Quieren pagar más impuestos, pero solo si no es obligatorio
En el Foro Económico Mundial de Davos, un puñado de millonarios salió a la calle junto a activistas para pedir sistemas fiscales más justos. El británico Phil White, del grupo Patriotic Millionaires, lo dijo sin rodeos: «El único resultado creíble de esta conferencia es gravar a los más ricos y hacerlo ahora». Marlene Engelhorn, heredera, añadió que no puede «seguir sentada esperando que alguien, en algún lugar, haga algo». La paradoja es de manual: quienes más tienen piden que les suban los
impuestos mientras Oxfam calcula que en los últimos dos años se creó un nuevo multimillonario cada 30 horas y alrededor de un millón de personas cayó en la pobreza extrema cada 33 horas.
¿Por qué los ricos piden pagar más impuestos si luego los eluden?
La respuesta más repetida es la desconfianza. Un impuesto, recuerda un interviniente, es proporcional: si se sube a los ricos, se sube también a los que no lo son, aunque en menor proporción. Sobre esa base se sostiene que el anuncio millonario es una operación de imagen que acaba justificando subidas generales. «Dicen que quieren pagar más porque no piensan hacerlo», resume otro. La ingeniería fiscal —sociedades, empresas, comunidades de bienes— permite que la aportación real sea ínfima. Y el detalle que desactiva la filantropía: Hacienda ya admite donaciones voluntarias. Si de verdad quieren contribuir, no hace falta cambiar la ley.
El IRPF del 94% en EEUU y la trampa del tipo marginal
El contraargumento más citado es histórico: en los años de mayor esplendor del capitalismo, EEUU tuvo un IRPF del 94% para los más ricos. La respuesta técnica es que el tipo marginal nunca equivale al efectivo. Se subió dos veces, coincidiendo con las guerras mundiales, y no para sanidad y carreteras, sino para armas. El tipo efectivo quedaba muy por debajo. De ahí la conclusión que se repite: el tipo alto era populismo contable, con exenciones por detrás para que los ricos no acabaran pagando la mitad de su renta.
La propuesta que sí se puede ejecutar: IBI, segunda vivienda y ladrillo
Frente al impuesto sobre la renta, aparece una vía distinta: gravar lo que no se puede mover. Un IBI del 5000% sobre la segunda vivienda, otro mayor para inmuebles de más de 200 metros cuadrados y un recargo para empresas que mantengan inmuebles a la venta. El argumento es que un ladrillo no se deslocaliza a un paraíso fiscal con un clic. La objeción llega rápido: la segunda vivienda se convierte en primera para la sociedad, los 200 metros se parten en dos apartamentos con una pared inexistente y el impuesto acaba cayendo sobre las clases medias productivas. El cálculo completo, con la maraña de exenciones y sociedades interpuestas, da una diferencia que sorprende.
La brecha entre países y el coste de vida que lo cambió todo
Oxfam sostiene que la desigualdad entre países se redujo durante dos décadas, pero la pandemia invirtió la tendencia. Los precios de la energía empezaron a subir a finales del año anterior y se dispararon tras la invasión de Ucrania. Alimentos y bienes siguieron el mismo camino. Con ese telón de fondo, la petición de los millonarios suena a coartada o a lucidez tardía: si no se pone en circulación más dinero para consumo, los ricos también pierden. Eso, y no la justicia fiscal, explicaría el gesto.
La pregunta no es si los ricos quieren pagar más. Es si alguien cree que lo van a hacer cuando la ley les deja no hacerlo.