El canal Ben Gurion: 50.000 millones para un trazado imposible
Un canal que una el Mediterráneo con el mar Rojo sin pasar por Suez. La idea lleva décadas sobre la mesa y vuelve cada vez que un barco encalla en el canal egipcio y el comercio mundial se atasca. El proyecto arrancaría del norte de Gaza, según el planteamiento que abre esta discusión, y ahí aparece el primer problema: qué hacer con los dos millones de personas que viven en la franja. La tesis que defienden algunos es que el territorio no puede albergar población si se quiere que la infraestructura sea operativa.
El argumento económico es sencillo de enunciar. El canal de Suez está saturado, y una obstrucción como la de 2021 —un buque atravesado durante días— genera un caos logístico de escala planetaria. Un trazado alternativo que partiese del Mediterráneo oriental y desembocara en el mar Rojo tendría sentido estratégico. La cifra que se maneja en la discusión es de
50.000 millones de dólares de inversión, con una recaudación estimada de
5.000 millones anuales: diez años para amortizar. Israel lo construiría, pero con el visto bueno de Jordania, Arabia Saudí y Egipto, que se llevarían parte del negocio.
¿Es viable un canal del Mediterráneo al mar Rojo?
Ahí empieza el problema real. La geografía entre el mar Rojo y Eilat no es un desierto plano: hay montañas de hasta
800 metros en el trazado que algunos proponen, y mover esa cantidad de tierra no es barato ni rápido. Se ha apuntado una alternativa más lógica: usar el valle del mar Muerto, que está muy por debajo del nivel del mar Rojo. Un canal sin esclusas inundaría medio Israel y la parte fértil de Jordania. El propio mar Muerto se está secando, y hay quien sostiene que un aporte de agua sería incluso deseable frente al deterioro actual de la zona.
La viabilidad geológica también se ha cuestionado. Se estudió en su momento y la conclusión, según quienes recuerdan aquellos informes, era que no era viable. Otro cálculo que circula es más extremo: el proyecto dependería de detonar varios cientos de pequeñas bombas nucleares para excavar. Al final no se hizo, obviamente.
El canal de Suez no está saturado: el tráfico ha caído a la mitad
Aquí llega el dato que desmonta parte del relato. El tráfico marítimo por Suez ha disminuido a la mitad, no ha aumentado. Si Israel inaugurase un canal alternativo, Egipto se arruinaría y su enorme población pasaría hambre, con el riesgo de radicalización que eso conlleva. La salida al mar Rojo israelí está además inutilizada por la situación en Yemen, lo que añade otro problema logístico a cualquier proyecto que dependa de esa ruta.
El interés real, según otra línea de análisis, no está en el canal sino bajo el mar. En la cuenca de Gaza hay yacimientos de gas y petróleo valorados en miles de millones de dólares. Desde octubre de 2023 se habrían entregado
12 licencias de explotación de gas en aguas palestinas a seis multinacionales, algo que chocaría con los acuerdos de Oslo y el Reglamento de La Haya. La base marítima que se está construyendo en Gaza estaría situada a apenas
20 millas de esos campos. El canal sería, en esta lectura, el chocolate del loro.
El plan GREAT Trust y el desplazamiento de la población
El proyecto que se ha publicado en prensa bajo el nombre de GREAT Trust —Fideicomiso para la Reconstitución, Aceleración Económica y Transformación de Gaza— propone el desplazamiento total de más de dos millones de habitantes y la conversión del territorio en una zona económicamente transformada. La idea encaja con la tesis inicial: sin población, la infraestructura funciona.
La objeción es doble. Primero, la mayoría de los gazatíes no van a salir de Gaza, según varias voces. Segundo, el plan de reconstrucción podría pasar por ciudades inteligentes, con control permanente sobre la población, más que por una expulsión. El ministro de finanzas israelí habría anticipado un
boom inmobiliario, mucho dinero y miles de empleos tras la guerra.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. Los números del canal no cuadran con la geografía, la saturación de Suez no existe y el gas explica más que la excavadora. Lo que nadie termina de responder es qué pasa con los dos millones de personas que ya están ahí.