Zelenski negociará primero con Trump, luego con la UE y al final con Rusia
El presidente ucraniano ha reclamado una entrada parcial en la OTAN mientras 8,5 millones de ucranianos se encuentran en el extranjero y millones viven en territorios ocupados por Rusia. La noticia, publicada por
noticiasdenavarra.com, ha reavivado un asunto que lleva 636 días de discusión: la guerra de Ucrania entra en una fase en la que Kiev ya no dicta los tiempos. Quien marque el calendario será Washington, después Bruselas y, solo al final, Moscú. La secuencia no es casual: refleja quién paga, quién sostiene y quién decide.
Qué significa una entrada parcial en la OTAN
La expresión «entrada parcial» ha sido el detonante de la mayoría de las réplicas. No existe una adhesión a medias: o se está dentro del paraguas del artículo 5 o se está fuera. Hay quien sostiene que la fórmula es un eufemismo para vender como concesión lo que en realidad es una rendición encubierta, y quien apunta que ni siquiera eso basta ya para Moscú. El argumento ruso, repetido hasta la saciedad, es que Ucrania no debe entrar en la OTAN ni ahora, ni en 2020, ni dentro de veinte años. Esa línea se presenta como innegociable.
El problema es que Ucrania ya no negocia desde la posición de febrero de 2022. Entonces se habló de neutralidad a cambio de paz; ahora el punto de partida es otro.
8,5 millones de ucranianos están en el extranjero y millones viven bajo control ruso. Cualquier acuerdo que se firme partirá de ese suelo, no del que existía antes de la invasión.
El grifo que se cierra el 20 de enero
La llegada de Trump a la Casa Blanca ha cambiado la ecuación. Hay quien lo resume sin paños calientes: el día 20 se cierra el grifo y Ucrania tendrá que izar la bandera blanca. La frase, repetida con distintas variantes, apunta a un hecho simple: sin dinero estadounidense, la resistencia ucraniana no se sostiene. Y ese dinero ya no está garantizado.
La UE, por su parte, no aparece como salvavidas. Los cálculos que circulan en el debate son pesimistas: si con el apoyo conjunto de Occidente no se ha logrado derrotar a Rusia, pretender que Bruselas sola lo haga es una fantasía. Más aún cuando Alemania tiene sus propios problemas: fábricas de Volkswagen cerrando, precios de la electricidad disparados y una industria que ya no compite como antes. El rescate de Ucrania tendría que salir del mismo bolsillo que el rescate de la industria alemana, y ese bolsillo tiene fondo.
La factura de la reconstrucción: 486.000 millones
Uno de los datos más repetidos es la cifra de reconstrucción:
486.000 millones de dólares, calculados hasta mediados del año pasado. La pregunta que nadie responde con claridad es quién paga eso. Las constructoras que quieran participar necesitan certeza de cobro, y esa certeza no existe. El precedente que se cita es el de los camiones marroquíes enviados a Valencia para desatascar alcantarillas tras la dana: solidaridad puntual, no un plan industrial. En Ucrania no se va a ver nada parecido.
La deuda contraída por Kiev es otro frente abierto. Hay quien sostiene que una parte de la negociación con Trump no irá de territorios ni de OTAN, sino de cómo se paga lo que ya se debe. Una deuda robusta y jugosa, dicen, que alguien tendrá que refinanciar.
El coste humano que nadie quiere mirar
La discusión deriva, en varios momentos, hacia el balance de muertos. Decenas o cientos de miles de hombres jóvenes, según las estimaciones que se manejan, para qué. La pregunta queda flotando sin respuesta. También se apunta que la población civil de ambos países ha aceptado la situación con una calma que sorprende, sobre todo en Ucrania, donde no hay levas obligatorias como en Rusia pero sí una presión constante sobre los hombres en edad militar.
El paralelismo con la crisis de los misiles de Cuba aparece en más de una intervención: potencias que juegan en tableros ajenos, poblaciones que pagan las consecuencias. Ucrania, se argumenta, es un peón en un tablero mucho más grande, y los cómplices se han forrado mientras los muertos y mutilados no le importan a nadie.
Qué pasa con Zelenski y su legitimidad
Rusia ya ha dicho que no negocia con Zelenski porque considera que su mandato acabó. Es un argumento que se repite en el debate: se le presenta como un okupa del gobierno ucraniano, sin legitimidad para firmar nada. Si esa posición se mantiene, cualquier acuerdo tendría que pasar por un interlocutor distinto, lo que complica aún más el calendario.
La secuencia que plantea la noticia —Trump, UE, Rusia— deja a Zelenski en una posición incómoda. Negocia primero con quien paga, luego con quien sostiene y solo al final con quien dispara. El orden dice mucho de quién manda realmente en cada fase.
El escenario que nadie descarta
No hay consenso sobre cómo termina esto. Hay quien cree que se cerrará con un acuerdo más o menos rápido, quien apunta a una falsa bandera que justifique una entrada directa de la OTAN y quien sostiene que el conflicto se alargará años con frentes congelados. La única certeza que se repite es que Ucrania no decide su propio destino. Como España o cualquier otro país de la UE, se dice, es soberana en el papel y en la práctica hace lo que le marcan.
La cifra que descoloca es la de los 8,5 millones de desplazados. Con ese éxodo, cualquier reconstrucción tiene un problema previo: no hay a quién reconstruirle el país. ¿Vuelven, o se quedan donde están?