Progres y karma: la crónica de una ironía anunciada
Decir que el progresismo militante, el que abraza sin matices la multiculturalidad y la acogida incondicional, a menudo termina mordiendo el polvo de su propia medicina no es nuevo. Pero cuando se reúnen decenas de casos con nombres, apellidos y fuentes contrastadas, la anécdota empieza a oler a patrón. Lo que sigue es un repaso a algunos de los episodios más sonados, todos ellos documentados, donde el discurso se estrelló contra la realidad.
Casos emblemáticos: de Alemania a Sudáfrica
María Ladenburger, de 19 años, hija de un alto funcionario de la UE, colaboraba como voluntaria en un albergue para solicitantes de asilo en Friburgo. En 2016 fue agredida sexualmente y asesinada por un refugiado afgano menor de edad. Durante el funeral, su padre pidió donaciones para refugiados. El hecho conmocionó a Alemania y reabrió el debate sobre la seguridad en los centros de acogida.
Otro caso alemán: una activista de 19 años que trabajaba en un centro de acogida fue violada y asesinada. Su padre, lejos de recular, continuó pidiendo fondos para los refugiados. En Suecia, una madre feminista que acogió en su casa a un solicitante de asilo se negó a denunciar cuando este agredió sexualmente a su hija de 12 años, según la prensa local.
En Italia, una mujer que pretendía viajar de Milán a Oriente Próximo vestida de novia para promover la paz fue violada y estrangulada en Turquía. En Francia, un escritor antifascista y su hijo de 12 años fueron atacados por un grupo que les gritó insultos racistas, quedando el padre con fractura de húmero.
El patrón español: de actores a políticos
Ugaitz Alegría, actor vasco abiertamente independentista y proinmigración, fue agredido al salir de un bar en Bilbao: le robaron 70 euros y el móvil, y recibió un puñetazo en la nariz. Días antes había participado como narrador en un concierto prorrefugiados. En otro episodio, dos activistas vascas que tuitearon sobre el atentado de Barcelona se encerraron horas en una tienda en lugar de salir a enfrentarse a los atacantes, lo que generó una oleada de burlas.
Estíbaliz Kortazar Errecatxo, ex número cinco de Equo en Vizcaya, alquiló una habitación a un inmigrante magrebí que se convirtió en inquiokupa. La mujer denunció insultos y acoso sexual, pero la justicia tardó meses en actuar. En el sur, un abogado conocido por su defensa de la ley de violencia de género fue procesado por maltrato a su expareja y por quebrantar una orden de protección.
La paradoja del gran gesto
Uno de los casos que más circuló fue el de un granjero sudafricano que acogió a 140 refugiados en su propiedad. La situación se volvió insostenible: su familia tuvo que huir para salvar la vida, y el gobierno sudafricano inició el proceso de expropiación de las tierras. La historia fue recogida por el Daily News.
En Madrid, un joven marroquí que había protagonizado un documental sobre la integración de menores extranjeros no acompañados fue detenido por intentar arrollar a dos policías con un coche robado. El documental era una producción que pretendía mostrar la realidad de los menas, pero el desenlace dejó en evidencia la fragilidad del discurso integrador.
Tensiones en la izquierda: de #MeToo a la okupación
Asia Argento, figura central del movimiento #MeToo, fue acusada de abuso sexual por un actor que entonces tenía 17 años. El caso, ventilado en los tribunales californianos, supuso un duro revés para el movimiento. En Francia, dos músicos de un grupo de extrema izquierda fueron denunciados por violación tras un concierto. La defensa alegó que la denunciante «quería enrollarse con todos», pero la acusación siguió adelante.
En España, un piso okupado por activistas de Podemos terminó con la muerte del pez de la familia a manos de una «bruja» contratada para cuidarlo. El incidente, de apariencia trivial, se viralizó como síntoma de una falta de cuidado real por lo que se dice defender.
Un cierre incómodo
La recopilación de estos casos —que suma más de un centenar— no busca establecer una relación causal directa entre las ideas progresistas y el sufrimiento personal. Pero la repetición de un mismo arquetipo (activista que defiende la acogida sin límites y acaba siendo víctima de aquellos a quienes pretendía ayudar) sugiere algo más que una simple coincidencia. La ironía, como el karma, no entiende de buenas intenciones. Y, a veces, la realidad se encarga de recordarlo de la manera más cruda.