Runner wannabe: 98 pulsaciones y un dedo como único medidor
¿Se puede presumir de marca sin reloj? La respuesta es sí, si tienes un dedo y suficiente fe. El corredor aficionado que se mide las pulsaciones a ojo ha encontrado su espacio en la red: una carrera de 5 kilómetros, 98 pulsaciones al final y la sensación de haber rozado la gloria. Los demás, sin embargo, no lo ven tan claro.
El método del dedo y la polémica paralímpica
La confesión es honesta: “Lo hice a dedometro al final, soy pobre para ir comprando relojes para eso”. La medición de pulsaciones a dedo, es decir, contar los latidos en la muñeca durante unos segundos y multiplicar, es el recurso de quien no quiere gastar en un pulsómetro. El resultado: 98 ppm al terminar, que para un corredor novato no está mal, pero que para los puristas es un dato sin valor sin un dispositivo que lo certifique. “Y no mides ni la pulsación”, le espetan. El corredor responde con humor: su crónica sería demasiado ostentosa, aparte de que allí no corre ni dios.
La referencia a los Juegos Paralímpicos no es casual. El corredor pregunta si llegará a los próximos, y la respuesta es demoledora: “Tendrías que amputarte algo que sea suficiente para que te acepten en las clasificatorias”. El chiste se enreda con la polémica real del equipo español de baloncesto en silla de ruedas, acusado de fingir discapacidad intelectual para competir. La sugerencia de “fingir” para clasificarse es el humor negro de la situación, que no deja de tener su miga.
Los datos son escasos pero suficientes para el análisis. Otro corredor aporta su propia marca: 7 km en 50 minutos, lo que da un ritmo de 7:08 por kilómetro. La respuesta es inmediata: “Andando rápido tardas lo mismo. Trote cochinero”. Y el veredicto final: “Te falta entrenamiento”. El corredor wannabe, con su dedo como medidor y Melendi en los auriculares, sigue en su empeño. Porque al final, correr es una cuestión de fe, no de equipamiento.
Mientras tanto, el corredor sigue entrenando, con la esperanza de que algún día alguien le pregunte por su tiempo. Aunque sea a dedo. Y si no, siempre le quedará el consuelo de haber terminado la carrera, que no es poco.