La viña de Nabot: la primera lección de propiedad frente al abuso de poder
El pasaje del primer libro de los Reyes que se lee hoy en la liturgia católica narra el pulso entre Nabot, un labrador de Yezrael, y el rey Ajab de Samaria. Ajab quiere la viña de Nabot, lindante con su palacio, para convertirla en huerto. Ofrece una viña mejor o dinero. La respuesta de Nabot es firme: “Dios me libre de cederte la herencia de mis padres”.
El rey se abate, se niega a comer. Su mujer Jezabel toma cartas en el asunto: urde una trama que acusa falsamente a Nabot de blasfemia y lo apedrean. La viña pasa a manos reales. Pero el relato no acaba ahí: Elías profetiza el castigo divino.
Esta historia, más allá de su carácter religioso, contiene una de las defensas más antiguas del derecho de propiedad frente al poder arbitrario. Nabot no es un terrateniente explotador: es un campesino que se aferra a su heredad familiar. Ajab, en cambio, encarna la codicia del Estado que no admite un "no" por respuesta.
La lectura de hoy, lunes 15 de junio, invita a reflexionar sobre los límites del poder y la resistencia civil. Con la crisis de vivienda actual, el eco de Nabot resuena: la propiedad privada sigue siendo un escudo frente a la expropiación injusta. El dato que descoloca es que, pese a la condena divina, la viña fue expropiada. La justicia terrenal no siempre llega.