El SMI ya supera el 60% del salario medio en 42 provincias
La distancia entre el salario mínimo y el sueldo más frecuente se ha desplomado de 8.000 a poco más de 400 euros. Entre 2018 y 2023 el SMI subió un 26% en términos reales mientras el salario modal caía de casi 16.000 a menos de 14.000 euros. El resultado es un mercado laboral donde el suelo salarial empuja al alza y el techo se hunde: la brecha entre ambos pasó del 40% al 3%, según el último informe del Instituto Juan de Mariana.
El think tank liberal presidido por Manuel Llamas pone cifras a lo que muchos venían intuyendo en la nómina. En 42 de las 50 provincias españolas el SMI ya representa más del 60% del sueldo medio, y en 34 territorios supera el 75%. Ávila lidera la tabla con un 78,7%, seguida de Zamora (77,3%), Badajoz (75,8%), Murcia (75,7%) y Alicante (74,2%). En el lado opuesto, Madrid (52,3%), País Vasco (54%), Navarra (56%) y Cataluña (56,7%) son las únicas comunidades que mantienen cierta distancia entre el mínimo legal y la retribución media.
El peso del SMI sobre las pymes y el empleo
El informe, titulado
Igualitarismo salarial y empobrecimiento económico, va más allá del porcentaje bruto y mide el peso del SMI sobre el salario medio que pagan las pequeñas y medianas empresas. Ahí los números se vuelven asfixiantes: en Ávila el mínimo legal supone el 90,8% de lo que paga una pyme media, en Zamora el 89,1% y en Badajoz el 87,3%. Para una empresa de hostelería, limpieza o comercio en esas provincias, la capacidad de maniobra salarial es prácticamente nula.
El Banco de España, en tiempos de Pablo Hernández de Cos como gobernador, ya alertó de la destrucción de empleo asociada a estas subidas. El incremento del 22% aplicado en 2019 habría provocado la pérdida de hasta 174.000 puestos de trabajo, según las estimaciones recogidas. Al incorporar los años 2020 a 2023, el cálculo se eleva a unos 210.000 empleos destruidos, con una proyección de 270.000 para 2024. Cepyme, por su parte, sostiene que el aumento del SMI ha hecho que las compañías de menor tamaño generen 350.000 puestos menos.
¿Por qué el salario modal cae mientras el SMI sube?
La divergencia tiene una explicación incómoda. Cuando el suelo salarial sube por decreto, las empresas ajustan por arriba y por abajo: comprimen las horquillas, congelan complementos y tiran de contratación más precaria para compensar. El salario más frecuente —el que cobra la mayoría— baja porque los puestos intermedios se vacían o se reconvierten en empleos de menor cualificación y menor coste. No es que todos cobren menos: es que el centro de la distribución se desploma.
Hay quien sostiene que el SMI sigue siendo una miseria y que el problema real es que las empresas no reparten beneficios. Los datos de beneficios récord en algunos sectores alimentan ese argumento. En contra pesa el hecho de que el salario mínimo ya no es un suelo lejano: en la mayoría del país se ha convertido en el techo efectivo para una parte creciente de la población ocupada.
El impacto sobre la agricultura y el empleo doméstico
Los sectores más intensivos en mano de obra son los que primero acusan el golpe. Entre 2019 y 2023, por cada siete puestos generados en el resto del mercado, la agricultura aportó apenas un empleo nuevo. Desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa hasta mediados de 2024, el empleo doméstico se redujo en 20.000 personas y el número de agricultores que se fueron al paro rondó los 14.000, según las cifras manejadas.
La lógica es simple: cuando el coste laboral mínimo sube más rápido que la productividad del sector, el empleo que no puede absorber ese coste desaparece o se informaliza. En provincias como Ávila, Zamora o Badajoz, donde el SMI ya roza el 90% del salario que paga una pyme, el margen para contratar es casi inexistente.
La trampa del igualitarismo salarial
El informe del Instituto Juan de Mariana no se limita a constatar el aplanamiento. Su tesis es que las subidas masivas del SMI, combinadas con otras políticas redistributivas, no elevan el suelo de todos sino que igualan por abajo: comprimen la escala salarial hasta que la diferencia entre un ingeniero y un reponedor se vuelve anecdótica. La consecuencia es una pérdida de incentivos para la cualificación y una huida del talento hacia mercados donde la horquilla salarial sigue existiendo.
El debate no está cerrado. Los defensores del SMI alto argumentan que sin él los salarios más bajos serían aún más miserables. Los críticos responden que un mínimo que se come el 90% del salario de las pymes no protege a nadie: simplemente traslada el problema del bolsillo del trabajador al del empresario, y de ahí al precio final o al despido. Con estos diferenciales, la presión sobre la vivienda y el coste de vida no hace más que agravarse. Y la clase media, esa que nadie define pero todos invocan, sigue encogiendo.