El 98: ¿derrota militar o negocio de unos pocos?
Hubo un tiempo en que la derrota del 98 se explicaba con dos palabras:
no se podía. Estados Unidos tenía más de 70 millones de habitantes y una capacidad industrial brutal; España apenas 18 millones y sin industria. Fin del debate. Ese relato lleva más de un siglo funcionando como una losa y ahora hay quien lo está levantando con papeles, diarios y mapas. La tesis que circula es incómoda: no fue solo una derrota militar, fue un
arreglo entre oligarcas con comisiones, sobornos y mandos que miraron para otro lado. La pregunta ya no es si se perdió, sino si se hizo todo lo posible por ganar.
Qué se está destapando sobre la guerra del 98
El núcleo del asunto está en los papeles. Hay quien sostiene que desde el día siguiente al final de la guerra ya circulaban especulaciones sobre una contienda perdida lo más rápido posible para ahorrar sangre y dinero. La hipótesis fuerte no es que España no pudiera ganar, sino que
algunos no querían ganarla. El argumento: España contaba aún con poderío militar para haber rechazado el embate, y lo que faltaba era dirigentes apegados a España más que al billete.
Los documentos que se citan apuntan a una oferta estadounidense para comprar Cuba, con una comisión correspondiente al gobierno de entonces. El soborno no fue aceptado,
oficialmente. Ese «oficialmente» es el que sostiene toda la sospecha. Y en paralelo aparece el diario del Ministro de la Marina Española de 1898, que según los extractos que se manejan pinta un cuadro bastante feo para ciertas autoridades y cargos, más que contra la capacidad de la marina de guerra.
La flota, el carbón y el bloqueo: los datos frente al relato
Aquí es donde el debate se pone técnico y se rompen los tópicos por los dos lados. El relato clásico dice que faltaba carbón. La respuesta es que el carbón cubano era peor y que el inglés de calidad estaba disponible. El problema no era el combustible, era la organización para carbonear en alta mar. El ejemplo que se pone es el del crucero alemán Emden en la Primera Guerra Mundial: su principal preocupación como corsario era capturar carbón y el tiempo que le llevaba carbonear. Multiplíquese por varios cruceros operando por el Atlántico.
Sobre los barcos, el mito de la paridad se cae con un vistazo a los cañones. Los buques españoles montaban piezas de calidad inferior; los estadounidenses tenían cañones de tiro rápido. Ellos tenían acorazados; España, uno, el
Pelayo, ya desfasado. La única opción realista era causar daños y aguantar, no ganar. Pero incluso eso se habría podido hacer mejor: no salir de noche, autobloquearse en puerto, dejar desguarnecido el sector de costa por donde iban a desembarcar los estadounidenses. Son decisiones, no fatalidades.
El Caney, el 20% de las fuerzas y las mentiras por omisión
En tierra los datos son aún más incómodos. Los pocos combates demostraron que los estadounidenses sudarían sangre para vencer. La batalla de
El Caney es el ejemplo que se repite. En Santiago, la batalla terrestre decisiva se libró utilizando solo el 20% de las fuerzas disponibles. Un caso único en la historia del esperpento militar, según el análisis que circula.
Y luego está Puerto Rico. No hubo insurrección y la población era partidaria de seguir en España. Aun así, se vendió. Eso no se explica con la correlación de fuerzas; se explica con la mesa de negociación. El detalle del impacto español en el
USS Texas durante la batalla de Santiago —un proyectil que penetró hasta la cocina con un solo muerto estadounidense en toda la batalla— sirve para discutir la efectividad real del fuego español y la protección de los acorazados, cuya ciudadela blindada va de la torre de proa a la de popa.
La advertencia británica y el contexto internacional
Ningún análisis serio puede ignorar el tablero exterior. El Reino Unido advirtió muy claramente a España que no toleraría una guerra en el Atlántico. Atados de pies y manos. Los estadounidenses declararon la guerra con el beneplácito inglés, la aquiescencia francesa y el pasotismo del resto de potencias. El único que se posicionó ligeramente a favor de España fue el Imperio Alemán, por sus propios intereses.
Eso no convierte la derrota en un pacto, pero sí explica por qué la flota no pudo operar con libertad. La pregunta que queda abierta es si esa restricción era inevitable o si alguien la usó como coartada. La conferencia del militar y escritor Pablo Victoria, fallecido recientemente, es una de las piezas que se han citado como referencia de este revisionismo, junto a libros sobre documentos inéditos y hasta una ucronía que plantea cómo se podría haber ganado.
Por qué importa hoy
El eco contemporáneo es explícito en el material: hay quien compara la situación con la de Ceuta, Melilla y Canarias, y quien sostiene que lo que se está destapando son las mentiras contadas durante 120 años. La discusión tiene dos bandos claros. Unos ven un contubernio y una guerra simulada; otros ven una potencia inferior aplastada por otra superior y un relato que se agarró a la conspiración para no asumir la mediocridad. Lo que no está en discusión es que la documentación desclasificada y los diarios de la época están cambiando la conversación.
Con estos mimbres, es previsible que el revisionismo del 98 siga creciendo y que aparezcan más papeles. Pero conviene no confundir la crítica legítima a un relato oficial con la certeza de un pacto. La diferencia entre una hipótesis bien documentada y una conspirocracia es exactamente esa: los papeles.