Rusia ya no esconde su objetivo: desmilitarizar Ucrania y quedarse el territorio
La excusa que justificó la invasión durante años —la entrada de Ucrania en la OTAN— ha caído del discurso ruso. Lo que queda sobre la mesa es otra cosa:
desmilitarización completa de Ucrania, aceptación de los territorios ya conquistados y, como remate, que Kiev deje de ser un país rusófobo. La línea argumental que sostiene el Kremlin, según se desprende del análisis que circula estos días, ya no es la seguridad de las fronteras: es la
conquista pura y dura, con garantías o sin ellas.
El giro no es menor. Durante años, el argumento oficial repetía que la ampliación de la OTAN hacia el este era la línea roja. Ahora esa línea se ha difuminado: hay quien sostiene que la Alianza Atlántica podría desaparecer en pocos años y que, por tanto, la pertenencia o no a ella deja de ser el problema. Lo que importa es el terreno. Y el terreno, según esta lectura, no se devuelve ni a cambio de garantías de seguridad, porque las garantías se rompen.
Qué exige Moscú y qué se ha quedado ya sobre el terreno
El paquete que se atribuye a la posición rusa tiene tres patas. La primera, la
desmilitarización completa de Ucrania, es decir, que el país agredido renuncie a tener ejército propio. La segunda, la aceptación de los territorios conquistados como parte de Rusia. La tercera, que Ucrania deje de ser percibida como un Estado hostil, lo que en la práctica supone renunciar a cualquier política de afirmación nacional frente a Moscú.
La comparación histórica que más se repite en el análisis es la de los Sudetes. El método —referéndums locales, minorías que piden protección, anexión por fases— es idéntico al que se usó en 1938. Quien lo señala no lo hace como exageración retórica, sino como descripción de un procedimiento que se repite con nombres distintos.
Sobre el terreno, la discusión se centra en qué se considera ya irreversible. Crimea y el Donbás llevaban
desde 2014 fuera del control efectivo de Kiev, y hay quien argumenta que exigir su retorno once años después es una posición de partida imposible. La pregunta que sobrevuela el asunto es dónde se detiene la conquista: si Odesa, si Járkov, si todo el sur y el este urbano, donde la lengua materna mayoritaria es el ruso.
El argumento lingüístico: ¿una sola lengua oficial o un Estado federal?
Uno de los ejes del conflicto que menos se discute en los medios es el lingüístico. Un mapa de la Universidad Lingüística Nacional de Kiev, de
2009, muestra que el idioma más hablado en los hogares ucranianos era el ruso, mayoritario en el este, el sur y buena parte de las zonas urbanas del centro. El ucraniano propiamente dicho se concentraba en el oeste. En amplias franjas se hablaba una mezcla, el
surzhyk, un ruso con elementos ucranianos que varía según la zona.
De ahí sale el argumento de quienes sostienen que Ucrania debió funcionar como Estado federal o confederal, y que intentar construir un Estado monoétnico y monolingüe sobre esa base era un error de diseño. La respuesta contraria es igual de clara: cualquier país tiene derecho a fijar una sola lengua oficial, y las minorías que no la compartan pueden mudarse. El ejemplo que se lanza al aire es el de los territorios junto a Polonia donde viven familias polacas: ¿habría que dejar que el polaco sea oficial allí?
El asunto se enreda con el precedente de los rusinos de Transcarpatia,
más de 800.000 personas que Ucrania no reconoce como pueblo diferenciado, y con un referéndum de principios de los noventa en el que el
78% de los habitantes de la región votó a favor de una amplia autonomía. La corte suprema ucraniana anuló aquel resultado. Para las autoridades, los rusinos son ucranianos y punto.
El precedente de 1994: cuando el Donbás ya votó federalizarse
El conflicto no empieza en 2022 ni en 2014. El
27 de marzo de 1994, mientras Ucrania celebraba elecciones parlamentarias, en Donetsk y Lugansk se celebró en paralelo un referéndum sobre el estatus de la lengua rusa, la estructura estatal y la integración euroasiática. En Donetsk, el
79,69% votó a favor de que la Constitución ucraniana estableciera una estructura territorial federal. En contra, el 15,02%. Votos nulos, el 5,29%.
Treinta años después, ese resultado sigue siendo el mejor argumento de quienes defienden que el problema no lo creó Moscú en 2014, sino que llevaba décadas sobre la mesa sin que nadie lo quisiera ver. La contraargumentación también existe: un referéndum local no puede decidir la estructura constitucional de un país entero, y las consultas organizadas en paralelo a unas elecciones nacionales tienen un valor político limitado.
El punto donde el análisis se atasca
Con los datos disponibles, la conclusión que se impone es incómoda para todas las partes. Si Rusia no devuelve nada a cambio de garantías, si la OTAN deja de ser el argumento central y si lo que se exige es que Ucrania renuncie a su ejército y a su política de afirmación nacional, entonces la guerra no va de seguridad: va de territorio. Y si va de territorio, el punto de parada no lo marca ninguna negociación, sino la capacidad de resistencia de quien lo defiende. Ahí sigue la discusión, sin resolver.