Sánchez convoca elecciones generales para el 29 de noviembre
¿Se queda o se va? La duda se despejó en pocos minutos: Pedro Sánchez compareció a las 9:00 y anunció la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para el
29 de noviembre. Lo hizo, según el relato que él mismo construyó, por el bien de España. La reacción inmediata fue de sorpresa: buena parte del personal apostaba por que agotaría la legislatura, porque quedarse en el trono es lo que siempre ha hecho.
Qué dijo Sánchez y qué se esperaba que dijera
La expectativa dominante era otra. Se daba por hecho que saldría a anunciar una nueva ley de vivienda, a pedir a los partidos que se sumaran al «clamor popular» y a culpar a la oposición de tumbar sus decretos. El guion del trilero, resumido por quien anticipaba que diría que se queda «hasta agotar la legislatura para evitar que gobierne la extrema derecha». No ocurrió.
Lo que sí ocurrió fue un mitin. Sánchez habló de su gestión, del ático, y no mencionó Ceuta. Entre las perlas que dejó, una que se repite en las conversaciones: que
la renta per cápita de los españoles triplica la de franceses y alemanes. Así, con tres cojones. El dato no se sostiene por ningún lado, pero se dijo.
El 29 de noviembre y la sospecha del pucherazo
La fecha elegida, un domingo de puente, disparó todas las alarmas. ¿Por qué ese día y no otro? Hay quien sostiene que la clave está en el voto CERA y en los nacionalizados exprés, y que el censo hay que controlarlo de forma exhaustiva. El cálculo más optimista para el bloque oficialista asume que sí hay margen para rascar los últimos escaños en las circunscripciones seleccionadas; el escenario pesimista parte de que el PP y Vox rentabilizan el desgaste.
El argumento no es nuevo. En cada convocatoria reaparece la misma sospecha, y en esta ocasión el
ensayo —el mitin de por la mañana— se interpretó como un éxito que deja tiempo para preparar otro antes del verano. La operación Maricarmen, ya amortizada, quedaba atrás.
El cálculo electoral: cinco diputados de margen
Aquí está el meollo. Para que la izquierda revalide, necesita sacarle
cinco diputados al bloque de enfrente. Si se miran los resultados por provincia de las pasadas elecciones, el margen es escasísimo. No se ve de dónde van a salir. Si Sumar y Podemos concurren juntos, el objetivo se antoja casi imposible; si van separados, entonces PP y Vox tienen posibilidades reales.
La aritmética no admite trampas. Cada escaño cuenta y las provincias pequeñas deciden. Por eso el análisis más repetido es que esta convocatoria no es una huida hacia adelante, sino una apuesta calculada con el censo como variable oculta.
La oposición y el fantasma del PP azul
Del otro lado, la desconfianza es estructural. Una parte del electorado de derechas sostiene que el PP es «el PSOE azul», el cobarde de siempre, y que si gobierna con Vox no debe negociar nada: jueces a muerte con Zapatero, Begoña, Pedro, Leire y compañía, todos a la cárcel. Es la corriente que pide mano dura y no cree que Feijóo la ejecute.
Enfrente, el miedo contrario: que gane el PP y se coma el marrón de los recortes, la crisis y las guerras. Y en medio, la certeza de que, con esta oposición, el PSOE volverá a gobernar. Ya pasó en el 23.
Lo que se juega España el 29-N
El tablero queda así: una campaña que se anticipa salvaje, con las calles calientes, y un Gobierno que se presenta como el único dique frente a la extrema derecha. El resto son incógnitas. Si el pucherazo existe, se sabrá en el censo. Si no, se sabrá en las urnas. De momento, Sánchez ya ha dicho que está bien. Lo único que faltaba por saber era si había desayunado.