Guerra de Ucrania: el desgaste ruso y el grifo que no se cierra
«Rusia ha perdido la guerra». Así, en seco. Es la conclusión que se sostiene desde hace meses: un ejército que invadió Ucrania esperando un desfile y se topó con una contienda para la que no había preparado nada. El problema aparece dos párrafos después, cuando el mismo análisis explica que ese ejército moviliza, entierra defensas y golpea la red eléctrica con criterio. Las dos cosas no caben en la misma frase sin hacer equilibrios.
En el fondo se discute menos quién dispara mejor y más quién aguanta la factura. Ahí entran los mapas, los tanques contados por porcentajes y una flota turca hundida hace cuatro siglos y medio.
¿Tenían los rusos un plan de guerra?
Una tesis de partida sostiene que no. Que las columnas entraron convencidas de que no habría lucha y que nadie había preparado logística para una campaña larga. El indicio que se cita es la recuperación ucraniana en el este en otoño: en varios puntos solo había
esqueletos de unidades, cuadros sin tropa capaz de sostener el frente.
La réplica es razonable: explíquese, si no había plan, un ataque por
siete frentes, con un empuje hacia Kiev y otro hacia Odesa buscando enlazar con Transnistria. Los planos que se han hecho públicos apuntan a un diseño ambicioso. La lectura que se impone es otra: el plan existía, pero era malo, y la reacción occidental lo desbarató. Se apunta incluso al antes y el después: antes de la invasión los apoyos occidentales eran discretos y la instrucción militar, escasa.
El ejército ruso, como la flota turca después de Lepanto
Aquí está la imagen que mejor ha circulado. Tras Lepanto, los turcos botaron en seis meses una flota
mayor que la destruida. Sobre el papel, una proeza. Sin moral, sin experiencia, sin cohesión ni mandos con prestigio, aquello no era una fuerza de combate: el poder naval otomano se perdió sin remedio.
Trasladado a nuestros días, según esta tesis: Rusia podrá fabricar tanques y misiles, pero su ejército existirá en teoría y no en la realidad, y
pasarán décadas antes de que vuelva a ser algo. La analogía tiene gracia y tiene un límite: aquí nadie fue aniquilado en una tarde de galeras, y el adversario sigue en el campo, aprendiendo sobre la marcha.
La contradicción: un ejército acabado que se refuerza
Si el objetivo de los socios de Ucrania —hundir la capacidad militar rusa— ya se ha cumplido, ¿por qué se insiste en que Moscú tiene por fin un mando con un plan, que moviliza, que se atrinchera y que desgasta al contrario? La objeción es de manual: o está hundido o está mejorando, las dos cosas a la vez no.
El pronóstico que se maneja: los apoyos seguirán mientras al poder ruso le quede cuerda, quizá un año. Después, sostener a Ucrania será sostener un
estado fallido, una losa que nadie querrá cargar. Y entonces tocará acuerdo: Crimea y el Donbass perdidos pase lo que pase y, con mucha suerte, vuelta a las fronteras del 23 de febrero. La victoria rusa, en ese escenario, sería pírrica. Saldría escaldado. El diagnóstico, por cierto, llega con etiqueta preventiva:
no soy prorruso, soy proverdad, porque la palabra se reparte con generosidad.
¿Es cien veces más difícil atacar que defender?
El axioma se repite hasta parecer un teorema, y se discute. Primero, por lo que implica: Ucrania tendría armas y entrenamiento para pelear, pero no para maniobras operativas ni batallas multidominio, y montar eso lleva años y equipos que no tiene. Segundo, porque la idea, se argumenta, viene de las imágenes de trincheras y ametralladoras de la Primera Guerra Mundial.
En contra juega un ejemplo incómodo: en 1940 la línea defensiva francesa era formidable hasta que alguien encontró la costura, y en
seis semanas Alemania se llevó por delante el país y un millón y medio de prisioneros. Las líneas se rompen. Otra cosa es que quien ataca tenga con qué explotar la brecha.
Quién paga la guerra y hasta cuándo
Quien decide el final no está en Kiev ni en Moscú. El apoyo se corta cuando el coste deja de salir a cuenta, y hay quien sostiene que Estados Unidos ya obtuvo lo que buscaba: neutralizar a Rusia como amenaza y, de paso, colocar a Europa en el banquillo. En ese reparto, según estas lecturas, la factura energética la paga el consumidor europeo.
Se va más lejos: los fondos que sostienen al país se estarían quedando con tierras y recursos a precio de saldo, y el mayor perdedor del episodio sería el conjunto europeo. La imagen del reñidero —el terreno lejano donde los aspirantes a la hegemonía se pegan sin que las tortas lleguen a casa— se aplica aquí con precisión.
Con estos ingredientes, la predicción con reservas es sencilla: la guerra se para cuando se pare el dinero, y no antes. Pero la negativa occidental a que un país gane territorio por la fuerza responde a un cálculo propio, el del precedente que se abre para el siguiente. Nadie firma el resultado. Y quien lo firme tendrá que esperar a la primavera para corregir conclusiones.