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A continuación, el Evangelio de…
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Jesús demuestra un conocimiento íntimo de Natanael, revelando que lo vio bajo la higuera antes de que se conocieran, lo que lleva a Natanael a reconocerlo como el Hijo de Dios y Rey de Israel.
El Evangelio de hoy, martes 29 de septiembre, nos presenta un encuentro que va más allá de lo superficial. Jesús, al ver que se acercaba Natanael, pronuncia unas palabras que rompen con lo ordinario: "Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño". Esta afirmación, cargada de significado, no es casual. Natanael, sorprendido por tal conocimiento, pregunta: "¿De qué me conoces?". La respuesta de Jesús es aún más reveladora: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi".
Esta escena, que se narra en el Evangelio según san Juan (1,47-51), pone de manifiesto una cualidad fundamental de Jesús: su capacidad para conocer la interioridad y las circunstancias de las personas, incluso aquellas que permanecen ocultas a los ojos humanos. La higuera, en la tradición judía, a menudo se asociaba con la meditación y la oración privada. Estar "debajo de la higuera" implicaba un momento de recogimiento, de diálogo íntimo con Dios. Jesús no solo ve a Natanael, sino que conoce el contexto de su soledad y su búsqueda espiritual.
La reacción de Natanael es inmediata y profunda. Su asombro se transforma en fe: "Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". No es una simple creencia superficial, sino el reconocimiento de una autoridad divina. Jesús, lejos de desestimar su fe, la valida y la amplía, prometiendo visiones aún mayores: "Has de ver cosas mayores". La promesa culmina con una imagen poderosa, extraída de la visión del profeta Daniel: "Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre".
La lectura de la profecía de Daniel (7,9-10.13-14) que acompaña al evangelio de hoy nos ofrece un marco cósmico para esta revelación. Daniel describe una visión de un "anciano" sentado en un trono de fuego, ante el cual miles y millones le servían. La sesión se abre y se examinan los libros. Luego, aparece una figura descrita como "hijo de hombre", a quien se le otorga "poder, honor y reino". Este poder es eterno, su reino no acabará.
Esta visión apocalíptica, que habla de un juicio divino y de un reinado que trasciende el tiempo y la historia humana, resuena con la afirmación de Jesús sobre los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. Se nos presenta un universo donde lo terrenal y lo celestial están intrínsecamente conectados, y donde el poder de Dios se manifiesta a través de su Hijo. La imagen de los ángeles en movimiento sugiere una actividad constante, un puente entre lo divino y lo humano, facilitado por la figura del "Hijo del hombre".
El salmo responsorial de hoy, el Salmo 137, refuerza esta conexión entre la gratitud humana y la acción divina. El salmista proclama: "Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor". Esta declaración de alabanza ante la corte celestial subraya la magnitud de la misericordia y la lealtad de Dios. El salmista da gracias porque, al invocar a Dios, fue escuchado y fortalecido. La invitación a que "canten los caminos del Señor" porque "la gloria del Señor es grande" nos llama a reconocer la magnificencia de la acción divina en nuestras vidas y en el mundo.
La reflexión sobre este pasaje evangélico nos invita a considerar la naturaleza de nuestra propia relación con lo divino. La sorpresa de Natanael ante el conocimiento de Jesús es un espejo de nuestra propia experiencia cuando sentimos que Dios nos conoce en lo más profundo. La higuera, como lugar de retiro y oración, nos recuerda la importancia de los espacios de silencio y recogimiento para poder escuchar la voz de Dios.
La distinción entre "rezar" y "orar" se vuelve crucial. Mientras que rezar puede implicar la recitación de fórmulas aprendidas, orar, según la etimología griega que se menciona, implica ver, mirar, contemplar y dialogar con el corazón abierto. Es un proceso de escucha activa, donde el silencio puede ser tan elocuente como las palabras. Cuando oramos de verdad, nos desnudamos ante Dios, permitiendo que su conocimiento de nosotros nos transforme y nos impulse a reconocer su presencia en nuestras vidas, tal como lo hizo Natanael.
La promesa de ver el "cielo abierto" y a los ángeles en movimiento sugiere una apertura a lo trascendente, una percepción de la realidad que va más allá de lo meramente material. Es la invitación a vivir con la conciencia de que estamos inmersos en un plan divino, donde lo celestial interviene en lo terrenal. La fe, como la de Natanael, nos permite vislumbrar esta realidad y responder con gratitud y reconocimiento.
La figura del "Hijo del hombre" como eje central de esta conexión entre cielo y tierra es fundamental. Él es el puente, el lugar donde lo divino y lo humano se encuentran de manera única. Reconocerlo como el Hijo de Dios y Rey de Israel es abrirse a la magnitud de su misión y a la promesa de un reino que no tiene fin. Es un llamado a servirle, no a servirnos de Él, como se señala en la reflexión sobre la lectura de Daniel, reconociendo la grandeza de su poder eterno.
A continuación, el Evangelio de…