La frase de Reverte sobre la mujer que reabre la guerra de los sexos
¿Qué ha dicho esta vez Pérez-Reverte para que se le eche encima medio país? La tesis que circula es tajante: la mujer es un ser
más complejo que el hombre porque ha tenido que sobrevivir durante milenios a lo peor de ellos. En la pieza que ha encendido el debate, firmada en
El Mundo, el escritor sostiene además algo todavía más grueso: sin ellas la especie humana se habría extinguido hace unos
200.000 años. Dicho así, parece una obviedad de sobremesa. El problema no es el contenido, sino la firma. Nadie discute que el personaje arrastre más peso que el mensaje.
¿Qué dijo exactamente y por qué cabrea tanto?
El razonamiento atribuido al autor va en dos tiempos. Uno: los hombres, libres de freno, se habrían matado entre ellos hasta desaparecer. Dos:
las mujeres aguantaron ese desaguisado y salieron de él más listas, más duras y más complicadas. La idea no es un hallazgo. Lleva décadas circulando en manuales de seducción, en charlas motivacionales y en conversaciones de barra de bar.
Lo llamativo es el altavoz. Cuando la frase la suelta un tertuliano de madrugada, se queda en eso, en una frase de madrugada. Cuando la firma alguien que vende cientos de miles de ejemplares por novela, se convierte en noticia, en réplica y en discusión de tres días. Buena parte del enfado no va contra el texto, sino contra
la caterva de medios que le sirven de caja de resonancia.
El reproche de fondo: «va de rebelde y es puro sistema»
La crítica más repetida no ataca la tesis, ataca la biografía. Se le acusa de haber construido una marca de azote de la corrección política y de haber ido cediendo, con los años, hasta firmar lo que muchos leen como
una soflama oportunista. «Antes lo leía; ahora veo algo suyo y salgo escapando», resume esa orilla.
Hay quien va más lejos y sitúa toda su producción de opinión en la órbita del poder: el escritor incómodo que acaba cobrando en los mismos suplementos que decía despreciar. Otros le niegan incluso el oficio y lo comparan con el periodista de investigación especializado en infiltraciones, en una analogía que alude al personaje construido por encima del contenido. La comparación es dura y no hay consenso.
Del corresponsal de guerra al opinador profesional
La parte más incómoda del expediente es la de sus años de cronista.
Territorio comanche, publicado hace unos
30 años, retrata el mundo de los corresponsales de guerra, un oficio hoy casi extinguido, y quienes lo leyeron entonces lo siguen defendiendo como su mejor texto. Ese capital, dicen, lo rentabilizó después el personaje.
Las críticas más ácidas sostienen que su papel en los Balcanes estuvo más cerca del hotel protegido que de la primera línea, y que su condición de héroe de guerra es un relato construido a posteriori.
Es una acusación repetida, no una condena: aquí nadie ha probado nada. También le persigue la campaña contra la Ruta del Bakalao, que una parte de sus detractores le atribuye haber amplificado desde la televisión pública.
La prueba de la inversión: cambiar «hombre» por «mujer»
El método más socorrido para medir este tipo de frases es darles la vuelta. Si el resultado sigue siendo publicable, hay argumento. Si se convierte en un escándalo, hay consigna. Aplicado al caso: ¿qué pasaría si alguien firmara que los hombres son más complejos porque tuvieron que sobrevivir a lo peor de las mujeres? La respuesta la tiene cualquiera que conozca cómo funcionan las redacciones.
En el debe del personaje figura además su propia doctrina sobre los conflictos: en la guerra, repite, no hay buenos ni malos, solo
grises. Quien sostiene eso durante años y luego reparte complejidad psicológica por sexos se expone a que le devuelvan la paradoja en la cara. Y se la devuelven.
No es un truco nuevo. La discusión reaparece cada vez que alguien con altavoz lanza una generalización sobre un sexo. Un episodio difundido estos días atribuía al novelista francés
Pierre Lemaitre la idea de que los electrodomésticos se inventaron para esclavizar a la mujer y no para aliviar el trabajo doméstico. La mecánica es idéntica: una frase con gancho, un titular sin matices y una polémica de 48 horas.
La cuenta que no se hace: quién compra los libros
En el trasfondo económico del asunto hay un dato que se repite: las mujeres compran más libros que los hombres y buena parte de los superventas de ficción dependen de ese público. De ahí la sospecha, muy extendida, de que frases como esta no buscan explicar nada, sino agradar a quien paga.
Es una hipótesis, no una prueba. Nadie ha demostrado que el autor calibre sus columnas según el perfil de su comprador. Pero la sospecha encaja demasiado bien con un mercado editorial en el que
la novela histórica de gran tirada vive de lectores fieles y de regalos de Navidad.
Al final, la pregunta útil no es qué piensa Pérez-Reverte de las mujeres. Es por qué seguimos dedicando tres días de portadas a lo que opina de ellas. Con estos mimbres, la próxima frase genial llegará antes de que acabe el mes.