Cocinar para toda la semana con 10 euros: del cocido a las croquetas
Un cocido no es una comida. Es una semana. Según el cálculo que comparte un forero, con unos
10 euros en ingredientes el plato rinde para
18 raciones de sopa conservadas en tarros de cristal, dos raciones de caldo con verdura, dos de garbanzos aplastados con un chorrito de aceite crudo y una treintena de croquetas. Ese cálculo no cuadra para todo el mundo: otro participante cuenta que su cocido le dejó apenas
1,5 litros de caldo, seis platos como techo y un litro de puré de verdura que da para cinco veces.
La premisa de fondo es simple. Cocinar en casa sale más barato que comprar preparado, y hacerlo con cabeza —aprovechar restos, congelar, cocer en cantidad— multiplica la diferencia.
Por qué el cocido es el guiso más rentable
El argumento de partida es que el cocido es el guiso más lonchafinista que existe: de una sola olla salen cuatro o cinco comidas distintas —caldo, croquetas, la pringá, tortilla de garbanzos— y cada una con su propia vida en la nevera o el congelador. Quien da la cifra de las 18 raciones asegura que salen de esa olla; quien lo discute afea que así el caldo acaba
aguachirri.
Lo que nadie niega es el modelo de producción: cocinar una base, dosificarla en tarros y consumirla durante días. Bajo ese esquema, piezas humildes como la carcasa del pollo, los cuellos, las alas o el hueso de tuétano aportan gelatina y sabor por poco dinero. Alargar el caldo con patata añade dos platos más a coste casi nulo.
Recetas para no tirar nada: del pan duro a las peladuras de verdura
El aprovechamiento es el otro gran eje. El pan que sobra acaba en torrijas de leche, mojadas después en un almíbar de agua, azúcar y cáscara de limón, o en una sopa de ajo que sirve para combatir el frío. El plátano, rebozado en huevo y pan rallado y espolvoreado con azúcar, es un postre de tres ingredientes.
Hay un truco que conviene copiar. Se guarda en el congelador una bolsa apta para congelación y se van metiendo los restos de verdura: la parte blanca del pimiento, la piel de la zanahoria y la calabaza, los tallos del brócoli, la lechuga mustia. Cuando la bolsa se llena, se cuece y sale un caldo de verduras a precio de nada. Las lentejas sobrantes se trituran y se convierten en crema, o en un puré que está mejor al día siguiente.
Cremas de verdura: una forma socorrida de comer verdura barata
La familia de recetas más repetida es la de las cremas. Calabaza, calabacín, puerro, zanahoria o guisantes se cuecen con media cebolla y un chorrito de aceite, y se trituran. Añadir patata durante la cocción, leche, nata, queso rallado o nuez moscada es opcional y encarece el plato. Se conservan bien y aguantan el congelador, así que sirven para dar salida a la verdura comprada de más.
La calabaza merece mención aparte: cortada como si fueran patatas y frita con sal aparece descrita como una exquisitez. Eso sí, hay que cortarla
más gruesa y larga de lo que se cortaría una patata, porque al freír encoge una barbaridad. El boniato funciona igual, también frito.
El pisto tiene su propia guerra civil. Con tomate y pimiento para la escuela manchega; con calabacín, pimiento rojo y verde y tomate, sin berenjena, para otras versiones. Y hay quien niega la mayor: un pisto sin tomate no es un pisto.
Platos con empaque sin subir la factura
Para comer mejor sin gastar más, la lista incluye muslos de pollo asados con aceite, orégano, tomillo y un chorreón de vino blanco al final, que se congelan y se recalientan en el microondas; lomo de cerdo en olla exprés con cebolla, puerro, zanahoria y vino; y un risotto con sidra en lugar de vino y queso azul en lugar de parmesano. El asado de lomo tiene su técnica:
siete minutos para que quede rosado y nueve para que empiece a secarse.
También aparecen el gazpachuelo —sopa de patata, pescado y gambas ligada con mayonesa y un vaso de caldo tibio—, el salmorejo con huevo cocido y jamón y el zarangollo murciano de calabacín, cebolla y huevo. Nada de esto exige ingredientes caros, aunque un queso con denominación de origen rompa la regla.
Ahí está una de las tensiones del asunto: para uno de los participantes, el lonchafinismo no es racanería, y sustituir el orégano y el tomillo de un pollo asado por laurel o por peladuras de cebolla no ahorra nada relevante y deja el plato cojo. La frontera entre cocinar barato y recortar donde no toca tiene defensores y críticos.
El cocinero frente al ingrediente: dónde está el ahorro real
Poner el foco en el precio del producto es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es la mano. Cambiar ingredientes de primera por un cocinero de primera es, para una parte del análisis, mejor negocio que lo contrario: hay gente a la que le das un huevo de gallina salvaje y se le rompe al cascarlo.
En el capítulo de la compra, el criterio es la temporada: los níscalos aparecen a
5 euros el kilo en plena campaña, y en unas semanas llegan los calçots. Otra cosa es la cocina asiática, donde la queja es la escasez de buenas recetas en español, hasta el punto de que hay quien se plantea montar un recetario de fusión con la mediterránea. Según este forero, lo que sirven muchos restaurantes chinos de barrio tiene poco que ver con lo que se cocina allí.
Con estos mimbres, cocinar en cantidad y congelar es la respuesta que propone el hilo. Pero conviene no pasarse de optimismo: cada cocina tiene su horno, cada olla rinde lo que rinde y el caldo que una persona estira en 18 raciones a otra le sale para seis.