Ucrania se atasca: la contraofensiva no rompe las líneas rusas
¿De verdad avanza Ucrania? Tras meses de preparación y con material occidental por valor de miles de millones, la contraofensiva ucraniana se enfrenta a un problema elemental: cinco líneas de defensa rusas, campos minados hasta el horizonte y ninguna superioridad aérea. El resultado, a la vista de los datos que manejan los analistas, es un goteo de pérdidas —
74 vehículos contabilizados en un solo episodio, según un recuento que circula— y un avance que se mide en metros, no en kilómetros.
El diagnóstico más repetido no viene de Moscú. Viene de quienes llevan año siguiendo el frente con lupa y admiten, sin ambages, que
no son prorrusos. «Ucrania la ha cagado no invadiendo terreno ruso de cara a la negociación que se va a forzar», resume el planteamiento inicial del asunto. La tesis: Kiev gastó su ventana de oportunidad y ahora negocia desde una posición peor.
¿Por qué la contraofensiva ucraniana avanza tan despacio?
La respuesta corta: porque atacar es mucho más caro que defender. «Atacar es mucho más complicado que defenderse», señala uno de los análisis más citados del asunto. Las defensas rusas se organizan en varias capas sucesivas, con campos de minas entre ellas. Cada palmo ganado se paga con material y con vidas.
El material occidental no es infinito ni inmune. Hay confirmación gráfica de al menos un
Leopard 2 destruido junto a una columna de blindados Bradley. Otros impactos de drones sobre carros occidentales quedan, de momento, sin verificación de daños totales: un dron de carga reducida y velocidad subsónica no garantiza la destrucción de un carro diseñado para resistir impactos. La discusión sobre qué está realmente destruido y qué es recuperable sigue abierta.
La pregunta que sobrevuela todo el asunto es por qué se lanza una ofensiva sin apoyo aéreo efectivo. La respuesta que se maneja: los drones están sustituyendo parte del rol de la aviación tripulada, con actuación quirúrgica y plataformas de tamaño reducido. No es lo mismo, y se nota.
El desgaste ruso: de la toma de Kiev en tres días a la guerra de aguante
Rusia cambió el chip cuando su plan inicial —entrar en Kiev en tres días— fracasó. Pasó a una guerra de desgaste, y en ese terreno se siente cómoda. Ha aceptado sus limitaciones, según el diagnóstico que abre el asunto, y se ha centrado en frenar cualquier avance ucraniano. Lo ha hecho «bastante bien».
La ofensiva rusa sobre Vuhledar, en cambio, se califica sin matices como un error grave. Y en Bajmut, la comparación es demoledora: Ucrania ha avanzado en 24 horas más de lo que Rusia avanzó en meses en aquella ciudad.
El problema es que ese avance no basta. Con medios limitados, la capacidad ucraniana de sostener el esfuerzo se agota. «Puede que Ucrania avance, pero no está teniendo el efecto que esperaban», apunta el planteamiento inicial. Y añade: «Rusia no puede avanzar y lo sabe». Tablas, entonces.
¿Cuántas brigadas tiene Ucrania para la ofensiva?
Ucrania dispone ahora mismo de
35 brigadas equipadas con material occidental, según la cifra que se maneja en el análisis. Otras estimaciones más conservadoras hablan de «como mucho 16 brigadas, 4 de ellas territoriales». La horquilla es amplia y refleja la incertidumbre sobre cuánto puede apretar Kiev antes de quedarse sin reservas.
La fase actual se describe como de preparación: operaciones principalmente nocturnas, aprovechando la oscuridad, hasta tener claro que las reservas rusas están comprometidas. Entonces llegaría el golpe principal. Puede llevar semanas. O no llegar.
El flujo de ayuda occidental no se detiene. Estados Unidos anunció un paquete de
2.100 millones de dólares en asistencia militar, y la puerta queda abierta a los sistemas ATACMS. La lectura cínica: se envía con cuentagotas para que Rusia se desangre hasta la última gota, y las vidas ucranianas que se pierdan por el camino importan poco.
El tiempo juega contra Ucrania
Mientras el frente se atasca, el mundo se reconfigura. Los BRICS se amplían, más países abandonan o planean abandonar el dólar en sus transacciones, la OPEP se pone farruca con el crudo y media África declara estar harta de los occidentales. El paso del tiempo no beneficia a quien depende de que el suministro exterior no se interrumpa.
En Europa, el daño económico ya está hecho. El gas ruso no volverá a fluir hacia Alemania como si nada. Los países europeos se están militarizando a pasos agigantados: España planea destinar un
2% del PIB a defensa desde el ridículo 1% actual, y Polonia aspira a convertirse en potencia militar. El coste lo pagan los contribuyentes europeos, que reponen con impuestos el armamento regalado a Ucrania.
La pregunta que nadie responde del todo: si Ucrania no rompe ninguna línea, ¿qué margen queda en una negociación forzada por el calendario electoral estadounidense? El análisis más repetido apunta a que esto se alargará mucho. Pico y pala, hasta romper algo. Y si no se rompe, el que firma la paz con la cara del derrotado no será Moscú.