Religión: Santo evangelio de hoy. Sábado, 3 de octubre, "Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo" *********************************Sto.Rosario a las 22.00

Santo evangelio de hoy. Sábado, 3 de octubre, "Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo" *********************************Sto.Rosario a las 22.00
RESUMEN

Las lecturas del sábado 3 de octubre cierran el libro de Job con su restauración material y espiritual, y presentan a los 72 discípulos volviendo de la misión. La alegría cristiana no está en someter espíritus, sino en tener el nombre inscrito en el cielo.

El sábado 3 de octubre la liturgia cierra el libro de Job con su restauración y presenta el regreso de los 72 discípulos en el Evangelio de Lucas. El texto de Job 42,12-17 detalla que Job recuperó 14.000 ovejas, 6.000 camellos, 1.000 yuntas de bueyes y 1.000 borricas, y vivió 140 años más. También tuvo siete hijos y tres hijas: Paloma, Acacia y Azabache.

El final de Job: de la ceniza a la herencia

El libro de Job termina con un giro que pocos esperan. Después de perderlo todo —ganado, hijos, salud— Job recupera el doble. Los nombres de las hijas no son casuales. Paloma evoca la paz; Acacia, la madera incorruptible; Azabache, la piedra preciosa. Las hijas heredan junto a sus hermanos, algo fuera de lo común en su contexto. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job, dice el texto.

Antes de esta restauración, el libro ha atravesado uno de los pasajes más duros de la Biblia. Job es un hombre justo, íntegro, que teme a Dios y evita el mal. Y sin embargo, pierde sus bienes, sus hijos y su salud. Sus amigos le dicen que está pagando por algún pecado oculto. Job protesta. Clama. Discute con Dios. No acepta la teología fácil que le ofrecen.

Cuando Dios finalmente responde, no le da una explicación. Le hace preguntas. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Job se queda sin palabras. Y en ese silencio llega la rendición: «Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible». Admite que habló de cosas que ignoraba, de maravillas que superan su comprensión. «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos». Por eso se retracta y se arrepiente, echado en el polvo y la ceniza.

Job no recibe una explicación de su sufrimiento. Recibe una presencia. No se le resuelve el problema del mal; se le da algo mejor: la experiencia de un Dios que camina con él. Después de esa experiencia, viene la restauración. Job muere anciano y colmado de días. La bendición final es mayor que la inicial, como si el sufrimiento hubiera abierto un espacio que antes no existía.

Los 72 vuelven con alegría

El Evangelio de Lucas 10,17-24 recoge el regreso de los 72 discípulos que Jesús había enviado en misión. Vuelven entusiasmados: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Han predicado, han curado, han expulsado demonios. La misión ha dado resultados visibles. Jesús responde con una imagen poderosa: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo». Les da poder para pisotear serpientes y escorpiones, para vencer todo poder del enemigo. Nada les hará daño.

Pero hay una corrección. «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». Los discípulos se impresionan por los resultados, por el poder. Jesús les señala algo más estable: la identidad, la pertenencia. Los nombres inscritos en el cielo no dependen del rendimiento; dependen de ser conocidos. Es un cambio de eje: del hacer al ser, del éxito a la filiación.

En aquella hora, Jesús se llena de alegría en el Espíritu Santo y dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños». Es un tema recurrente en Lucas: los pequeños, los sencillos, los que no tienen estatus son los que reciben la revelación. No los expertos. No los que se creen sabios. Los pequeños. Es una lógica que incomoda, porque invierte los criterios habituales.

Añade una bienaventuranza: «Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron». Los discípulos, gente corriente, están viendo lo que generaciones de profetas y reyes desearon ver. No porque sean mejores, sino porque están ahí, en el momento adecuado, abiertos a lo que se les da.

La reflexión de Fray Juan Manuel Martínez Corral

Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P., del Convento de Santo Domingo en Caleruega, firma la reflexión escrita. Se detiene en el recorrido espiritual de Job. No es solo la pérdida de bienes materiales o la enfermedad; es la noche oscura del alma. Job lucha entre la fe y el sinsentido, entre buscar a Dios y no encontrar respuesta al problema del sufrimiento del justo. No obtiene una teoría; obtiene una experiencia: «Ahora te han visto mis ojos».

Fray Juan Manuel conecta esto con Simeón, el anciano que espera la liberación de Israel y reconoce al Salvador en el niño Jesús. No se trata de la idea que nos hacemos de Dios, sino de la experiencia de un Dios que hace camino contigo, que te sostiene, para quien nada es imposible. La fe no es un conjunto de conceptos; es una relación que se prueba en el barro.

Sobre el Evangelio, el dominico subraya que los discípulos vuelven de una campaña evangelizadora con satisfacciones. La predicación libera a las personas del mal. Jesús aprovecha para exponer los fundamentos del Reino. Con la resurrección de Cristo se ha vencido el pecado y la fuerza del mal. Jesús da gracias al Padre porque hay un grupo pequeño abierto a la fe. Son gente sencilla que reconoce su limitación y la grandeza de Dios.

La reflexión no ignora las dificultades: dudas de fe, frustraciones en la evangelización, el miedo a hablar abiertamente de la fe por el qué dirán. Frente a eso, la alegría del abandono en la Providencia. La alegría de dejar a Jesús actuar y sorprenderse con detalles pequeños que tocan el corazón. La alegría de ver que el Espíritu Santo lleva adelante la misión de la Iglesia. El amor de la Trinidad se derrama a manos llenas en quienes siguen adelante con el proyecto del Reino. El amor tiene más fuerza que la oscuridad del pecado.

Cita a San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». También hay comentarios en vídeo del padre Pedro Brassesco, disponibles en YouTube.

La alegría de estar inscrito

El hilo que une las lecturas es la alegría. En Job, la alegría llega después del sufrimiento, en la restauración. En el Evangelio, la alegría viene de otro lugar: no del éxito, sino de saberse conocido. Los nombres de los discípulos están inscritos en el cielo. Esa es la buena noticia. No que los demonios se sometan, sino que Dios te conoce por tu nombre.

El salmo del día es el 118 (o 119 según la numeración): «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo». La respuesta es una súplica de luz y guía. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento, porque me fío de tus mandatos. Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus decretos. Es el salmo del siervo que ha aprendido a través del dolor. Reconoce que los mandamientos son justos, que con razón fue humillado. Y pide inteligencia para conocer los preceptos. La explicación de las palabras de Dios ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

La jornada incluye un Rosario a las 22:00, lo que indica una comunidad con vida devocional. Las lecturas del sábado 3

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