Un forero critica que se exija a los jóvenes recordar la guerra civil
Un chaval de 16 años hoy tiene la Guerra Civil tan lejos como un adolescente de los ochenta tenía la guerra hispanoamericana de 1898, según un usuario del debate. Sus abuelos nacieron en los años cuarenta, cuando el conflicto ya había terminado. La queja que recorre el debate no es histórica, es demográfica: la España de los dos bandos se queda sin público. Y quien vive de rentabilizar ese relato lo nota, sostiene.
El detonante es una intervención en la Cadena SER en la que se reprocha a los jóvenes no conocer «su versión» de la contienda, según el mensaje inicial. La respuesta mayoritaria es un encogimiento de hombros. Los abuelos de los adolescentes actuales nacieron en los años 40. Para encontrar a alguien que recuerde la guerra en primera persona hay que buscar a gente de más de 105 años, y que además sea capaz de hablar y pensar con claridad, según un participante. El absurdo aritmético es la primera línea de fuego.
¿Por qué los jóvenes ya no saben quién es Felipe González?
La anécdota que resume el fenómeno, contada por un forero: una prima de 15 años, sin ser tonta, vio a Felipe González en la tele y preguntó quién era ese señor. Nació en 2005, cuando el expresidente llevaba casi una década fuera del Gobierno. Si un adolescente medio no ubica a un presidente del Gobierno de los ochenta, ¿por qué iba a ubicar a Franco?
La comparación no es gratuita. El conocimiento histórico no se transmite por ósmosis ni por decreto. Se transmite por proximidad familiar, por currículo escolar y por presencia mediática. Y en los tres frentes, la Guerra Civil ha ido perdiendo peso. Los que hoy tienen 20 años no tienen abuelos que la vivieran, tienen bisabuelos. La cadena se ha roto sola.
La guerra civil como industria editorial y mediática
Hay una acusación recurrente en el debate: la sobreproducción. Se sostiene que hay medios digitales con secciones fijas dedicadas al conflicto, que publican piezas a diario, y que existen libros como «La represión franquista en las taquilleras del Metro de Madrid» o «La guerra civil en Villapepino de Arriba». Ningún otro conflicto, ni la Segunda Guerra Mundial, tendría ese nivel de detalle editorial, según un usuario.
El argumento tiene una pata débil y otra fuerte. La débil: la Segunda Guerra Mundial genera bibliografía masiva en todo el mundo. La fuerte: la conversión del pasado en contenido recurrente agota al lector no militante. Cuando un tema se convierte en sección fija, deja de ser historia y pasa a ser línea editorial. Y el público joven detecta la línea editorial antes que el dato.
El pecado original que no se hereda
La queja de fondo es política. Se sostiene que durante décadas se ha cargado sobre la derecha una culpa colectiva por hechos de 1936, incluso sobre quienes nacieron en 2003. Un joven de derechas, dice el argumento, no debería sentir vergüenza por serlo ni cargar con crímenes que no cometió. La amnistía a unos y el juicio histórico permanente a otros es, para esta corriente, la asimetría que rompe el relato.
Enfrente, la tesis contraria: recordar no es culpar, y el olvido no es reconciliación sino amnesia. Quien defiende la
memoria histórica sostiene que el problema no es que los jóvenes no sepan, sino que se ha dejado de enseñar. El currículo dedica más tiempo a la Revolución Francesa y al siglo XX europeo que a la Segunda República, la guerra y la dictadura, según varias intervenciones.
La comparación con las guerras carlistas y la del Rif
El argumento más repetido es el de la simetría histórica. Nadie exige hoy recordar las guerras carlistas ni la guerra del Rif, y sin embargo se exige recordar 1936. La II República se estudia poco, la guerra menos y la dictadura se presenta como un paréntesis homogéneo, según varios foreros. La comparación con los países del Este europeo, añaden algunos, deja a España como un oasis.
El contraargumento es que la dictadura no es comparable a una guerra colonial del siglo XIX: duró cuarenta años, marcó la estructura económica y legal del país y su represión todavía tiene expedientes abiertos. La distancia no es la misma. Pero el desgaste del relato es real: cuando la memoria se convierte en obligación moral, la reacción natural del joven es la indiferencia.
El cálculo imposible de las fosas y los forenses
Uno de los puntos más concretos del debate es judicial. Se reclama que las fosas se excaven con forenses y policía, no con arqueólogos, para tratar los crímenes como tales y llevar a los responsables ante la justicia, según un forero. La objeción es aritmética: alguien que tenía 18 años en 1936 tendría hoy más de 105. No hay imputables ni testigos vivos.
La comparación que se lanza es incómoda: hay centenares de asesinatos de ETA sin resolver de hace tres décadas y se prioriza investigar los de hace un siglo, según un participante. La discusión no es sobre el derecho a la verdad, es sobre la jerarquía de urgencias. Y en esa jerarquía, el joven no ve su problema.
Lo que queda cuando el relato caduca
El diagnóstico final es generacional. La izquierda, dice una parte del debate, necesita a la ultraderecha para mantener vivo su discurso; si las nuevas generaciones no compran el marco, el marco se cae. La derecha, responde la otra parte, necesita que la memoria se olvide para no rendir cuentas. Ambas corrientes se retroalimentan.
Mientras tanto, el dato que descoloca: la mayoría de los jóvenes no sabe quién es Felipe González, según se afirma en el debate. Si eso ocurre con un expresidente que gobernó hasta 1996, la pregunta no es por qué no recuerdan 1936. La pregunta es qué van a recordar de 2024.