noticiesiprofecies
Será en Octubre
- Desde
- 21 Sep 2015
- Mensajes
- 26.446
- Fruta
- 64.713
Este mensaje y otros no están disponibles para visitantes. Regístrate para leerlo.
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Nota: This feature may not be available in some browsers.

Un sacerdote de la zona llegó al lugar del accidente ferroviario de Urda antes que las ambulancias y, ante la magnitud de la tragedia, impartió la absolución colectiva a todos los heridos en peligro de muerte. Después recorrió el campo sembrado de cuerpos rezando responsos mientras los bomberos sacaban cadáveres de los vagones.
Un sacerdote de la zona llegó al lugar del accidente ferroviario de Urda antes que las ambulancias y, ante la magnitud de la tragedia, impartió la absolución colectiva a todos los heridos en peligro de muerte. Después recorrió el campo sembrado de cuerpos rezando responsos mientras los bomberos sacaban cadáveres de los vagones.
Hay un momento en cualquier catástrofe en el que los servicios de emergencia todavía no han llegado y alguien tiene que estar. Ese momento, en el accidente ferroviario de Urda, lo vivió un párroco de la comarca que se enteró de casualidad, corrió hacia el lugar y aparcó su coche antes de que aparecieran las primeras ambulancias. Lo que encontró fue un campo de almendros con gente deambulando, otros tirados en el suelo, un vagón abierto como una lata de sardinas y cadáveres por todas partes. No había médicos todavía. Había él.
La absolución colectiva es una figura que la Iglesia católica contempla para situaciones en las que no es posible atender a cada moribundo individualmente. Consiste en perdonar los pecados a todas las personas presentes que estén en peligro de muerte, sin necesidad de confesión individual previa. El sacerdote lo explicó así: la Iglesia no solo lo permite, lo aconseja en circunstancias catastróficas. Él lo hizo en cuanto llegó, a gritos, en medio del descampado. Después se fue acercando a los que podía, les decía que era el cura, les preguntaba si necesitaban algo, rezaba por ellos. Algunos le apretaban la mano. Otros esbozaban una sonrisa. Otros levantaban las cejas. Son gestos pequeños que en medio de un desastre así adquieren un peso que no tienen en circunstancias normales.
El accidente ocurrió cuando un tren AVE que cubría el trayecto Sevilla-Madrid impactó contra un tren Iryo que estaba parado en la vía. La proa de la cabina del AVE, que tiene forma de cuña, se metió por la parte trasera del Iryo y atravesó el vagón entero. No un vagón a medias: lo atravesó hasta el segundo vagón. Eso reventó a todas las personas que iban dentro de esos coches, además de la máquina. El resultado fue un escenario que el sacerdote describió como dantesco, con miembros sueltos por el campo, cuerpos sin cabeza, piernas cortadas, vientres abiertos. La descripción es cruda porque la realidad lo era. No hay manera de suavizar eso sin faltar a la verdad.
Los bomberos tardaron en poder acceder a la zona. Cuando llegaron, echaron para atrás a todo el mundo para tener espacio con sus máquinas, cortar hierros y sacar lo que pudieran. Sacaron un montón de cadáveres. Muchísimos. El sacerdote contó más de 30 cadáveres solo en la parte del Iryo. Cuando se fue, sobre las dos de la madrugada, estaban llegando grúas grandes para levantar los vagones. Los equipos de rescate esperaban no encontrar a nadie con vida y sí encontrar más cuerpos debajo. Esa es la parte que no se cuenta en los titulares: el trabajo de los bomberos no era rescatar, era recuperar.
Los heridos más graves se trasladaron al hospital de Toledo, al de Alcázar de San Juan y al de Ciudad Real. En Urda se atendió sanitariamente a los accidentados y a las familias. En el pabellón deportivo de la localidad del sacerdote no llegó nadie, aunque se había previsto habilitarlo. Los servicios sanitarios se desplegaron en masa con ambulancias, mochilas, balas de oxígeno y todo tipo de equipos. Cuando el sacerdote llegó, prácticamente no había nada de eso. Él llegó antes. Lo dice sin vanagloria, como un dato: llegó antes que las ambulancias porque estaba a pocos metros del centro de salud cuando saltó la alarma.
El párroco insiste en una idea que repitió varias veces: él no podía hacer nada sacerdotalmente de ayuda individual a cada persona. No podía confesar a doscientos heridos uno por uno. No podía dar la unción a cada moribundo. Lo que podía hacer era estar. Y eso hizo. Se colocó dos botes de suero, uno en cada mano, y se quedó junto a dos personas que se estaban muriendo. Una de ellas falleció a sus pies. Mientras tanto, dos guardias civiles del pueblo lo agarraron entre ellos y le abrieron paso para cruzar la vía, porque no dejaban pasar a nadie. Cruzaron un terraplén alto con piedras resbaladizas. Al otro lado estaba el Iryo, el tren rojo, con los vagones destrozados y los cadáveres apilados.
Allí se limitó a rezar responsos conforme iban sacando los cuerpos. Llegó el arzobispo, llegó el vicario de la zona, llegaron los curas de las parroquias de alrededor. Todos hicieron lo mismo: rezar y acompañar. El sacerdote lo describe como una presencia que no es la suya, sino la de una realidad que va más allá de lo que tenemos delante de las narices. Un cura, dice, quiera o no quiera, siempre es como un dedo que señala al cielo. La frase tiene algo de oficio, de siglos de historia detrás. En medio de un campo de cadáveres, alguien tiene que señalar hacia arriba. No es consuelo barato. Es una función.
Los sanitarios, los bomberos y la Guardia Civil agradecían esa presencia. No porque el cura fuera alguien en particular, sino por lo que representaba. En una situación en la que todo es caos y muerte, la figura del sacerdote introduce un elemento que no es técnico ni operativo: es simbólico. Recuerda que hay algo más allá de lo que se ve. Para un creyente, eso es consuelo. Para un no creyente, puede ser simplemente humanidad. Alguien que no está allí para mover escombros ni para curar heridas, sino para acompañar a los que se mueren y a los que se quedan.
El sacerdote durmió esa noche como un ceporro. Primero porque acabó agotado. Segundo porque, según él, las cosas se colocan. No dice que lo tenga todo colocado. Dice que las imágenes que recuerda no son solo imágenes de tragedia y dolor. Son también imágenes de gratitud, de manos apretadas, de cejas levantadas. En el fondo del corazón humano, sostiene, hay una sed de trascendencia, de esperanza, de cielo. Y eso, dice, todavía no está suficientemente pervertido. El todavía lo dice con pena, como si temiera que algún día dejemos de reaccionar así.
La comparación que utiliza es la del parto. Una madre que da a luz siente dolor. El dolor es real y no se puede negar. Pero ese dolor está colocado en su sitio porque hay algo que lo trasciende: la maternidad, la vida que sale. Con el sufrimiento pasa algo parecido, dice. No se justifica. No se puede justificar. Pero se puede ofrecer. Y ofrecerlo le permite a él dormir, levantarse fresco, ir a la iglesia, rezar, celebrar la Eucaristía y preparar un funeral por todas las víctimas. La vida sigue adelante con lo que ha pasado. No como si no hubiera pasado nada. Con lo que ha pasado.
Hay una frase que repite y que resume su postura: aceptar y ofrecer. Aceptar y ofrecer. Aceptar y ofrecer. No es resignación. Es una manera de colocar el dolor en un sitio desde el que se puede vivir con él. Para un creyente, el sufrimiento unido al de Jesucristo encuentra sentido en la redención. Para un no creyente, la frase puede sonar a consuelo religioso. Pero el sacerdote no la impone: la ofrece. Él no puede ponerse en el sitio de cada persona. El sitio de cada persona es único, irrepetible, individual. Lo que sí puede hacer es ofrecer el sufrimiento por los que no lo ofrecen, entregarlo por los que no lo entregan. Esa es su tarea. Y eso, dice, le ayuda a dormir.
Cuando el sacerdote se fue, sobre las dos de la madrugada, ya estaban desalojando. Quedaban la Guardia Civil, los bomberos, los sanitarios y Protección Civil. Los bomberos habían echado para atrás a todo el mundo para tener espacio. Las grúas grandes estaban llegando. Se esperaban más cadáveres debajo de los vagones. El sacerdote había perdido la noción del tiempo. Había visto cosas espantosas: cuerpos sin cabeza, piernas cortadas por los muslos, vientres abiertos con las tripas fuera, miembros sueltos en medio del campo. Había visto cómo le cortaban el brazo a una persona delante de él, con el brazo colgando, después de hacerle un torniquete en el sobaco. Cosas verdaderamente espantosas, dice. No hay otra manera de decirlo.
Lo único que se le ocurrió decir cuando llegó fue la absolución colectiva. Lo hizo a gritos. Después se acercó a los que pudo, les dijo que era el cura, les preguntó si necesitaban algo. Algunos le sonrieron. Otros le apretaron la mano. Otros levantaron las cejas. Son imágenes que están ahí, grabadas. No se las inventa. Le recuerdan una tragedia, un dolor, un sufrimiento. Pero también le recuerdan una satisfacción: la de comprobar que en el fondo del corazón humano todavía hay reacción. Todavía hay sed de cielo. Todavía hay alguien que, en medio de un campo de cadáveres, levanta las cejas cuando un cura le dice que reza por él.
El accidente ferroviario de Urda dejó decenas de muertos y una escena que los servicios de emergencia tardarán años en olvidar. Los medios entrevistaron al sacerdote desde televisiones, radios y periódicos. Él lo cuenta con cierta ironía: me han entrevistado de todo, dice. Pero lo que importa no es la entrevista. Lo que importa es lo que hizo antes de que llegaran las cámaras. Llegó antes que las ambulancias. Dio la absolución colectiva a gritos. Se quedó junto a dos moribundos con dos botes de suero, uno en cada mano. Uno de ellos murió a sus pies. Después cruzó la vía con dos guardias civiles y rezó responsos junto a los cadáveres que iban sacando del Iryo. Eso es lo que queda cuando se van las cámaras. Un hombre que estuvo allí cuando no había nadie más.
La Iglesia católica permite la absolución colectiva en situaciones de catástrofe, pero no la convierte en norma. Es una excepción para momentos en los que no hay tiempo ni manera de atender a cada persona individualmente. El sacerdote lo explicó con claridad: la Iglesia no solo nos permite, nos aconseja que lo hagamos en situaciones catastróficas. No es un sacramento administrado a la ligera. Es una respuesta a una emergencia. En Urda, la emergencia era total. El campo estaba sembrado de cuerpos. Los vagones estaban abiertos y rotos. Los bomberos cortaban hierros. Los sanitarios no habían llegado. Y un cura, con dos botes de suero en las manos, hizo lo único que podía hacer: perdonar los pecados a todos y quedarse con los que se morían.
El sacerdote no dice que la fe resuelva nada. Dice que la fe coloca las cosas. No es lo mismo. Resolver implicaría que el dolor desaparece, que la tragedia se explica, que todo tiene una razón que podemos comprender. Colocar implica algo más modesto: encontrar un sitio desde el que se puede vivir con lo que ha pasado. Él lo hace ofreciendo el sufrimiento. No lo justifica. No dice que Dios haya querido esto. Dice que Dios lo consiente, que no se nos cae un pelo de la cabeza sin que él lo consienta. Es una frase dura, de las que no se pueden decir desde fuera. Solo se puede decir desde dentro, después de haber visto lo que él vio.
La esperanza cristiana, dice, es el consuelo. Pero no un consuelo que borra el dolor. Un consuelo que lo acompaña. La presencia del sacerdote en el lugar del accidente no curó a nadie. No rescató a nadie. No sacó a nadie de debajo de un vagón. Lo que hizo fue estar. Acompañar. Rezar. Decirle a una persona que se estaba muriendo que no estaba sola. Eso no es poco. En una situación en la que todo es técnica y eficacia, la presencia de alguien que no hace nada útil es un recordatorio de que los seres humanos no solo necesitan que los salven. Necesitan que los acompañen. Necesitan que alguien les diga que lo que les está pasando importa. Necesitan que alguien rece por ellos.
El párroco de los Yémenes, Fernando Fernández, fue uno de los primeros en llegar. Lo hizo por casualidad, por carambolas, porque se enteró del accidente y corrió hacia allá. No tenía otra misión que realizar allí que estar y hacerse presente como sacerdote. Lo que encontró fue gente deambulando por el almendral, otros tirados en el suelo, un vagón abierto como una lata, cadáveres dentro, sillones destrozados, maletas y equipajes desparramados por el suelo. Enseguida se dio cuenta de que no podía hacer nada sacerdotalmente de ayuda individual a cada persona. Entonces dio la absolución colectiva. Después se acercó a cada persona que tenía cerca, le preguntó cómo estaba, qué le dolía, si quería que pidiera algo al Señor especialmente por ella. Algunos le estrecharon la mano. Otros hicieron una mueca de sonrisa. Otros levantaron las cejas. Son imágenes que están ahí.
Después pasó al otro lado de la vía, donde estaba descarrilado el Iryo. Aquello era terrible. Cadáveres y cadáveres y cadáveres. Allí se limitó a rezar responsos conforme iban sacando los cuerpos. Llegó el arzobispo, se unió con otros sacerdotes, comentaron la situación, rezaron. Era lo que podían hacer y lo que debían hacer. El sacerdote lo cuenta sin dramatismo, con la serenidad de quien ha hecho lo que tenía que hacer. No se siente héroe. No se siente víctima. Se siente cura. Y ser cura, en una situación así, significa estar. Significa acompañar. Significa rezar. Significa ofrecer el sufrimiento. Significa, en definitiva, señalar hacia el cielo cuando todo lo demás señala hacia la tierra.
La pregunta que le hicieron en la entrevista era cómo se vive el día a día después de haber visto una cosa así. Él respondió que las cosas se colocan. No todas. No del todo. Pero se colocan. Las imágenes de una sonrisa, de un levantamiento de cejas, de un apretón de manos no son imágenes inventadas. Están grabadas. Le recuerdan una tragedia, un dolor, un sufrimiento. Pero también le recuerdan una satisfacción: la de comprobar que en el fondo del corazón humano hay una sed de trascendencia, de esperanza, de cielo. Y eso, dice, gracias a Dios todavía no está suficientemente pervertido. Todavía hay reacción. Todavía hay alguien que, en medio de un campo de cadáveres, levanta las cejas cuando un cura le dice que reza por él.
El accidente de Urda dejó una escena que no se puede contar sin crudeza. Los bomberos cortaron hierros y sacaron cadáveres. Los sanitarios atendieron a los heridos. Los heridos más graves fueron trasladados a Toledo, Alcázar de San Juan y Ciudad Real. Las familias fueron atendidas en Urda. Las grúas grandes llegaron para levantar los vagones. Se esperaban más cadáveres debajo. Y en medio de todo eso, un cura con dos botes de suero en las manos, rezando responsos, dando la absolución colectiva a gritos, diciéndole a la gente que era el cura y que rezaba por ellos. Eso es lo que queda cuando se van las cámaras. Un hombre que estuvo allí cuando no había nadie más. Un hombre que hizo lo único que podía hacer: estar.
Este mensaje y otros no están disponibles para visitantes. Regístrate para leerlo.
Estaba rotulando con nubes "DISFRUTAD LO VOTADO".¿Y dónde estaba Dios justo antes del accidente? No, por preguntar.
Se dice votontado. Qué poco informado el dios ese. Además de malo, porque, vamos, permitir que muera la gente así...Estaba rotulando con nubes "DISFRUTAD LO VOTADO".
Viva Cristo Rey.
Nosotros -nuestra cultura quiero decir- no le decimos a Dios lo que tiene o no tiene que hacer, eso es más cosa de calvinistas, hugonotes y herejes centroeuropeos de esos.¿Y dónde estaba Dios justo antes del accidente? No, por preguntar.
Dejando libre albedrío. Porque no somos muñequitos.¿Y dónde estaba Dios justo antes del accidente? No, por preguntar.