Subir el SMI por decreto no crea empleo: lo paga el margen o el cliente
¿De verdad basta con subir el salario mínimo para que aparezcan puestos de trabajo? La tesis circula con fuerza: más sueldo en el bolsillo, más consumo, más ventas, más contrataciones. El problema es que el circuito tiene un eslabón que nadie quiere mirar, el del empresario que paga la nómina antes de que el trabajador llegue a la caja. Si su margen no da, la subida sale de algún sitio: del precio, del empleo o del cierre.
El ejemplo del chiringuito lo resume sin adornos. Un bar vende cervezas a 2 euros, paga 10 euros al día a quien las sirve y le quedan 5 limpios. Llega la norma y el mínimo sube a 15. El dueño tiene tres salidas: subir la cerveza a 2,50 y arriesgarse a vender menos, comerse 5 euros de pérdida diaria o quedarse solo detrás de la barra. La cuarta opción, contratar más gente, no aparece en ninguna quiniela.
¿Por qué subir el SMI no genera empleo por sí solo?
Lo que genera empleo es
demanda solvente: clientes con dinero dispuestos a pagar un precio que cubra costes y deje margen. Sin esa demanda, el empleo que se destruye es el marginal, el de los jóvenes, los poco cualificados y las plantillas pequeñas. La subida del salario mínimo no crea el cliente, solo encarece el factor trabajo.
Hay quien sostiene que el dinero extra va directo al consumo y vuelve a las empresas en forma de más pedidos. El matiz es que ese sobrecoste nace en el balance del empresario de aquí, y ahí ya es
inflación de costes, se gaste después en la tienda de la esquina o en una web asiática. Que el gasto final acabe importado solo cambia la balanza comercial, no borra el primer efecto.
El caso Mitterrand: subir sueldos con déficit y moneda propia
El precedente francés de 1981 se cita como vacuna. El programa incluía subida masiva del SMIC, jornada de 39 horas, aumento de prestaciones, nacionalizaciones y política fiscal expansiva. La teoría era inyectar poder adquisitivo para reactivar la demanda interna. El resultado fue el contrario: la factura se pagó en inflación, déficit exterior y presión sobre el franco, con el país obligado a dar marcha atrás.
La diferencia con China es la jaula. El yuan no es moneda de reserva convertible y el capital no sale fácil. Allí se imprime para financiar la maquinaria exportadora y la deuda estatal, con controles de precios, subsidios y un mercado cerrado. Aquí, con el euro, ese margen no existe: si el BCE financia déficits a lo loco, el ajuste llega por otro lado.
¿Qué pasa cuando las ayudas suben más que el salario mínimo?
La otra cara de la moneda es la prestación. Se apunta que ha habido ejercicios en los que el ingreso mínimo subió más que el propio SMI, con un año en torno al 15%. El efecto combinado es una trampa: si trabajar deja casi lo mismo que no trabajar, la incorporación al empleo se enfría. El incentivo se rompe por los dos extremos, el del que contrata y el del que cobra.
El autónomo no sube precios cuando quiere, sube cuando la luz, el alquiler, los materiales y la mano de obra se lo comen. El pacto de rentas queda como brindis de salón. En el mundo real, quien presta un servicio o vende un café traslada el coste o echa la persiana, y las estadísticas de altas y bajas en la Seguridad Social lo reflejan mejor que cualquier discurso.
Con estos mimbres, la conclusión se escribe sola: el SMI no crea empleo, lo encarece. A menos que alguien encuentre la fórmula para decretar también a los clientes.