Se derrumba parte de una torre del Castillo de Escalona y el relato se agrieta
¿Qué se cae exactamente cuando se cae una torre? En Escalona (Toledo), parte de una de las torres del castillo se vino abajo y el asunto, que en principio es una noticia de patrimonio, se convirtió en otra cosa: en un plebiscito sobre el estado del país. El desplome, recogido por medios nacionales, dejó una imagen que muchos leyeron como símbolo: piedras viejas cayendo mientras quien graba es, según el relato que circula, alguien de fuera. A partir de ahí, el desmoronamiento dejó de ser del castillo.
Un castillo histórico y una factura pendiente
El Castillo de Escalona es un edificio histórico de titularidad privada durante siglos que pasó a manos municipales, según se sostiene en la discusión, y que arrastraba un problema de conservación conocido. En el lugar nació el infante Don Juan Manuel, autor de
El Conde Lucanor, un detalle que varios mensajes rescatan para subrayar la categoría del inmueble. El Ayuntamiento, gobernado por el PSOE, compró el castillo y, según la crítica que recorre el hilo, no comprobó su estado real antes de hacerse cargo. La versión municipal que se cita apunta a las lluvias como causa del derrumbe. No hay, en el material disponible, un informe técnico que cierre el asunto.
La coincidencia de siglas institucionales —Gobierno central, comunidad autónoma y consistorio— aparece una y otra vez como prueba de que
nadie va a pagar el coste político de que un Bien de Interés Cultural se caiga a trozos. El argumento se repite con variantes: los impuestos financian educación, sanidad, carreteras y patrimonio, pero el patrimonio se cae igual.
La metáfora del país que se desmorona
El desplome funcionó como detonante retórico. Una corriente del análisis lo leyó como imagen del declive: un país viejo, sostenido por estructuras que aguantaron siglos, que se resquebraja mientras los testigos son, según esta lectura, personas llegadas de fuera. Quevedo aparece citado con su soneto a los muros de la patria, lo que da la medida del tono: esto no es una noticia de urbanismo, es una elegía.
Enfrente, otra parte del análisis rebaja el dramatismo: cualquier país europeo con siglos de piedra encima tiene goteras, y comparar un derrumbe puntual con el fin de una nación es un vicio retórico. La discusión deriva hacia el
gasto público, hacia la clase política en bloque —se mencionan puertas giratorias, chiringuitos y cargos— y hacia la sensación de que el mantenimiento se paga pero no se ejecuta.
¿Por qué se derrumbó parte de la torre del castillo de Escalona?
La explicación oficial que se recoge en la conversación atribuye el colapso a las lluvias. Frente a esa versión, se sostiene que el deterioro era previo y conocido, y que la compra municipal del inmueble no vino acompañada de una evaluación estructural seria. No hay en el material un dictamen técnico que determine la causa exacta, así que la discrepancia queda abierta: causa natural sobrevenida o falta de mantenimiento acumulada.
El puente de La Garriga y la comparación que nadie pidió
El asunto se amplió cuando se trajo a colación otro desplome: el de un puente de Rodalies en La Garriga (Barcelona) en el que ADIF estaba haciendo obras. La comparación sirvió para dos cosas opuestas. Unos la usaron para demostrar que esto pasa en todas partes y con todas las administraciones. Otros, para señalar que el patrón es el mismo: infraestructura pública, mantenimiento escaso, resultado trágico. En ese punto se menciona también el caso de los seis jóvenes fallecidos en un puente de Santander, con la crítica de que el mantenimiento de esas estructuras cuesta menos que lo que se gasta en otras partidas.
La grieta que no sale en el telediario
El hilo deja una pregunta incómoda: si el castillo llevaba años con problemas y el Ayuntamiento lo compró igualmente, ¿quién firmó la compra y con qué informes? Los detalles del expediente, las cifras de la operación y el estado real del inmueble antes del derrumbe no están en el material, y ahí es donde el asunto se vuelve interesante de verdad. Lo que sí está es la sensación de que el mantenimiento del patrimonio es la partida que siempre se recorta y la que siempre aparece en la foto cuando se cae.
Al final, la torre cayó y el país, según algunos, también. Otros dicen que solo se mojó la piedra.