barris concentran la mayor parte de los incidentes, los atestados también incluyen Sarrià-Sant Gervasi, un tiroteo junto a la Diagonal y un disparo en un polígono de Blanes. La antigua división entre centro y periferia se ha difuminado; ahora todo cabe en el mismo titular.
Narcotráfico, rearme y ajustes de cuentas
La explicación que más recorrido tiene apunta al narcotráfico. Catalunya se había convertido en puerta de entrada de droga hacia Europa y las investigaciones por narcotráfico se multiplicaban. Los clanes, a la vez, se rearmaban: más asaltos, más vendettas y un tiroteo en una barbería de Cornellà que según los investigadores resolvió el asesinato de un hombre en Madrid.
El rearme no es solo una impresión. Durante el vaciado de un piso en el Eixample, los mossos encontraron tres proyectiles antiaéreos. Y en Terrassa, el arma usada contra un local de cachimbas fue calificada como arma de guerra. Hay quien sostiene que se trata de episodios localizados en el negocio del trapicheo; otros responden con ironía que si las armas son ilegales, los malos no deberían conseguirlas. La ironía, sin embargo, no explica los casquillos.
De Puñalin a la Estocolmo del Mediterráneo
Pocos gestos retratan mejor la época que el humor negro de la conversación pública. El término Puñalin, nacido para burlarse de la frecuencia de apuñalamientos, se quedó viejo: ahora alguien pregunta si ha pasado de moda y la respuesta es que se ha hecho mayor. En paralelo, la etiqueta Barselona dejó de ser un chiste para convertirse en un marcador de ansiedad urbana.
La comparación con otras ciudades europeas tampoco juega a favor del excepcionalismo. Suecia vive su propia ola de violencia con adolescentes usados como sicarios, y Bélgica llegó a plantear el despliegue del Ejército en las calles de Bruselas para combatir el narcotráfico. El problema no es exclusivamente español; la diferencia es que aquí todavía se discute si el problema existe.
El dato que descoloca no es el tiroteo de turno, sino el inventario. Durante el vaciado de un piso en pleno Eixample, la policía encontró tres proyectiles antiaéreos. No había ninguna guerra en Barcelona; el arsenal estaba en un domicilio. La pregunta queda en el aire: cuántos pisos como ese quedarán por vaciar.