Quien no es propietario, ¿está muerto en vida?
Un grupo de amigos con dos o tres viviendas cada uno y, según cuentan, hipotecas fijas de 400 euros mensuales se reúne y saca la misma conclusión: el que alquila está acabado. Uno de ellos lleva diez años pagando renta en Madrid, ya ha dejado
130.000 euros en recibos y a los 25 años de su
jubilación no ve forma de comprar. Se siente, dice,
muerto en vida. La frase ha hecho fortuna: resume una guerra silenciosa entre propietarios e inquilinos que dura ya más de una década.
El cálculo que separa a dos Españas
La tesis del propietario es simple: la hipoteca a tipo fijo convierte la vivienda en un gasto previsible, mientras el alquiler sube cada año y no deja activo. Quien compró en 2010 y cambió a tipo fijo cuando tocaba presume de pagar cuotas que hoy parecen de otra época. Uno de los casos citados: piso principal valorado en
medio millón de euros y dos secundarias de 200.000 cada una, adquiridas a bancos en 2014 «por cuatro duros». El relato del enriquecimiento silencioso.
Al otro lado, el argumento del inquilino: la vivienda no es una inversión, es un pasivo que se deprecia, y el dinero rinde más en bolsa o en metales. Hay quien dice llevar casi un mes de vacaciones en Japón con el retorno de sus acciones y pregunta, con retintín, si el hipotecado puede decir lo mismo o hace la compra en la sección de rebajas. La respuesta suele ser un cálculo de rentabilidad: el alquiler, a medio y largo plazo, es tirar el dinero.
¿Cuánto cuesta de verdad alquilar diez años en Madrid?
El caso más citado es el del amigo que paga 1.400 euros al mes en Madrid. Diez años de recibos suman 130.000 euros, una cifra que en el debate se usa como prueba de cargo: ese dinero no volverá. El diagnóstico que se hace es duro: sin ahorro, sin entrada y con la jubilación a 25 años vista, el horizonte es compartir piso a los 80 o seguir pagando renta con la pensión. La conclusión que se repite: la primera vivienda no debería verse como inversión, sino como necesidad cubierta.
Frente a eso, la defensa del inquilino incluye movilidad: en cualquier momento se puede uno largar a un pueblo de La Mancha o a otro país a vivir más barato. El propietario, en cambio, queda atado al sitio donde firmó. Es el argumento de la libertad, que en el debate se rebate con una imagen: compartir piso a los 72 años por no poder pagar el alquiler.
Los que compraron en 2008 y los que esperaron
La conversación tiene memoria. Hace trece años, recuerdan algunos, se ridiculizaba a los hipotecados y se les auguraba la ruina. Hoy esos mismos compradores exhiben cuotas fijas y pisos revalorizados. La doctrina del
tapayogurismo —la idea de que comprar era de tontos y que el premio caería del cielo— se ha convertido en el chiste recurrente del que se ríe el que sí firmó. El que esperó, en cambio, mira los precios actuales y calcula cuánto ha perdido.
No todos los casos son iguales. Hay quien compró en 2020 un piso pequeño en Madrid por 120.000 euros, paga 280 al mes y lo tiene alquilado a funcionarios por 940. La operación se cuenta como ejemplo de que la ventana existió y no se aprovechó. Otros recuerdan que en 2008 la bolsa había caído un 57% y el IBEX se había desplomado desde 16.000 hasta 7.000: quien invirtió entonces también perdió, y solo los que compraron en los suelos de 2009 y 2012 se forraron.
El refugio fuera de Madrid
La alternativa que emerge en la conversación es geográfica. En ciudades pequeñas y pueblos grandes, se sostiene, un piso cuesta 40.000 euros con todos los servicios, y hay quien vive en la playa con hipoteca de 400 euros. La crítica al centralismo es explícita: no todo el país es Madrid ni Barcelona, y quien no lo entiende se condena a pagar precios de capital. El que hizo los deberes en la crisis anterior, dice un participante, encuentra oportunidades que otros ni miran.
La otra vía es la herencia. Hay quien plantea el escenario ganador: vivir en casa heredada y tener el dinero en inversiones líquidas. La mayoría de los que compran no venderán nunca; necesitan el techo para vivir y no verán el beneficio. El beneficio real, concluyen, es para los herederos.
Al final, la cifra que descoloca no es ninguna de las que se discuten. Es la del que lleva diez años pagando 1.400 euros y sigue sin entrada. Con esos números, la migración interior debería ser masiva. Sigue siendo marginal.