Los revisores de metro que prefieren no cobrar el billete
La imagen de un revisor de metro agredido tras pedir el billete a un pasajero se ha convertido en un clásico. El último caso conocido: un inspector fue golpeado y mordido por dos individuos, lo que le obligó a someterse a pruebas de VIH durante meses. El agresor, además, le acusó de actitud prejuiciosa y consiguió que le impusieran quince días de arresto domiciliario. El revisor, tras el incidente, empezó a portar un taser, hasta que un agente de seguridad le advirtió que lo retirara.
El coste de la evasión
Las empresas de transporte público se enfrentan a un dilema: la recaudación por multas no compensa el riesgo de violencia. En algunas estaciones, los viajeros que pagan son testimoniales. Los revisores, sin herramientas reales de coacción, optan por no exigir el ticket a quienes perciben como potencialmente conflictivos. Un argumento recurrente: «No están para jugarse la vida con gentuza».
Un problema de autoridad
La situación recuerda a la de Alemania, donde los inspectores también evitan confrontaciones. El debate sobre la autoridad perdida se cruza con el de la integración y el cumplimiento de normas. Mientras tanto, los viajeros que pagan subsidian a los que no. Algunos añoran tiempos pasados: a finales del siglo XIX, los revisores llevaban pistola.
El dato que descoloca
La empresa de transportes prefiere asumir la pérdida que pagar los costes de seguridad. Pero el problema no es solo económico: es la señal de que la ley del más fuerte se ha impuesto en el transporte público.