Rechazo por «buenazo» en First Dates: el economista que sobraba
La frase se quedó colgada en el ambiente del restaurante: «Es muy buenazo y a mí es que tan buenos... que a lo mejor es lo que me convendría, pero no lo que quiero». La pronunció Marina, de 27 años, soltera alicantina afincada en Madrid, para explicar por qué rechazaba a Sebastián, economista de 31 que trabaja en una entidad bancaria, en la decisión final de First Dates. El motivo oficial fue la falta de química. El extraoficial, según la lectura más repetida del episodio: que no le atraía.
La noche del viernes dejó el resto de la cita sobre la mesa. Ella buscaba a alguien
deportista, divertido y con las cosas claras, y venía de no conectar con nadie. Él se presentó como aficionado al anime, al manga, a cocinar y al deporte. La primera impresión fue dispar: él habló de atracción —«Es una persona que me atrae mucho»— y ella despachó el asunto con que tenía cara de buena persona, pero era mayor y «muy bajito». Carlos Sobera los acompañó hasta la mesa. El resto fue una cronología del desencuentro.
Qué pasó entre Marina y Sebastián en First Dates
La cena no arregló nada. Él colocó el cine como gran pasión y, sobre todo, el anime y el manga; ella respondió con un «a mí eso no me fascina» que cerraba el tema. La fiesta fue el segundo muro: él sale de marcha de forma esporádica, ella se considera
mucho más divertida que su cita. En el tramo final, él resumió su versión —«ella siempre está alegre y siempre se está riendo, y eso me gusta»— y ella firmó la suya con un «le faltan ganas de vivir» que sonó a diagnóstico.
Marina lo tuvo claro: entre ellos solo cabía una bonita amistad. Él, en cambio, se sentía cada minuto más a gusto y lo dijo sin rodeos:
«Hoy esperaba encontrar a alguien como Marina». La decisión final no trajo sorpresa y el rechazo se justificó por falta de química. Ninguno de los dos se salió del guion amable, lo que convierte el episodio en un caso casi de laboratorio.
¿Por qué se rechaza a alguien por 'buenazo'?
La explicación más repetida no tiene nada que ver con la bondad. Hay quien lo reduce al físico sin más: el rechazo sería por fealdad, y el «buenazo» funcionaría como coartada para no quedar de superficial delante de una cámara. En contra juega que ninguno de los dos comensales destaca especialmente por su atractivo, así que el argumento del espejo se queda a medias.
Una segunda corriente apunta al carácter. El problema no sería ser bueno, sino ser
paradito: sin gancho, sin chispa, sin ese punto de misterio que, se sostiene, hace que la otra persona quiera saber más. «Esta mujer no ha dicho que no le gusten los bajitos, ha dicho que no le gustan los buenazos», resume una de las lecturas, que insiste en que la frase del programa es literal y no un eufemismo.
Y hay una tercera vía, más incómoda: que nadie fuera el villano. Dos perfiles tranquilos, uno entusiasta y otro sin sangre, con aficiones que no se tocan. Si los papeles se hubieran invertido, el resultado habría sido el mismo, solo que el rechazo lo habría firmado él.
El economista que dejó de ser un buen partido
Aquí el episodio se vuelve económico. Un profesional de 31 años, con empleo estable en una entidad bancaria, sin cargas visibles, era hace décadas un perfil privilegiado en el mercado de emparejamiento. La comparación que se hace es explícita: «Un economista de 31 años soltero, aparte de ser un unicornio, estaba en lo más alto del mercado sexual-matrimonial en los años setenta». Hoy, ese mismo currículum no compensa un mal arranque de cita.
La tesis que subyace es que ciertos activos se han depreciado. La estabilidad, la previsibilidad y el sueldo fijo financiaban antes buena parte del atractivo; ahora cotizan poco en la primera impresión, que es donde se decide casi todo. Las cifras que se manejan en la conversación son gruesas y sin respaldo estadístico —un 5% de varones concentraría la demanda, un top 20% de mujeres tendría acceso a ellos— pero funcionan como marco mental de la discusión.
El detalle que descoloca es que el rechazado no discute nada. Él sale del programa satisfecho y valorando lo que ha visto. Ese desajuste de expectativas, más que la fealdad o la sospecha de guion, es lo que mantiene el asunto vivo.
¿Cuánto pesa confesar que te gusta el anime en una primera cita?
Bastante, según el patrón que se repite. El soltero no solo mencionó el anime: añadió el manga, el deporte y la cocina, lo que algunos describen como el pack completo de aficiones que no se exhiben en público. La recomendación que circula es la contraria: callar, o al menos dosificar.
No falta quien defiende lo obvio, y ahí está la pregunta que abre el melón: «Si a ella también le gustan los dibujitos y cosas otakus no debería de haber problemas, o solo por ser un tío tienes que ser un descerebrado que le gusta darse de hostias con la gente en un gimnasio?». La respuesta implícita es que la misma afición pesa distinto según quién la cuente.
¿Está guionizado First Dates?
La sospecha recorre todo el episodio. Se afirma que el formato ha contado con perfiles que buscan notoriedad, con gente de redes e incluso con actrices, y que buena parte de lo que se ve está montado. Quien esto sostiene añade el argumento definitivo: que un programa así manipula la percepción de quien lo ve.
Enfrente, la postura más pragmática admite el montaje y le quita importancia: aunque esté guionizado,
lo que se ve es creíble al 100%, porque reproduce situaciones que ocurren fuera del plató.
La edad, la fiesta y el relato del 'divertido'
Hay un hilo de fondo que trasciende la cita: la idea de que una persona tranquila «no tiene ganas de vivir» porque no sale de fiesta a menudo. Varios análisis lo consideran un prejuicio con coste. Una vida tranquila, con aficiones sostenidas e intensidad intelectual, se lee como aburrimiento; la hiperactividad social, como virtud. Y luego llegan las quejas por estrés.
Sobre la edad planea otra sospecha: que las edades declaradas no cuadren y que a los 27 ya se exija una madurez que algunos consideran ausente. La pregunta incómoda, y sin respuesta cerrada, es cuándo se supone que hay que dejar de buscar al que viene en moto al instituto.
Dónde se atasca el análisis
Con estos mimbres, la conclusión más repetida es que el rechazo era inevitable: la química no se negocia y el «buenazo» solo fue la forma educada de decirlo en
televisión. Sobre el porqué, en cambio, los cálculos no cuadran. Si el perfil de Sebastián valía más hace tres décadas que ahora, nadie explica qué cambió exactamente, ni cuándo, ni quién firmó la depreciación. La conversación derivó hacia otros territorios, señal de que el asunto se agotó antes de resolverse.